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OPINIÓN

El suicidio europeo

¿Serán los inmigrantes los judíos del siglo XXI? ¿Hasta qué punto llegará Europa en su carrera hacia la indignidad?

Alegría de los migrantes del 'Aquarius' al llegar a Valencia.
Alegría de los migrantes del 'Aquarius' al llegar a Valencia.

¿Serán los inmigrantes los judíos del siglo XXI? ¿Hasta qué punto llegará Europa en su carrera hacia la indignidad? “La hecatombe del Mediterráneo toma formas genocidiarias”, dice el filósofo Étienne Balibar, y añade: “La palabra es fuerte, pero ¿cómo llamar a la eliminación de millares de individuos sobre bases raciales?” Desde que las imágenes de los niños separados de sus padres en la América de Trump despertaron el recuerdo de los andenes de Auschwitz, la pregunta es ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Occidente con el objetivo imposible de convertirse en una fortaleza inexpugnable? Una fabulación ridícula porque seguirán llegando miles de personas y porque tanto Europa como Estados Unidos las necesitan.

Sigue el carrusel de atrocidades: Italia pretende establecer un censo de gitanos, otra evocación del pasado, en la obsesión permanente por la construcción del enemigo sobre la aporofobia y la xenofobia que la Liga italiana ha heredado del berlusconismo hasta elevarlo a los altares del fascismo. Y el inefable ministro Salvani vuelve a negar el auxilio a un barco cargado con 224 inmigrantes al grito “llevad la carne humana a España”. Así se empieza: reduciendo al otro a la condición animal. Como ha escrito Roberto Saviano, lo de estos partidos no es política, es “comunicación, vulgarización, simplificación” para capitalizar los miedos y los rencores de la ciudadanía.

Pero ha habido más esta semana: Hungría ha anunciado penas de prisión para quienes auxilien a inmigrantes indocumentados. Y la Unión Europea vuelve a plantearse la construcción de campos para el control y selección de inmigrantes fuera del territorio europeo, como si se tratara de apartar a los perdedores de la vista de los ciudadanos europeos, y alejar de las voces críticas el espectáculo represivo. Una solución que es una impostura, como todo el dinero gastado hasta ahora en contratar la política de fronteras a países autoritarios como Turquía o estados fallidos como Libia. Miles de millones de euros que solo han servido para enriquecer a las mafias y para prolongar el calvario de los inmigrantes por la esclavitud y la extorsión.

Y así se va propagando por Europa el virus del neofascismo. La extrema derecha marca la agenda. Balibar se pregunta por qué las autoridades europeas tienen tanto interés “en evitar el conflicto con la extrema derecha mientras lo buscaron deliberadamente con la extrema izquierda” (en Grecia, por ejemplo). La respuesta parece evidente: porque no hay ninguna voluntad de cambiar las políticas que han provocado el malestar generalizado que se pretende neutralizar convirtiendo al inmigrante pobre en chivo expiatorio. Como si la culpa fuera suya. Una vez más, regresamos al pasado: la construcción de un culpable de nuestros desastres, completamente ajeno a ellos.

Y nadie reacciona. Miremos a los grandes: Macron ha demostrado en Calais su apuesta por la intransigencia con la inmigración ilegal, e incluso se ha apuntado a la penalización de las personas y organizaciones que les auxilian. Y Merkel que, en su momento afrontó la cuestión con valentía moral, se ha ido apagando hasta soportar el chantaje de su ministro del Interior que le ha puesto plazo: o la cumbre europea define una política a su gusto o se alía con italianos y austríacos en el frente de rechazo. Y Merkel no le ha echado del gobierno.

En el fondo, todo es mentira en este debate. Europa necesita y necesitará cada vez más la inmigración, basta con ver la evolución demográfica. La raíz del malestar no está en los que vienen de fuera sino en las políticas económicas de desguace del estado del bienestar que ha colocado al borde del precipicio a amplios sectores de las clases medias que se creían salvados. Los dineros que se gastan para externalizar la represión contra los inmigrantes podrían destinarse a su acogida y todos saldríamos ganando.

La satanización del inmigrante destruye la convivencia porque envilece a las sociedades y convierte en sospechosos a los ciudadanos procedentes de ciertos orígenes. Los valores de libertad y reconocimiento de los que alardea Europa se van por las simas del Mediterráneo, como antaño se fueron por los campos de exterminio. Día tras día se repite machaconamente que los que llaman a la puerta son privilegiados que vienen a robar el pan y a corromper nuestro modelo de vida. Volvemos a la banalización del mal. Y algunos todavía dicen que Europa está en el mejor de sus momentos.