El primer verano de nuestra nueva vida

Relato en primera persona de lo que nos depara este año la estancia en la playa, el chapuzón en la piscina o la paella en el chiringuito

Todos merecemos unos días de desconexión y disfrute en compañía de personas queridas.
Todos merecemos unos días de desconexión y disfrute en compañía de personas queridas.Cyndi Monaghan / Getty Images

Este año, el tópico de “bien merecidas vacaciones”, cuya idoneidad siempre he discutido —en todas las escalas del mercado laboral hay pícaros y gandules que no las tienen bien merecidas—, no puede ser puesto en entredicho. En el verano de 2020, después de una primavera de estricto confinamiento, en que nos hemos sentido amenazados o afectados por la enfermedad, separados de muchos seres queridos y socavados en nuestra economía, todos nos merecemos unos días de desconexión y disfrute en compañía de personas beneficiarias de nuestro afecto. Lo cual implica una dolorosa paradoja: justo cuando más necesitamos ese tiempo de asueto, más incompleto va a resultar, y más mermado va a estar por las adversas circunstancias. Si a eso unimos las irritantes molestias inherentes a todo descanso estival, haremos bien en mirar con escepticismo aquello que este veraneo puede depararnos.

Como si lo de ponerse una camiseta sobre la piel cubierta por una costra de sal non fuera suficiente

Sí, porque las vacaciones acarrean muchos inconvenientes, incluso en condiciones normales. Ese veraneante al que ves jugando dichoso en la arena con sus hijos, leyendo plácidamente bajo la sombrilla, degustando una paella en un chiringuito o tomando un combinado en una terraza por la noche, ha tenido que pasarlas canutas para poder alcanzar cualquiera de esas variantes de clímax canicular. Ha debido llevar el coche al taller y gastarse un dineral en la puesta a punto; hacer las maletas, tarea en la que solo los masoquistas encuentran gozo; realizar un viaje, puede que largo y en coche, que le habrá dejado baldado; por no hablar de las fastidiosas vicisitudes que rodean la propia estancia en destino: la arena que se te mete hasta en lo más recóndito de tu anatomía, las picaduras de medusa, los batacazos en las olas, el puntual estreñimiento, los kilos de más... Demasiado engorro, en mi opinión, para, total, comer un arroz normalito en un bar con mantel de papel y refrescarse en agua marina, que te deja la piel recubierta por una costra de sal, abocándote a una de las sensaciones más desagradables que puede experimentar un ser humano: ponerse después una camiseta encima.

Opino que es por esto por lo que tendemos a exagerar las bondades de nuestro veraneo. ¡Magnífico hotel! ¡Playa paradisiaca! ¡La mejor paella del mundo! De ese modo, nos decimos que ha merecido la pena el esfuerzo, porque si hotel, playa y paella fueran del montón, al poner sacrificio y placer en la balanza nos daríamos cuenta de que hemos obtenido el mismo beneficio que si nos hubiéramos quedado en casa tan tranquilos sin necesidad de acometer labores tan estresantes. Bueno, pues a esta ristra de contrariedades hay que unir este año otras.

La primero es superar la pequeña aventura que comporta todo viaje

El 50% de los españoles prefieren el coche como medio de transporte en desplazamientos vacacionales de menos de 400 kilómetros, según una encuesta de 2019 del Ministerio de Fomento. Para distancias mayores, el avión es el rey. Trenes y autobuses completan las opciones. José Antonio López Guerrero, neurovirólogo y profesor de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid, opina que el coronavirus no debe condicionar la elección de medio de transporte: “Viajar en uno colectivo no supone mayor peligro si vamos con mascarilla y evitamos coincidir en espacios pequeños con personas que no son de nuestro entorno. Ir en coche con la familia siempre entrañará menos riesgo, pero su siniestralidad es mayor que la del tren, por lo que un riesgo se sustituye por otro”.

