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GENERACIÓN 28-F

Investigación aplicada al campo sin salir de casa

Enrique Mateos ha desarrollado una carrera de éxito sin tener que formarse o trabajar fuera de la comunidad, una excepción de la que es consciente

Enrique Mateos trabaja con fresas en el invernadero de la Facultad de Biología de la U. S.
Enrique Mateos trabaja con fresas en el invernadero de la Facultad de Biología de la U. S.

Enrique Mateos se considera una persona afortunada. Él es un investigador joven, cuyos trabajos han sido reconocidos, acaba de obtener el premio Manuel Losada Villasante en la modalidad de investigación agroalimentaria, y que ha podido desarrollar toda su carrera académica, formativa y profesional sin salir de Andalucía gracias a ayudas públicas de la Junta y del Gobierno de España. “A mí me ha ido todo muy bien”, reconoce con una media sonrisa desde uno de los despachos de la facultad de Biología de la Universidad de Sevilla en la que trabaja.

Él es consciente de que su trayectoria es una excepción, pero sabe también que no todo puede achacarse a la suerte. “He trabajado un montón y me he dejado mucho tiempo personal, considero que estoy en un grupo selecto, porque hay otros compañeros de promoción que aún están en fase de estabilización”, señala. Su camino para entrar en ese grupo elegido de investigadores que pueden dedicarse a sus propios proyectos ha estado marcado por la constancia, por alguna que otra decisión accidental y por la férrea decisión de su madre para que su hijo estudiara. “Lo que tengo se lo debo a ella, siempre estuvo cinco años por delante de mí y tenía muy claro lo que yo debía hacer”, asegura.

Mateos nació en 1981 en Hinojos (Huelva), un pequeño pueblo al lado de Doñana. Hijo de costurera y de agricultor y pastor de la cooperativa ganadera de la marisma, nunca se planteó estudiar una carrera y si hubiera seguido el consejo de su profesor de 8º de EGB (2º de la ESO actual), esa opción jamás hubiera sido plausible. “El día de las notas le dijo a mi madre que no valía para estudiar, pero que como era endeblillo, empezara 1º de Bachillerato para terminar de crecer y poder ir a ayudar a mi padre. Así de drástico”. Aunque ese profesor agacha la cabeza cuando se lo cruza por Hinojos, el investigador quiere pensar que los maestros que animan a los alumnos a abandonar los estudios son ya una excepción en Andalucía.

La marisma ha impregnado la vida personal de Mateos y su carrera académica. “Mi hermano ha sucedido a mi padre como pastor y siempre digo que los dos somos marismeños, él en el ámbito de la producción y yo en el investigador”, cuenta con una sonrisa. Sus estudios se centraron desde muy temprano en las plantas de marisma y las bacterias que permiten que crezcan en un ámbito aparentemente hostil para el desarrollo de cualquier vegetal. Esa particularidad le llevó a preguntarse qué pasaría si se aplicaran a otros cultivos. Sus pruebas con la fresa han demostrado que se puede ahorrar hasta un 30% de agua y que incluso crecen más altas, tal y como demuestran las macetas que controla con mimo en los invernaderos de la facultad de Biología.

En la elección de ese fruto rojo y el proyecto que lo rodea subyace el interés de Mateos no solo por la ciencia, sino por su efecto transformador en una economía que conoce y ama y que glosa, también, el paradigma de la investigación en España y en Andalucía. “Con la crisis se ha recortado en ciencia y son recortes enormemente torpes, porque o invertimos el modelo productivo que tenemos en Andalucía o en los próximos años no estaremos preparados para otros grandes retos que se nos van a plantear como sociedad”, afirma. “Está muy bien que haya turismo, pero Andalucía tiene que plantearse buscar otros escenarios y el sector agrario es tremendamente importante”.

Su proyecto puede ayudar a adaptar las técnicas de producción de la fresa -dependientes en gran medida del agua y los fertilizantes- y hacerlas más eficientes y menos dependientes del cambio climático, abaratando los costes de producción y haciendo más rentables las explotaciones. “Hemos dejado pasar mucho tiempo y nos hemos quedado un poquito atrás”, se lamenta.

Su periplo como investigador no hubiera sido posible sin ayudas públicas. “La investigación, hoy en día sin el apoyo público institucional es inviable”, explica con resignación. Sus primeros proyectos contaron con el apoyo de la Junta de Andalucía y en sus dos últimos pidió la financiación al Ministerio. “Sin becas yo no estaría aquí”, abunda. La financiación pública implica un tedioso proceso de fiscalización de todos los gastos. “Eso es un gran lastre para la investigación, todo lo tenemos que justificar”, señala. La lentitud en la aprobación de las ayudas también es un problema. “Hay cierto oscurantismo sobre cuándo se convocan y se resuelven. A veces pasan dos años entre la solicitud y la ejecución de la partida. El Ministerio publicó el año pasado un calendario del proceso de adjudicación, pero en la Junta aún no hay nada parecido”, explica.

A lo largo de sus diferentes proyectos ha tenido la oportunidad de realizar estancias en Baleares, Francia, Portugal, Reino Unido y Argentina. “No he visto grandes diferencias en cuanto a medios de lo que tenemos en la Universidad de Sevilla”, explica. “Pero sin imaginación y un buen cerebro, dan igual los recursos”, asegura.

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