Menos ‘mindfulness’ y más coladas: limpiar, coser y cocinar, la imparable tendencia antiestrés de la pandemia

Hasta hace poco, le preguntabas a alguien por su hobby y se debatía entre el ajedrez y ver series. Ahora te suelta que en su tiempo libre limpia las juntas de los azulejos del baño con cepillo y bicarbonato...

Photographer: Jacom Stephens (Getty Images)

Durante el confinamiento, a la fiebre por acumular papel higiénico le siguió la de aprovisionarse de harina y levadura. Según datos de Nielsen, en el punto álgido de la cuarentena la venta de ingredientes para hacer repostería en casa creció un 57%, la de productos de limpieza del hogar, un 58%. Cocinar, hornear, organizar, planchar, coser y otras actividades asociadas a las amas de casa de los cincuenta viven su segunda edad de oro. Este renacer era difícilmente predecible pero, entendido como refugio a la incertidumbre de los tiempos, a toro pasado es fácil de comprender. Y funciona.

Según la psicóloga Sheila Estévez, el auge de muchas actividades antes habituales pero poco atractivas, ahora acogidas como aficiones, se ha visto potenciado por varios factores. Unos son psicológicos, otros son económicos y una gran parte tienen que ver con el tiempo que pasamos en casa (ya sea por el teletrabajo o por su ausencia). A nivel psicológico, “el mecanismo de defensa predominante ante la incertidumbre es el de control, ya que es la forma más directa de compensarse ante el caos”. Se agradece aunque solo sea para coser un botón.

Los especialistas son conscientes de que los momentos de incertidumbre suelen hacer que la imaginación proyecte el futuro más negativo que uno pueda construir, y no hace falta un doctorado para saber que la mente crea situaciones mucho más insufribles que el peor de los caos. Comprensiblemente, estos pensamientos conducen a un incremento del estrés y la ansiedad, y acaban por mermar el rendimiento y sabotear el descanso. Ante esto, ¿quién no buscaría una escapatoria?

Dos preguntas para aliviar la ansiedad en la era de la incertidumbre

Cada vez hay más personas que experimentan estrés a causa de no saber qué les depara el futuro. Responder a dos cuestiones fundamentales puede cambiarles la vida

Planchar una camisa (o quince), ordenar los armarios y hornear 8 planchas de bizcocho enrollado de almendra, con sus 800 gramos de mousse de chocolate y 400 de glaseado de chocolate negro, para montar un prinzregenten torte para toda la familia no es exactamente mindfulness, pero casi. O quizá sí lo sea. Lo creas o no, este tipo de tareas del hogar pueden ser una vía de escape semejante a la práctica de la atención plena. Según Estévez, nos devuelven hasta cierto punto la sensación de dominio que la pandemia nos ha arrebatado. Tanto es así que han prendido la mecha del curioso boom de los cleanfluencers, instagrammers que comparten en redes sus rutinas de limpieza. La británica Sophie Hinchcliffe ha duplicado el número de seguidores en los últimos meses, y roza ya los cuatro millones de usuarios enganchados a sus trucos para un baño prístino o una cocina sin mácula.

El nuevo ‘mindfulness’ es no parar quietos

Sacar y meter tierra en una maceta, lavar los platos a mano, pasar la aspiradora y tomarse un descanso solo para seguir tejiendo la bufanda del invierno que viene... Son actividades con algo en común: obedecen a movimientos rítmicos y repetitivos, una coreografía que, según un estudio de la Universidad de Tel Aviv, reduce el estrés y la ansiedad. Los investigadores analizaron las conductas repetitivas de sujetos y situaciones tan distintas como las de animales en cautividad, jugadores de baloncesto y personas con Trastorno Obsesivo Compulsivo. Según sus conclusiones, estas conductas son una respuesta al estrés natural en un entorno impredecible e incontrolable.

También son intencionadas, o pueden llegar a serlo. Ahí está la gracia y la relación de las tareas del hogar con el mindfulness, una práctica en la que saber centrar la atención lo es todo (y cuya definición, tenlo presente, es fastidiosamente elusiva). En la jerga, se puede hablar de alcanzar el estado de flujo, en el que uno está tan concentrado en una actividad que el tiempo parece dejar de existir. Su atención está donde debe, nada lo perturba, las horas vuelan. A algunas personas el estado de flujo les llega conduciendo, otras afortunadas lo experimentan en sus trabajos, las hay que recurren a la meditación o que no lo conocen hasta que se adentran en el universo de la atención plena. Y, sí, puede que también horneando hogazas en casa o sacándole brillo a los azulejos del baño pueda uno fluir.

Pero no es oro todo lo que reluce. Gustavo Diex, director del instituto de investigación y formación en ciencias cognitivas Nirakara, reconoce que cualquier trajín que requiera una precisión en los movimientos “nos aleja de las propias miserias”. Aunque, a su juicio, igual valen una clase de pintura que una sesión de yoga o una tarde de escritura. “Las tareas del hogar —seamos sinceros— pueden ser estresantes o desestresantes. Otra cosa es que el confinamiento nos haya reconciliado con el valor de las cosas pequeñas”, prosigue. “El hecho de que sean repetitivas las convierte en un gran ansiolítico (por cierto, también lo es rezar), y nos devuelve temporalmente la sensación de control. Pero no elimina las causas que provocaron la ansiedad: solo es un analgésico”.

Casi todas las cosas que nos preocupan no ocurrirán jamás

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En cuanto a la atención que requieren (y aquí es donde una se piensa seriamente sustituir el vídeo de meditación, con sus engorrosos términos, por una tarde de plancha), Diex matiza que el acto de cortar una cebolla, por ejemplo, no es mindfulness en sí mismo, pero podría ayudar a iniciarse si uno atiende voluntariamente al mismo. “Es un proceso gradual y lento. Normalmente, las personas se frustran al sentirse incapaces de mantener la atención por más de unos segundos en algo concreto. Tenemos tendencia a pensar que la atención es un acto voluntario, pero nada más lejos de la realidad. Así que un ejercicio tan sencillo como picar la verdura nos permitiría constatar que para mantener la atención conscientemente en el proceso hacen falta cierta calma, tolerancia a la frustración o un renovado interés en el propio acto”. Al final no era tan fácil. Tampoco imposible; en seis meses de pandemia alguien habrá fluido con la plancha en la mano...

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