Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN i

Años de charlestón

El primer período de entreguerras seguido por la dramática gran recesión se convirtió en inspiración literaria que, releída ahora, más que evocar, asusta por los fáciles paralelismos que pueden establecerse

El presidente de la República Manuel Azaña.
El presidente de la República Manuel Azaña.

Hace un siglo el mundo se dio una tregua. Se dejaba atrás un gran desastre a escala global que comenzó con un asesinato y acabó en la Primera Guerra Mundial. Ésta, a su vez y a ojos posteriores, sería analizada como un ensayo de la Segunda. Más terrible, más cruel, más desoladora. Y en el ínterin la sociedad decidió divertirse. La fiesta duró menos que la década porque llegó el crac del 29 y mandó parar. Pero allí quedaron para la posteridad los felices veinte que los más desinhibidos calificaron de locos y que protagonizaron “fantasmas desdichados, que respiraban sueños en lugar de aire e iban sin rumbo de aquí para allá”. Así los observó F. Scott Fitzgerald desde la atalaya de su propia experiencia invitado a las fiestas sin parangón en el Long Island norteamericano que transitó El gran Gatsby.

Toda evocación a aquellos tiempos decorados con Art Deco, subyugados por la magia del cine y acompañados por el incipiente poder de la radio suele ir acompañada por una banda sonora a ritmo de charlestón. Una melodía pegadiza que obliga a movimientos regulares de piernas y brazos y que fue de tan fuerte impacto social como breve duración. Un símbolo de unos momentos estelares que pretendían enterrar amarguras, contagiar alegrías y potenciar esperanzas. Y aunque han sido reproducidos hasta la saciedad también por el papel de la mafia y la ley seca norteamericanas, la advertencia que destilaron no ha declinado. Tampoco como ejemplo de lo que denominaron deterioro moral. Por eso, aquel primer período de entreguerras seguido por la dramática gran recesión se convirtió, a su vez, en inspiración literaria que, releída ahora, más que evocar, asusta por los fáciles paralelismos que pueden establecerse. Allí empezó a llorar Stefan Zweig su mundo de ayer que hoy observamos como un potencial preámbulo a una nueva narración. La del modelo político, económico y social que se desmorona. La pauta que ha marcado nuestro rumbo durante los últimos y generosos setenta años.

El doble debate de investidura ha tenido recurrentes citas a Azaña incluso por parte de una derecha irredenta

Nos enseñó Karl Marx que la historia ocurre dos veces: la primera como una tragedia y la segunda como una miserable farsa. Siguiendo esta premisa, y atendiendo las sesiones del doble debate de investidura con sus recurrentes citas a Azaña incluso por parte de una derecha irredenta, cualquier observador extranjero conocedor del comportamiento de nuestros antepasados podría preguntarse si no estamos hoy ante el segundo supuesto marxista. Porque las esencias patrias substituyeron a los proyectos políticos y el intento de patrimonialización de la figura del jefe del estado y del marco legal inalterable doblegó la tolerancia negando, a su vez, la base misma de la democracia liberal por parte de quienes dicen ampararse en ella. Y esa es la trampa dialéctica a la que nos han acostumbrado esperando que a fuerza de repetición convirtamos en virtud lo que es un defecto. Mientras, los insultos y descalificaciones que tampoco eran nuevos se impusieron a las propuestas imprescindibles para debatir las razones de un presente fácilmente alterable ante la duda permanente de un futuro angustioso.

Es evidente que no estamos en condiciones de reproducir el derroche que se vivió hace cien años en el mismo período de tiempo. Quizás podríamos si invirtiéramos sus efectos. Porque la gran crisis se adelantó y sufrimos todavía sus consecuencias. Porque su inferencia ha provocado la lógica alteración social que a su vez ha movido el paisaje político. Y porque, al final, el resultado es el de un mundo en inestabilidad permanente fomentada a su vez por unos líderes cada día más proclives a ofrecer soluciones simples a problemas complejos por empeño de las redes sociales. Ahí tenemos a los diversos Trump que monopolizan la escena y a sus rivales que le emulan con menos gracia que acierto y que parecen empujados a aplicar la ley del Talión porque ya sabemos cómo rivalizan los matones.

Con este panorama echa a andar el primer gobierno de coalición y de izquierdas de la renovada democracia española. Ahí es nada. Con la voluntad de dar un vuelco imprescindible a una situación enquistada desde todos los ángulos analizables. Con la necesidad de ilusionar a una sociedad cansada de tantos despropósitos acumulados. Con la obligación de poner al día un país que se las da de más de lo que hace y, a veces, de menos de lo que es. Con la exigencia de salvar los muebles de un sistema que la derecha más enconada y descarada pretende fustigar mientras que sus congéneres, amilanados, la dejan campar. Es el sueño de buena parte de una ciudadanía expectante que, como al Gran Gatsby, puede parecerle tan cercano que difícilmente puede dejar de alcanzarlo. Claro que no depende sólo de ellos. De lo contrario, y siguiendo la estela de F. Scott Fitzgerald, podemos seguir avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión y sin pausa hacia el pasado.

El nuevo gobierno nace con la voluntad de dar un vuelco a una situación enquistada desde todos los ángulos

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >