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LA CRÓNICA

Los ‘panzers’ de la muerte vuelven a rugir

La versión en cómic de la obra de Sven Hassel invita al reencuentro con el novelista y sus cosas

Soldados alemanes en el frente ruso.
Soldados alemanes en el frente ruso.

Miré las dos insignias que tenía en la mano, calaveras de plata sobre fieltro negro rodeadas de un hilo rosa: los parches de cuello de las tropas de los panzer en la Segunda Guerra Mundial. Muchos tanquistas del ejército regular alemán se los tuvieron que comer al caer prisioneros para evitar que los rusos los ejecutaran en el acto creyendo que pertenecían a las SS (en realidad las calaveras estaban asociadas a unidades de caballería desde Federico el Grande de Prusia y de ahí pasaron al arma acorazada). Parecían difíciles de tragar y más con la boca seca que debes tener si caes en manos de los rusos. Estas que sostenía yo no eran unas insignias cualesquiera, qué va, y no se me hubiera ocurrido nunca zampármelas –a no ser que se pusiera muy borde un comisario de la NKVD-. Eran nada menos que las de Sven Hassel.

Yo ya las había visto antes, en casa del célebre escritor de aquellas viejas novelas sobre un inolvidable grupo lumpen, nihilista y puteado de correosos soldados alemanes (Porta, Hermanito, El Viejo, El Legionario, Barcelona Blom, el propio Sven), cuando lo entrevisté en 1996 (vivía junto al Turó Park). Las tenía sobre una cómoda, enmarcadas junto a una foto suya encaramado a un panzer, el tío. Ha llovido mucho desde entonces. Hassel , ese otro enigmático danés, murió, sus cosas –era un coleccionista entusiasta de objetos militares- se dispersaron y hoy ya está bastante unánimemente reconocido que ni Hassel era Hassel ni sus historias eran reales y ni siquiera sus bonitas insignias de carrista, ya que estamos, eran verdaderas.

El escritor aseguraba que sus novelas, de las que se han vendido 53 millones de ejemplares en todo el mundo, estaban basadas en sus experiencias auténticas como miembro del 27º Regimiento Blindado Disciplinario, una unidad inexistente que es como el Macondo de Sven Hassel. Él, al parecer, se llamaba en realidad Borge Pedersen y al seudónimo Sven Hassel se le han buscado raíces tan variadas como que es un acrónimo de Leibstandarte SS Adolf Hitler leído al revés (LESSAH) o, muy al contrario, un homenaje al resistente antinazi Ulrich von Hassell. Cazar gazapos, exageraciones y trolas en las novelas –y en la vida de Sven Hassel- se ha convertido en un simpático pasatiempo. Los tanques Tiger que se destruyen en sus relatos –y que conducen de manera inverosímil sus soldados penados-, por ejemplo, superan de largo la totalidad de la producción del modelo. Hassel se arrogaba la posesión de una larga serie de condecoraciones, entre ellas el exclusivo pasador de combate cuerpo a cuerpo y el distintivo de cien luchas de carros (la Cruz de Hierro le sabía a poco).

Viñetas de la versión en comic de 'Los panzers de la muerte'.
Viñetas de la versión en comic de 'Los panzers de la muerte'.

Son varias circunstancias las que me han llevado de nuevo a Sven Hassel, cuyas novelas leí compulsivamente de adolescente, al que como he dicho entrevisté entusiásticamente una vez y al que enterré lo más dignamente posible haciendo su obituario en 2012. Por un lado está todo lo referente a nuestro futuro ejército catalán soberano: me cuesta pensar que yo, con tanta cultura militar como atesoro –no solo he leído todo Sven Hassel sino también todo Beevor y a Clausewitz- voy a tener que vivir en un país que solo va a disponer de un ejército de conductores de ambulancias (con todo mi respeto a los conductores de ambulancias, empezando por Dos Passos, E. E. Cummings y Somerset Maugham) y de unidades tipo M.A.S.H., aunque en ese contingente por lo menos podremos permitirnos, confío, una jefa de enfermeras como la mayor Margaret O’Houlihan, alias Labios Ardientes.

"Su guerra me resultó oscura y fea, y así la he dibujado", afirma Jordy Diago

También está la nostalgia por aquellos tiempos de Sven Hassel y nuestra inocencia desbaratada en la estepa rusa entre regueros de sangre en la nieve, luchas cuerpo a cuerpo con palas y bayonetas en las trincheras, sesos desparramados y la tos amenazadora de los tubos de escape de los T-34. Resulta claro que en estos tiempos de perfil bélico bajo y con lo que está viniendo a Sven Hassel no le pondrán calle en Barcelona, aunque viviera aquí, tuviera un personaje que se llamaba como la ciudad y en ¡Liquidad París! se cite las Ramblas.

