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ANÁLISIS

La carpeta de la familia

Cataluña ya no es Pujol, pero el pecado requiere expiación

Cuentan los políticos veteranos de CiU que cuando un negociador de Convergència comparecía ante algún ministro del Gobierno central, ya fuera del PSOE o del PP, una enorme carpeta con los negocios de la familia Pujol, a modo de comodín, les disuadía de cualquier reivindicación intempestiva que perturbara los planes del Ejecutivo de Madrid. CiU ayudaba a gobernar España y el PP o PSOE —PSC, en su encarnación catalana— contribuían a que los convergentes se mantuvieran sobre la maroma del poder. Por eso CiU nunca quiso pactar con Esquerra Republicana, aunque tuviera la oportunidad de hacerlo, como sucedió en 1999. Prefirió al PP. Y del despecho nació el primer tripartito catalán que —a regañadientes del PSOE— se instaló en la Generalitat. Entre CiU y el gobernante central de turno había también un pacto tácito de silencio, que comprendía los negocios de la familia Pujol y que ha perecido víctima del fuego cruzado provocado por el proceso soberanista.

Ahora todo vale. El Estado ha puesto su formidable maquinaria a funcionar a pleno rendimiento y ya no hay prisioneros. Se acabó el silencio. Ante los informes de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) muchos —aun conociéndolo— han reaccionado como cínico prefecto de policía Louis Renault de la película Casablanca, cuando decide cerrar el café de Rick porque alberga un casino del que él mismo es comisionista.

La opinión pública, sin embargo, desconocía unos informes a los que la prensa no tuvo nunca acceso, aun sabiendo que existían por terceros. La autoinculpación de Jordi Pujol del pasado viernes ha hecho caer los decorados y la verdad aparece desnuda en un momento crucial para las relaciones entre Cataluña y el resto de España. ¿Con qué ánimo se va a presentar el próximo miércoles Artur Mas ante Mariano Rajoy? No hay muchas expectativas sobre los resultados de la reunión una vez que el almanaque de hazañas fiscales de los Pujol ya ha sido publicado.

En Cataluña se piden explicaciones parlamentarias al que fue durante 23 años presidente de la Generalitat. El buque insignia del nacionalismo catalán moderno tiene una importante vía de agua. Es urgente que Convergència proceda a desposeer a Jordi Pujol de todos sus cargos. CDC debe pasar página de un presidente de honor que defraudó durante 34 años a Hacienda y engañó a sus conciudadanos no pagando impuestos. Se acabó la desfachatez.

La memoria es dura. Pero es bueno acudir a las hemerotecas para recordar. “Mi familia y yo tenemos la conciencia muy tranquila y dormimos muy bien, porque después de aguantarlo todo durante 22 años, no se ha podido demostrar nada”, aseguraba el 18 de abril de 2002 Jordi Pujol ante las cámaras de TV-3. “¿Es que mis hijos no pueden trabajar en cualquier empresa?”, se preguntaba el entonces presidente de la Generalitat.

Pedir explicaciones de las adjudicaciones de contratos públicos a los hijos de Pujol “es una manera de hacer política no digna, lo ensucia todo y perjudica el estado de ánimo del país”, sentenció ante TV-3 el presidente catalán.

Tras la confesión autoinculpatoria de Jordi Pujol del pasado viernes todo ha cambiado. Nada volverá a ser como antes. Cataluña ya no es Pujol, pero el pecado —lo sabe el expresidente como buen cristiano— requiere expiación. Y ayer mismo, desde Convergència, Josep Rull, número dos del partido, recordaba que “Cataluña está por encima de toda persona, por relevante que haya sido”. El altar del sacrificio parece pues estar listo.