Ruido de oficina para trabajar en casa: así funciona la banda sonora más inesperada del teletrabajo

Algunas personas se rodean de ruido de teclados, impresoras y charlas entre colegas para concentrarse mejor. Y sus razones tienen

Carl Smith / Getty Images/fStop
Pilar Gil Villar

“¿Te importaría poner el móvil en vibración?”, “chicos, más bajito, que tengo que entregar esto y no me concentro”, “¿la impresora esa del Pleistoceno no va a parar nunca?”, “pero ¿qué les pasa hoy a los teléfonos?”. Son comentarios que ha escuchado, o proferido, alguna vez cualquiera que haya trabajado en una oficina diáfana. Luego están los que solo se piensan: “¿no le habrán enseñado a cerrar la boquita para comer chicle?”, “¿de verdad tenemos que enterarnos todos de que su señora no durmió bien anoche / el niño ya hace pis solo / no piensa pagar esa chapuza al fontanero?” o “¿qué estarán cuchicheando otra vez aquellos dos?”. El ruido hace que la convivencia con los colegas y la maquinaria de oficina no siempre sea fácil... Pero, por lo visto, se echa de menos cuando a uno lo mandan a teletrabajar a su casa. Si no, ¿cómo se explica que las webs y aplicaciones que reproducen los sonidos típicos de estos templos del trabajo de cuello blanco hayan encontrado ahora un nuevo nicho entre los nostálgicos de la oficina?

Calm Office, que se anuncia como “el sonido de la oficina, sin el jefe gritándote”, es una de las más populares. Consta de diez controles para diseñar un ambiente completamente personalizado: uno puede hacer que predomine el sonido de la fotocopiadora, darle protagonismo al repiqueteo de los teclados, elevar ese inquietante zumbido del aire acondicionado, acallar las conversaciones de los compañeros, hacer justo lo contrario… Tiene todo lo que un adicto al trabajo podría desear. “Es lo que escuchas cuando solo estás tú, trabajando hasta tarde”, según describe Stephane Pigeon, el creador de myNoise.net, la web dedicada a generadores de sonidos de fondo que alberga Calm Office.

Curiosamente, Pigeon se negó durante años a subir un producto así a internet. “No me resulta agradable de escuchar. El objetivo de mi página es crear sonidos hermosos destinados precisamente a enmascarar los ruidos molestos, como esos”, dice. Hasta que llegó la pandemia y se vio confinado en su piso de Bruselas. Entonces pensó que a lo mejor había llegado el momento de abrirle la puerta al sonido de oficina, casi en plan de broma. “Porque, seamos sinceros, yo creo que el 90% de la gente odia esos ruidos”. Tiene razón, muchos de los comentarios que recibe son sarcásticos. Pero hay personas a las que parece agradarle en serio esta iniciativa (“trabajaba en una empresa de ‘software’ y ese teclado y el ratón me hacen sentir que sigo allí, entre programadores”, dice una de ellas). Es el tipo de agradecimiento que se multiplicó durante los confinamientos provocados por el coronavirus.

Del consuelo a la coartada

Amparo Osca, investigadora del Departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED, entiende el fenómeno: “Como en general no nos gustan los cambios —y menos cuando son inesperados y nos exigen modificar nuestros hábitos—, escuchar los sonidos de nuestro lugar habitual de trabajo nos puede ayudar a ajustarnos a la nueva situación, a relajarnos y concentrarnos”. En eso estaban las improvisadas legiones de teletrabajadores forzosos cuando buscaban por vía auditiva un enlace a la normalidad trastocada. “Me eché a llorar, literalmente, cuando escuché esto a las tres semanas de estar trabajando desde casa por la covid-19”, afirmaba uno de los comentarios a la grabación de una oficina real, de una hora de duración, que fue subida a YouTube en 2019.