En mi caso, viajaremos en coche mis hijas y yo, coyuntura que se me antoja dramática, pues he de ejercer de conductor, copiloto, animador infantil y vigilante jurado, para evitar que se líen a puñetazos por el control de la tablet. Sin embargo, desde el punto de vista sanitario, es un alivio; podría resultar más problemático compartir coche con amigos. “Normalmente, las transmisiones de la enfermedad se producen por contactos estrechos”, dice Javier Arranz, miembro del Grupo de Enfermedades Infecciosas de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC). “Estar hablando con alguien a menos de dos metros y durante un cuarto de hora: eso es lo que debemos evitar. En contactos continuados, como puede ser un viaje a la playa en coche con personas con las que no se convive habitualmente, hay que llevar mascarilla. Muchas horas, juntitos y sin mascarilla porque somos un grupo de amigos... Es ahí donde está el riesgo”.

Antes de desplazarme a ese agobiante lugar que llaman playa, aprovecho para bajar con mis hijas unos días a la piscina de la urbanización. Pero me encuentro con que este año funciona con cita previa y por turnos horarios para evitar aglomeraciones; los primeros días me toca por la mañana temprano y a última hora de la tarde, que son los momentos en que por nada del mundo me daría un chapuzón: no tolero el salir del agua para estar a la sombra. Pero si me animara, hacer unos largos puede considerarse seguro, me aclara Joan Grimalt, químico e investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) del CSIC: “Este es uno de los virus menos resistentes en sistemas acuáticos. Además, el cloro, que es un desinfectante que por normativa sanitaria se echa para eliminar cualquier tipo de infección, desactiva el virus. También la sal marina”.

Ya, pero como soy hipocondriaco, y sé muy bien que las piscinas (también las playas) agilizan en algunos la expulsión de babas y mucosas, temo que estas puedan contagiarme. El profesor Grimalt me tranquiliza: “Si una persona contagiada traga agua y la escupe, es muy improbable que lo que tira tenga virus activo. Se ha descrito que en las aguas residuales con ARN [ácido ribonucleico, o material genético del virus] procedente de las heces de personas infectadas, no hay ningún caso de contagio de trabajadores de plantas de aguas residuales por el hecho de trabajar allí. Eso en un agua de máxima capacidad de infección, en las peores condiciones; si encima le ponemos sal o cloro, la posibilidad de contagio por el agua parece ser muy remota”.

La piscina de la urbanización va por turnos. Me tocan las horas a las que jamás me bañaría: primera y última del día. Si me animara, los expertos insisten en que es seguro

Las playas van a contar con control de acceso. Imagino el hondo pesar que esto causará a esas personas que llegan a última hora de la mañana y, sorteando cuerpos semidesnudos, se plantan en primera fila. El que se asegure una menor afluencia y, por tanto, un perímetro de seguridad entre veraneantes, no solo nos evitará la papeleta de tener el pie de tu convecino pegado a tu nariz mientras tomas el sol, sino que prevendrán el contagio. Como señala el Informe sobre la transmisión del SARS-CoV-2 en playas y piscinas, del CSIC, “la principal vía de transmisión del SARS-CoV-2 en playas, ríos, lagos y piscinas es a través de secreciones respiratorias que se generan con la tos y los estornudos y el contacto de persona a persona, por lo que deben mantenerse as recomendaciones generales relativas a cualquier otro lugar”.

Es de esperar que la distancia social pueda mantenerse en la arena, pero ¿en el agua? Los revolcones han propiciado relaciones interpersonales más íntimas que las que algunos tendrán en todo el verano con sus parejas. Las autoridades sanitarias definen como contacto de riesgo aquella que se da entre personas que están a menos de un metro y medio de distancia y durante un tiempo inferior a 15 minutos. Excepto cuando estamos relajados en nuestro trozo de arena, la proximidad con otros se presupone efímera. “Es una cuestión de tiempo de contacto”, subraya Benito Almirante, jefe de Enfermedades Infecciosas del Hospital Vall d’Hebron y portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (Seimc). “Si yo me cruzo en la playa con otra persona, puedo hacerlo a menos de metro y medio. También en el agua, donde no hay virus”.

Quiero a mis hijas, pero no tenderme en arena a hacer castillitos

Por lo general, aborrezco tirarme al suelo en cualquier situación; imagínese cuando exige rebozarse en barro. Contemplo a aquellos padres que lo hacen con una mezcla de admiración y odio por el mal lugar en el que me dejan. Yo prefiero que mis niñas jueguen con los niños de la sombrilla de al lado..., lo que conlleva que interactúen sin distancia de seguridad y durante un largo periodo de tiempo. Sobre este particular, Arranz se pronuncia así: “En principio no deberíamos permitirlo, y tomar las mismas precauciones que en las escuelas. Habrá que estar más encima de los niños para que no se acerquen a otros, si son desconocidos”. Grimalt: “Si son niños del mismo grupo familiar, pueden jugar juntos; si se juntan con otros que no conocen o hace tiempo que no ven, hay posibilidades de contagio. Lo mejor es que no lo hagan”. En fin, que se complicará mi rutina de quedarme a la sombra leyendo un libro, pues además de tener que estar ojo avizor para que no se me ahoguen, ahora también deberé estar pendiente de que no hagan amistades.

