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Jordi Turull, encastillado en la defensa de la corrupción

El político ha sido con su estilo agresivo la mejor defensa del PDECat frente a los casos de financiación ilegal

Francesc Sánchez, Oriol Pujol, Daniel Osácar y Jordi Turull en la Ciudad de la Justicia en 2011.

Jordi Turull ha sido en las últimas legislaturas el mejor defensa parlamentario que ha tenido Convergència (CDC, hoy PDECat) frente a la corrupción. Un fajador dispuesto a resistir todas las acusaciones antes de pasar a la ofensiva desde la tribuna. “Espera su momento y, cuando ve la oportunidad, pasa al ataque para desquiciar al oponente con cualquier treta. Ha sido el Rafael Hernando de CDC”, explica un exdiputado de ICV en el Parlament. “Es ante todo y sobre todo un hombre de partido. Sabe cuál es su misión y la cumple sin miramientos. Puedes cuestionarle muchas cosas, pero para CDC ha sido un activo insustituible”, añade un diputado socialista con muchas bregas a sus espaldas.

Turull (Parets del Vallès, Barcelona 1966) llegó al Parlament en 2004 tras crecer políticamente en el mundo local. Su meta, hasta ahora, fue ejercer como consejero de Presidencia y portavoz durante los últimos meses de la pasada legislatura, los más calientes de la historia del autogobierno catalán. Desde este cargo defendió a capa y espada la hoja de ruta independentista, el referéndum ilegal del 1 de octubre y lo hizo con una dialéctica incendiaria como nunca se había visto en la Generalitat. De hecho, cuando llegó al Parlamento tardó poco en dar muestras de su estilo agresivo y de su disposición a actuar como correa de transmisión entre la actividad parlamentaria y las intimidades inconfesables del partido. Su primera misión relevante fue salir al rescate de Xavier Crespo, alcalde de Lloret de Mar (Girona) y figura emergente de CDC.

La Sindicatura de Cuentas investigaba en 2005 a Crespo, médico de profesión, por unas irregularidades en un hospital público. Con la auditoría aún en marcha —y por tanto, secreta—, Turull supo que las conclusiones eran demoledoras. Y pasó al ataque. Primero forzó una reunión con el jefe de la Intervención, que había destapado el caso. Y luego lanzó en el Parlament una dura batería de preguntas contra la Sindicatura. Inquirió al síndico mayor, Joan Colom, sobre el alcance de las investigaciones. Pidió “el nombre” de los miembros del organismo de control que habían decidido iniciar la auditoría. Planteó que la Sindicatura se había “extralimitado” de sus funciones. Y exigió saber “de quién era la responsabilidad”.

Turull ganó la partida. Meses más tarde, el pleno de la Sindicatura decidió pese a la gravedad de los hechos enterrar la auditoria en un cajón. Allí permaneció el llamado Informe Crespo durante cinco años, hasta que EL PAÍS lo sacó a la luz en 2011 para revelar que Crespo y su esposa se habían lucrado con casi 300.000 euros a costa del centro sanitario. El entonces diputado salió indemne del caso, pero su carrera política acabó en 2013 tras ser detenido (y luego condenado) por sus relaciones prohibidas con la mafia rusa.

Turull hizo una jugada similar en 2009, cuando estalló el caso Pretoria. Las investigaciones destaparon graves prácticas corruptas en el Ayuntamiento de Santa Coloma de Gramanet (PSC). Pero si para los socialistas el caso era un problema local, para los convergentes suponía un duro golpe a nivel autonómico, ya que en el centro de la trama estaban también dos de las figuras con más peso en los Gobiernos de Jordi Pujol: Lluís Prenafeta y Macià Alavedra.

El ahora candidato a presidir la Generalitat puso entonces el foco en unas escuchas telefónicas del sumario, que sugerían que la constructora Tau Icesa recibía un trato de favor de los socialistas. Con otra batería de preguntas parlamentarias, que hurgaban en todos los contratos adjudicados por la Generalitat a la constructora, Turull buscó extender la sospecha al Ejecutivo presidido por José Montilla (PSC).

