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La punta de la lengua
Columna
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‘E-mail’ y la pobreza de vocabulario

Lo que sucede ante nuestros ojos con la antiquísima palabra “correo” ejemplifica la reducción léxica de hoy

Alberto González Amador, novio de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a su salida del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, donde este mes de enero ha reatificado la querella que presentó contra dos fiscales de Madrid por presunta revelación de secretos de su investigación por fraude a Hacienda.
Alberto González Amador, novio de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a su salida del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, donde este mes de enero ha reatificado la querella que presentó contra dos fiscales de Madrid por presunta revelación de secretos de su investigación por fraude a Hacienda.Rodrigo Jiménez (EFE)
Álex Grijelmo

Las noticias sobre las comunicaciones entre los involucrados en el caso de Alberto González Amador han recuperado en boca de periodistas y testigos un extranjerismo que hasta hace poco se evitaba en la prensa: e-mail o mail, traducible como “e-correo” (que casi nadie usa), “correo electrónico” o simplemente “correo” (pues el contexto hace innecesario el adjetivo). ¿Hay alguna necesidad de este anglicismo? Ninguna. Ni siquiera el deseo de no repetir “correo”, porque en muchas ocasiones este término no se halla cerca y en otras aparece email como primera mención; y además siguen existiendo sinónimos o hiperónimos como “mensaje”, “texto”, “comunicación”… y todos los pronombres.

Bueno, sí; existe el motivo de siempre: sentirse más moderno y creer que se está nombrando algo nuevo.

El vocablo “correo” había resistido hasta ahora el paso de los siglos. Sin cambiar el significante, fue adoptando su significado a todos los sistemas de envío.

Su origen remoto se halla en el indoeuropeo kers, “correr”. Aquella raíz ancestral derivaría milenios más tarde en el verbo latino currere. A partir de ese infinitivo y de su presente curro tenemos hoy “correr”, y “corredor”, y “correría”… y “correo”; y también “currículo”: una carrerita. Y por el otro lado, a partir de su participio cursum nacieron nuestros “cursor”, “cursar”, “concursar”, “curso”….

Un correo fue aquel heroico soldado griego, Filípides, que cubrió a toda pastilla –o sea, corriendo– la distancia entre Maratón y Atenas, unos 40 kilómetros, para anunciar la victoria sobre los persas y morir tras entregar su mensaje.

Más tarde los correos se desplazarían a caballo, como Miguel Strogoff, el correo del zar, que atravesó Siberia de la mano de Julio Verne. Pero no por eso dejaron de denominarse “correos”. Y después en diligencia, sin que se alterara el nombre. Y luego, en tren, y en furgones, y en avión. Sin dejar nunca de llamarse correos. Hace bien poco se inventó la comunicación electrónica… Y hemos seguido hablando de “correo” pese a los presumidos que repetían a cada rato email.

La ubicación de las oficinas postales dio lugar en su día a que centenares de vías urbanas se llamaran “calle del Correo” en todo el mundo hispánico. De momento, nadie ha propuesto actualizarlas con el nombre “calle del E-mail”. Quizás más adelante.

Esta pervivencia histórica del significante “correo” nos permite comprender hoy –y se lo permitirá a las generaciones futuras– un texto del XVII, pongamos por caso, donde se cuente que alguien recibió un mensaje por correo. (La unidad y la coherencia del idioma nos ayudan a comunicarnos con el pasado).

Ahora bien, lo que está sucediendo con esta vieja palabra sirve para ilustrar la reducción léxica que padecemos en nuestros tiempos. Con el correo postal, decíamos “dame tu dirección”, pero ahora pedimos “dame tu email”. Y contábamos “lo leí ayer en su carta”, pero ahora anunciamos “lo leí ayer en su email”. Y comunicábamos “me llegó el otro día al buzón”, pero hoy afirmaremos “me llegó el otro día al email”. Y “lo envié por correo”, pero actualmente contamos “lo envié por email”. O sea, que la frase de antaño “la carta la enviaron por correo a mi dirección y la recibí en mi buzón” se diría ahora “el email lo enviaron por email a mi email y lo recibí en mi email”. O, lo que sería igual de pobre, “el correo lo enviaron por correo a mi correo y lo recibí en mi correo”.

Pues nada, enhorabuena.


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Sobre la firma

Álex Grijelmo
Doctor en Periodismo, y PADE (dirección de empresas) por el IESE. Estuvo vinculado a los equipos directivos de EL PAÍS y Prisa desde 1983 hasta 2022, excepto cuando presidió Efe (2004-2012), etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades
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