¿Y si lo mejor para las fantasías sexuales es no dejarlas salir del armario jamás?

Antes de recrear en la realidad un territorio tan íntimo como el de la imaginación, es importante hacerse una serie de preguntas

Peter Dazeley / Getty Images

Tener sexo se ha convertido en lo mismo que rellenar un cuadernillo de ejercicios. Por algún motivo, sentimos que todos deberíamos realizar una serie de prácticas o juegos sexuales, y que, si no los hemos hecho, nos estamos perdiendo algo. ¿Darse unos azotes? Hecho. ¿Hacerlo en un lugar público? Hecho. ¿Un trío? Estamos en ello… Muchos de estos pasatiempos son juegos sexuales que nos descubren las películas, que leemos en las revistas y que los amigos y conocidos añaden a la lista de tareas pendientes. Pero otros no. Muchos provienen de nuestras propias fantasías sexuales. Esas que aparecen cuando buscamos placer a solas y nadie nos juzga. Esas que muchas veces no deberían pasar de ahí.

A veces se nos olvida que las fantasías nacen en la imaginación, y que, por mucho que el mundo se empeñe en decirnos que hay que llevar todas ellas a la realidad, no es algo necesario. “Las fantasías sexuales son, como su propio nombre indica, fantasías o imaginaciones, ensoñaciones… es decir, pertenecen al plano de lo irreal”, dice el sexólogo Fernando Villadangos. Y lo irreal no siempre resulta igual de bonito cuando lo pasamos al mundo real. En plata, no es lo mismo imaginar el sexo en grupo que tenerlo, ni las relaciones homosexuales son iguales en la mente que en la alcoba, por nombrar algunas de las más comunes.

Sí, según el libro Dime lo que quieres: la ciencia del deseo sexual, del piscólogo Justin Lehmiller, tener sexo en grupo es una de las más comunes. Sobre todo en el caso masculino. Respecto a las fantasías femeninas de las españolas escribía la sexóloga Valerie Tasso en Confesiones sin vergüenza, en el que destacaba algunas como el sexo con desconocidos, las relaciones homosexuales o tener sexo en público.

Cuidado con las palabras: la fantasía no es un deseo

En este punto, lo más normal es plantear una razonable objeción: hay experiencias, sobre todo las que nos cuentan nuestros amigos con un par de copas, que parecen haber sido realmente buenas. Descartarlas sin más no parece lo más prudente. Y es cierto. Pero también lo es que la misma prudencia aconseja definir bien cómo acertar con las que sí hay que poner en cuarentena.

Lo primero es distinguir entre deseo sexual y fantasía, que no son lo mismo. “El deseo sexual es algo que tengo en mente y me apetece llevar a cabo, por ejemplo, tener relaciones en la playa o probar juguetes. La fantasía, en cambio, son esos escenarios que nos imaginamos, pero que no nos gustarían tanto si salieran de nuestra mente”, aclara la sexóloga Leticia García. Confundir estos términos es el inicio de todos los problemas, pero esta definición tampoco despeja todas las dudas. Un ejemplo lo ilustra mejor. “Recuerdo el caso de un hombre que le excitaba mucho imaginar que insultaba verbalmente a su pareja durante el sexo. Cuando lo propuso y su pareja aceptó, lo realizaron y fue un fracaso completo porque se empezó a sentir muy mal. Se dieron cuenta de que era mejor devolverlo al terreno privado de su imaginación”, revela Villadangos.

Lo que sucede es que, por norma general, las fantasías sexuales están estrechamente relacionadas con “lo prohibido, lo extraño o lo que nunca haríamos”, insiste Villadongos. Y la carga de “transgresión” funciona bien en nuestra mente, pero en la vida real no es fácil de gestionar. Es como desear discutir con tu jefe y quedarse tan a gusto. En la imaginación el desahogo es total, pero cuando se presenta una situación similar, el resultado suele ser desagradable. Para más inri, suele tener consecuencias no siempre fáciles de prever. Hay que pensárselo muy bien y no dejar que una fantasía acabe por definirnos como personas. Un ejemplo claro son aquellas en las que una persona es sometida. En la mente funciona porque nos libera de culpas, de prejuicios, cuando es evidente en la vida real no tendría nada que ver.

“El principal problema es la confusión. Atendí hace poco a una mujer que estaba a punto de casarse, pero tenía fantasías sexuales con mujeres mientras se masturbaba o hacía el amor con su novio. Vino a consulta porque temía ser una ‘lesbiana reprimida’ y estuvo a punto de no casarse por esta idea”, vuelve a ejemplificar Villadangos. No lo era.

Una decisión para perder el control

Vale, tengo claro que lo que quiero llevar a cabo es un deseo sexual y no una mera fantasía. Que ese juego me excitaría seguro. Pero no deja de ser algo que, por el momento, solo hemos visualizado en nuestra mente. ¿Saldría igual en la realidad? No es lo mismo la idea de orgía que puedo tener de las películas, con cuerpos de modelos, que estar en mitad de una sesión en sexo en grupo con cuerpos reales, que sudan, que suenan, que se mezclan a veces de forma más torpe que coordinada... No. Por eso hay que hacer el ejercicio de darle realismo a la imaginación.

Pensando en el sexo en la playa, por ejemplo. “Si probamos puede que nos demos cuenta de que la arena no ayuda, que introducir pene en vagina dentro del agua no es tan fácil como parece, que estás más pendiente de las algas y el salitre de la toalla que de disfrutar...”. Es importante visualizar ese deseo con todo lo que puede salir bien y todo lo que puede salir mal, para hacer balanza antes de actuar. Al menos, para que no nos coja desprevenidos.

Tampoco hay que tomárselo demasiado en serio. “La clave de que las fantasías sexuales funcionen es sentirse bien y no forzar las cosas”, dice Fernando Villadangos. Pero, paradójicamente, para que la cosa fluya lo mejor posible es no improvisar. “En nuestro imaginario puedo controlar cómo quiero que sucedan las cosas y qué placer me va a reportar”. Para nuestra desgracia, en la vida real, “solo tengo el control de lo que yo hago, no de lo que hace mi amante”, según García. Así, comunicar bien este deseo sexual y ver qué nos puede suponer a ambos es la mejor herramienta para que el gusto final sea de placer y diversión, y no de frustración y tristeza.

Villadangos insiste en esta idea. “Lo que te excita a ti, puede dejar fría a tu pareja o incluso rechazarlo como algo impropio. Es importante hablarlo juntos y decidir si nos apetece realizarlo o simplemente hablarlo”, propone el sexólogo. De hecho, parece que no siempre hay acuerdo entre hombres y mujeres, sobre todo en parejas heterosexuales, y algunos estudios hablan de que hombres y mujeres tienen diferentes fantasías, pero también que ellos suelen comunicarlas más a menudo.

Lejos de enfriar la situación, compartir este deseo antes de llevarlo a cabo puede resultar muy excitante si comenzamos imaginando todo lo que podría salir genial. Al final ese es el objetivo. Pasarlo bien juntos. “Muchísimas parejas aprovechan sus fantasías sexuales para mejorar la calidad de su vida sexual. Pueden jugar con ellas, compartirlas y decidir hasta dónde llegar”. Porque en este caso, los límites no los pone nuestra imaginación, sino nuestro consenso en pareja.

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