Documentos a los que ha tenido acceso este diario, sin embargo, revelan que quien estaba cobrando en esas fechas de la constructora era la propia Convergència. Solo unos días después de que Turull lanzara sus preguntas, Tau Icesa hizo una donación de 25.000 euros a la Fundación CatDem, investigada por su papel clave en la financiación ilegal del partido en el caso 3%. Era el primero de cuatro pagos que se solapan al milímetro con la licitación, adjudicación y firma del contrato de un edificio de viviendas sociales en Sant Cugat, entonces la mayor administración controlada por los convergentes. Las cuatro donaciones ascendieron a 109.000 euros, el 2,91% del importe de la obra.

No era la primera vez que se entrelazaba el destino de Turull, Sant Cugat y las donaciones de constructoras a Convergència. La sentencia del caso Palau destaca la presencia del político en la mesa de contratación que adjudicó en ese municipio un polideportivo por el que Ferrovial pagó una comisión ilegal del 4%. El fallo no imputa a Turull ningún delito, pero sí subraya que con su presencia “la vinculación entre mesa de contratación y […] CDC aparece diáfana”.

Nadie niega que Turull puede ser un parlamentario muy duro. En ICV aún no le perdonan su papel en la comisión de investigación por la muerte de cinco bomberos en el incendio forestal de Horta de Sant Joan (Tarragona), en 2009. “Todos sabíamos que aquello fue un trágico accidente, sin negar que de estas desgracias siempre se sacan lecciones que ayudan a mejorar cosas”, recuerda un exdiputado. “Pero él, con los muertos casi sin enterrar, nos atacó despiadadamente con el único objetivo de desgastar políticamente”, añade.

Otro episodio recordado por el resto de partidos es su papel en la comisión sobre el caso Palau. Pese a todas las evidencias, Turull atacó duramente a la oposición por cuestionar “la honorabilidad” de Convergència sin olvidarse de lanzar varias insinuaciones malintencionadas contra el resto de partidos.

Pero Turull también tiene otra cara, la de buen compañero de partido y persona que no saca fuera del hemiciclo las contiendas, según explican compañeros de partido y otros diputados. En Catalunya Sí que es Pot (donde estaba integrado Podemos) temían la primera reunión con él. “Nos habíamos pasado los últimos años llamándoles ladrones y corruptos, así que no sabíamos muy bien cómo iba a ir el encuentro”, recuerda un exdiputado. “Pero nos recibió tan tranquilo. Se levantó, nos dio la mano sonriendo y nos dijo: “Hola, ¿qué tal estáis?”.

Sus compañeros de filas elogian su forma de trabajar. Turull asumió en 2013 la presidencia del grupo parlamentario de CiU, un mandato que es recordado como “muy apacible” entre los convergentes. “Sabe delegar y dar juego. Solo le interesa que se haga el trabajo. Como lo consigue, acaba ganándose a la gente”, explica un exdiputado de CDC. Otro compañero de partido le define con las siguientes palabras: “No es especialmente brillante ni carismático, pero sí disciplinado, leal y trabajador”.

Fuera del Parlament, Turull “es la persona más normal del mundo, quizá el que menos ha cambiado con la vida política”, afirma el exdiputado convergente. Casado y con dos hijas, y aunque le apasiona viajar, desde hace décadas tiene su refugio preferido en un minúsculo pueblo del Pirineo de apenas 40 habitantes, al que acude siempre que puede para desconectar.

Tampoco se le conocen aficiones exóticas ni gustos caros. “Le gusta mucho el senderismo y disfrutar de la comida. Pero no de restaurantes caros ni cosas sofisticadas, sino la buena cocina de pueblo de toda la vida”, explican en su entorno. “En la montaña es un diésel. Va a un ritmo tranquilo. Pero va haciendo camino y cuando te quieres dar cuenta, te ha agotado. Puede ir despacio, pero llega lejos”.

Investigacion@elpais.es