Los paseantes de playa siempre me han parecido un incordio. Avanzan, furibundos, obstaculizando al bañista. Este año deberán llevar mascarilla. ¡Bien! Confío en que eso los disuada

¿Qué va a ocurrir este año con los paseantes de la playa? Denomino así a quienes gustan de recorrer la orilla en paralelo al mar, nunca he sabido si para hacer ejercicio, para lucir palmito o para ambas cosas; el caso es que en determinadas latitudes, estas personas que no pueden estarse quietas provocan congestiones de tráfico dignas de un cruce del centro de Madrid en hora punta. Su singular sentido de la marcha choca con el habitual, que consiste en desplazarse perpendicularmente de la arena al agua y viceversa. En algunas playas he visto a nobles bañistas que debían detenerse antes de entrar en el mar porque se les venía encima uno de esos furibundos caminantes, a los que no les pidas que se detengan. Siempre me he preguntado: ¿quién tiene prioridad en esos casos? ¿No debería ser el bañista, pues, al fin y al cabo, está haciendo algo que solo puede realizarse en una playa y, a la postre, está siendo más fiel con el espíritu playero? ¡Uno puede caminar en cualquier parte!

Dado que no está establecido por ley un sistema de prioridades, a veces, en playas atestadas, he creído conveniente la instalación de semáforos que regulen tan intenso trasiego. O de barreras, como en los pasos a nivel (Dios no quiera que te arrolle uno de esos transeúntes). Cabe plantearse: si para pasear por la Gran Vía o las Ramblas hay que llevar mascarilla, so pena de multa, ¿acaso no deberían enmascararse obligatoriamente también dichos inadaptados marítimos? ¡Qué alegría si eso les disuadiera! Grimalt me hace ver un rayo de esperanza. “Si uno se va a pasear por la playa, así como lleva gorra y protección solar, sería bueno que usara mascarilla. Aun así, es relativamente improbable un contagio, porque el aire, en la playa, tiene bastantes partículas de sal debido al aerosol marino. Pero ciertamente hay más posibilidad de contagio que cuando mante- nemos la distancia de seguridad”, expone.

No hay verano completo sin comida o cena en chiringuito

Visto el tesón con que abrazamos las terrazas en la fase 1, es de esperar que este año el furor por colonizar una mesa en la costa supere lo conocido hasta ahora. Aun así, siempre es preferible sentarse en el exterior. “La misma distancia en espacio cerrado tiene más riesgo que en espacio abierto; de cara al verano, siempre que podamos será mejor elegir comer fuera”, dice el doctor Almirante. Algunos platos típicos de la estación solemos pedirlos para compartir. El riesgo de contagio por picotear de una ración de gambas o pescaíto frito es escaso, dice el neurovirólogo López Guerrero, y puede minimizarse con sencillas medidas. “Se puede evitar sirviéndose cada comensal las gambas en su plato con un tenedor, en vez de cogiéndolas de la fuente con las manos, o incluso pidiendo al camarero que nos sirva la ración repartida en distintos platos, uno por cada familia. En cualquier caso, la infección se produciría por no guardar una distancia entre personas más que por coger una aceituna. Fraccionar raciones o servirse cada uno en su plato serían medidas adicionales”, señala.

¿Preparado entonces para convertir sus vacaciones en una yincana? Ante todo, y como dice López Guerrero, sentido común. “Siempre será mejor relajar una medida cuando tenemos otras diez en la cabeza, que pensar que no hay riesgo y acudir a los eventos tranquilo y a lo que surja. Ahí es donde el virus puede hacerse fuerte en posibles rebrotes”.

Lee este y otros reportajes en el nuevo número de BUENAVIDA, que regresa el sábado al quiosco, gratis, con EL PAÍS.


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