Y está, como motivo para revisitar al escritor, sobre todo la versión en cómic que se acaba de publicar, la primera, de las novelas de Hassel. Se trata de Los panzers de la muerte (aunque el álbum se titula en singular, “los panzer”, vaya usted a saber por qué), la segunda novela (1958) que escribió de la serie de 14 (más una póstuma, La gloriosa derrota, pendiente de publicación en España), un título legendario que se llevó al cine y que se ha encargado de ilustrar el dibujante barcelonés de 48 años Jordy Diago.

Porta, dibujado por Diago.
Porta, dibujado por Diago.

El cómic, publicado por La Esfera de los Libros, sigue muy bien la novela, condensando en sus 120 páginas el relato de más de 300. Esencialmente está todo: la recogida de cadáveres tras el bombardeo, el pelotón de fusilamiento, la caída del unteroffizier Reinhardt, el combate de tanques en Cherkkassy (con los polémicos Tiger), la lucha bestial en la nieve, la decapitación de Plutón, la parturienta, las desertoras rusas, la chistera de Porta... Hasta parece emanar peste a machorka, el tabaco ruso. Pero no esperen un dibujo pormenorizado tipo Hugault: aquí no hay nada de línea clara, que, pensándolo bien, probablemente no era lo más adecuado para Sven Hassel. El dibujo es sucio (como la guerra), feísta, bordeando lo grotesco.

“No lo conocía en absoluto, la novela bélica no me interesa mucho, ni la II Guerra Mundial en general ”, me explicó Diago. “Fue un encargo de su hijo Michael. Fui a ello como una virgen. El libro me pareció algo underground. Su guerra me resultó oscura, fea y podrida, y así la he dibujado, como su prosa. Me han dicho que le pillé el punto y la atmósfera. Me salió bastante natural”. El cómic tiene una notable autenticidad, y eso que el dibujante procuró no forzar la nota. “Michael me dijo que no fuera muy violento, así que intenté suavizarlo un poco, aunque, claro, la esencia sigue siendo la atrocidad y el salvajismo de la guerra”.

Sorprende que Diago no ha tratado de ser preciso en el dibujo de los uniformes, armas o insignias, sino al contrario. “Así es, y los frikis del asunto se sienten decepcionados. De hecho en Facebook me han dicho de todo. ‘Los rusos no llevan las pistolas correctas’ y tal. Me importa un carajo. No va de eso. Es un dibujo aproximativo. Cuando pongo un panzer se ve que es un panzer pero no hay detalles, ni tampoco en los cascos de los soldados y su indumentaria. Un poco dejado, sí, pero todo se reconoce. Michael me dio también la consigna de que no aparecieran esvásticas ni otros símbolos nazis.”. Es comprensible la prevención, porque algunos detractores de Hassel le han achacado un pasado colaboracionista, aunque nadie que haya leído sus novelas puede pensar que glorifiquen el nazismo o la guerra, muy al contrario. “Me han comentado algo de la controversia en torno a su figura, pero tampoco me importa. Si se lo inventó todo, pues le salió de puta madre porque ha vendido un montón de ejemplares. Aunque solo fuera verdad un 20 % ya sería la leche”.

Sven Hassel, de soldado.
Sven Hassel, de soldado.

De la estética dice que pensó en basarse “en la de Boixcar y Hazañas Bélicas pero al final he hecho algo muy mío. Me solté y me salió esto. No podía ser algo muy fino porque la historia no es eso”. La cosa tiene un aire al El Víbora. “Curré con ellos e hice tiras de Makoki. En realidad he hecho de todo, de Mortadelo y Filemón y Disney a Totem, Papus y porno”. Diago conoció a Sven Hassel, al que cree que su versión dibujada le habría gustado. “Pero ya era muy mayor. Le visité una vez en su casa y estaba todo eso que cuentas, los cascos, los uniformes”.

Fui a ver las cosas de la colección militar de Hassel a la tienda Militaria, donde fueron a recalar la mayoría tras su muerte. Xavier Andreu, el dueño, a la sazón con un jersey de comando de la Royal Navy, me informó que se han ido vendiendo pero aún quedan. Concretamente del ejército alemán de la II Guerra Mundial hay disponibles algunas gorras de oficial. Le pregunté si tenía algo más personal. Entró a la trastienda y salió, para mi asombro y regocijo, con las insignias de carrista. Se ve que el uniforme entero que tenía el escritor lo conserva Michael, al igual que el sombrero de copa amarillo de Porta con tres balazos. Tomé con emoción los parches y entonces me dijo Andreu que los había guardado para sí mismo como recuerdo, pero que, vaya, no eran auténticos. Los sopesé, reflexionando sobre lo difícil que es discernir entre lo verdadero y lo falso cuando te asomas al corazón de un hombre, y lo poco que a veces importa. Y me marché de allí con un ejemplar de la bonita nueva edición de Los panzers de la muerte bajo el brazo (Ediciones Librería Universitaria, 2013), rumbo de nuevo al Frente del Este y a las viejas aventuras. “¡Tanques! El aire tiembla con el ruido de los motores y las cadenas chirrían con un ruido infernal”.