Para los menos duchos en la navegación internáutica, la más famosa plataforma de vídeo ha supuesto el primer recurso al que acudir. En ella hay “tesoros” como un vídeo de ocho horas de teclados, susurros y vibrantes teléfonos; dale al play a las nueve de la mañana y deja que te acompañe hasta la hora de recoger. Con más de 213.000 visualizaciones, recoge comentarios de hace ya cinco años, y entre ellos destaca el de algún usuario que sugiere un uso más imaginativo que el de aplacar la añoranza por los colegas (“cariño, me voy a tener que quedar hasta tarde otra vez. No me esperes levantada”, dice sin tener en cuenta que en esta grabación se pueden percibir sonidos de fax y que nadie viaja al pasado para hacer horas extra. Cuidado con las coartadas...).

La página Sound of Colleagues, que también comenzó como un guiño pícaro de dos agencias de publicidad suecas, Familjen Sockholm y Red pipe, incluye ruido de lluvia en las ventanas y los ladridos de un perro. Una avalancha de usuarios los llevó a crear una lista de reproducción en Spotify, en la que ampliaron el espectro de ambientes laborales: una startup en viernes tarde, con su ineludible mesa de ping-pong, locales de los noventa con máquinas de escribir y cócteles, o la hora del desayuno con colegas sorbiendo café, tosiendo (cosas de la era precoronavirus), silbando y mascando tostadas. Hay oficinas para todos los gustos.

El arte de enmascarar un sonido con otro

Desde un punto de vista científico, lo cierto es que estas grabaciones pueden tener mayor utilidad que la de retrotraernos a un mundo pasado evidentemente mejor que el actual. Aparte de mitigar la añoranza de normalidad o del contacto social que supone el entorno laboral, estas bandas sonoras pueden servir también para contrarrestar la distracción acústica que surge en casa con la televisión, los niños (nuestros o de los vecinos), las broncas (en nuestra casa o la de los vecinos), las obras sin final... “El sonido de fondo, siempre que no pase de los 20-30 decibelios del ruido ambiente natural, crea un ambiente familiar, pero además nos ayuda a enmascarar el entorno sonoro que nos molesta”, asegura Manuel Sánchez Malmierca, director del Instituto de Neurociencias de Castilla y León.

Pero no vale cualquier banda sonora. Para resultar “aislante” debe cumplir la esencia del denominado ruido blanco: el que tiene todas las frecuencias, sin que nada destaque. Como el sshhh que emitimos para mandar callar a alguien. “Eso lo ecualiza y lo atenúa todo. Nos relaja porque descarga el esfuerzo que hacemos ante una determinada banda de frecuencias”. Antonio Pedrero, presidente de la Sociedad Española de Acústica, asegura que ellos los utilizan desde hace tiempo para mejorar la concentración y la privacidad en entornos laborales. “Se suelen introducir por los sistemas de hilo musical o megafonía. A pesar de que contribuyen a aumentar el volumen ambiental, los trabajadores se concentran mejor”.

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El ruido más conflictivo es el habla humana. “Por una cuestión muy simple”, alega Sánchez Malmierca: “El rango de frecuencia al que somos especialmente sensibles como especie es lógicamente el que se utiliza en el lenguaje, que está entre 1 y 4 kHz o incluso más bajo”. No podemos evitar procesarlo, constantemente, y en el momento que entendemos algo que puede interesarnos en un murmullo incomprensible, afinar hacia ello nuestra atención en una activación conocida como el efecto cóctel. Dylan Jones, profesor de psicología de la Universidad de Cardiff (Reino Unido) declaraba lo siguiente en un programa de la BBC dedicado al tema: “Hay mucha evidencia de que la eficiencia mental cambia muchísimo cuando hay conversaciones de fondo, con reducciones de hasta el 20% en la capacidad de recordar, por ejemplo, algo tan sencillo como un número de teléfono. Y en tareas como la creatividad, e incluso en otras rutinarias, se produce una pérdida apreciable de eficiencia”.

Por eso, si nos empeñamos en recrear los tonos del trabajo, lo ideal es recurrir a elementos más bien continuos, suaves y con discurso humano incomprensible y regular. De ahí que Stephane Pigeon asegura haber pasado horas eliminando o modulando las palabras y el volumen de la charla de fondo en Calm Office. Por supuesto, también se puede recurrir a Bach.

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