Las familias felices no venden libros

En el nuevo curso literario triunfan las historias sobre relaciones de parentesco

ALBERTO MIRANDA

Además de uno de los debates de moda, la nostalgia es un género literario. La palabra procede del griego nostos, que, de hecho, nombra el subgénero al que pertenece la Odisea. Nostos significa regreso y, particularmente, regreso a casa. Y eso, volver a casa, es lo que lleva haciendo la ficción occidental desde que echó a andar. A veces, como en las series de televisión, para corregir lo que salió mal en la primera temporada: es lo que va del Antiguo Testamento al Nuevo, de la familia desestructurada a la sagrada familia, de Eva, Adán, Caín y Abel a María, José, Jesús y el Espíritu Santo. El famoso arranque de Ana Karenina afirma que todas las familias felices se parecen y que las infelices lo son cada una a su modo. Tal vez por eso la felicidad familiar dé tan poco de sí desde el punto de vista narrativo. Tal vez por eso este otoño viene cargado de historias familiares. Entre ser hímnica o elegiaca, la literatura se ha decantado tradicionalmente por lo segundo, aunque el lamento vaya acompañado de liberación. Hoy es difícil encontrar himnos fuera del reguetón.

La escritora Sara Mesa, en Barcelona en septiembre de 2020.
La escritora Sara Mesa, en Barcelona en septiembre de 2020.Massimiliano Minocri (EL PAÍS)

1. En esta casa no hay secretos

Una de las novelas más esperadas de la temporada se titula, sencillamente, La familia. La firma Sara Mesa, la publica Anagrama y lo de sencillamente es un decir, porque ya sabemos que la palabra suele venir con doble fondo. La anterior de Mesa, Un amor, se convirtió en un fenómeno, y en esta vuelve a conjugar los retos a la moral tradicional de aquella con la maestría para, como en Cara de pan, hacer verosímiles a esos personajes capaces de arruinar un rodaje o un relato: los niños. El respeto, el miedo, el amor, la obediencia y los límites entre ellos marcan aquí el terreno de juego. “¡En esta familia no hay secretos!”, dice un personaje llamado, sencillamente, Padre. Una frase que parece venía del Génesis. Y que conduce al Apocalipsis (en griego, revelación). En un ámbito similar (y con playa, para ampliar el paraíso) se mueve Miguel Ángel Oeste en una historia de maltrato cuyo título lo dice todo: Vengo de ese miedo (Tusquets). Y de un tiempo similar, el tardofranquismo, viene la familia protagonista de Mientras estamos muertos (Páginas de Espuma), el nuevo libro de cuentos de José Ovejero, cuyo protagonista comparte el deseo de huir con la de la novela de Pilar Adón De bestias y aves (Galaxia Gutenberg) y con las tres mujeres atrapadas en La ciudad (Lumen), de Lara Moreno. Finalmente (también es un decir), el 22 de septiembre llega a las librerías otro de esos libros escritos por una autora que puso el nivel altísimo en el anterior: Aixa de la Cruz. Si en Cambiar de idea hurgó en sus propias heridas, en Las herederas traza el retrato coral de cuatro nietas que deben hacerse cargo de la herencia de su abuela, empezando por la casa del pueblo. Pueblo, casa, herencia. ¿Qué puede salir mal?

2. Padres, hijos y otros animales

“Los amigos son la disculpa que nos ofrece dios por habernos dado a nuestros parientes”. A Christopher Hitchens, que no ha vivido para ver apuñalado a su querido Salman Rushdie, le gustaba citar esa frase. De ser verdad, dios debe estar ahora mismo inspirando a los creyentes una tonelada de libros sobre la amistad, porque, insistimos, este otoño la lista de la compra familiar es todo un árbol genealógico caóticamente formado por autores en español como Emiliano Monge (Justo antes del final, Literatura Random House), Eduardo Halfon (Un hijo cualquiera, Libros del Asteroide) o Paloma Bravo (Una historia de amores, Contraluz) o traducidos como María Stepánova (En memoria de la memoria, Acantilado), Damon Galgut (La promesa, Libros del Asteroide, Premio Booker 2021), Christine Angot (Viaje al este, Anagrama) o Robert Kolker (Los chicos de Hidden Vallery Road, Sexto Piso).

3. Todo va a mejorar

Así se titula la novela que Almudena Grandes empezó a escribir, lo anotó en sus cuadernos, el 20 de abril de 2020. La terminó el 21 de octubre del año siguiente. Murió el 27 de noviembre. Si la crisis económica de 2008 la obligó a aparcar su serie de Episodios de una guerra interminable para redactar Los besos en el pan, el confinamiento hizo que se olvidara del último episodio previsto —Mariano en el Bidasoa, dedicado a los topos del franquismo— para lanzarse a contar la reacción del poder económico ante la respuesta que la sociedad da a una pandemia: nadie se salva solo. Tres palabras letales para el negocio. El 11 de octubre la publica Tusquets.

Almudena Grandes y Luis García Montero en una fotografía de su álbum familiar.
Almudena Grandes y Luis García Montero en una fotografía de su álbum familiar.

4. Palabras para decir adiós

También Tusquets publicará Un año y tres meses, el poemario que Luis García Montero fue componiendo durante la enfermedad de Almudena, su esposa. ¿Qué decir que no suene a palabrería? En uno de los homenajes a ella, él leyó un poema titulado ‘La muerte es un sueño’: “Cuando se retiraban las bandejas y el avión era calma, / solías tú ponerme la cabeza en el hombro, / cerrábamos los párpados / y nos dejábamos llevar por un viaje de largo recorrido. / Así me gusta imaginar la muerte / ahora que estoy solo. / Es condición del ser humano / la despedida y el encuentro con lo desconocido. / Reconocer la casa que se deja, / la habitación que nos espera entre las fechas de los calendarios. / La conciencia del tiempo no responde al dolor animal / ni siquiera al esfuerzo de vivir, / sino al destino de saberse vivo. / Hablo de una experiencia de la muerte / de la que no querría despertarme. / Al final era esto, / después de tantas vueltas me dijiste / todo resulta simple. / Nunca tuvimos fe, / pero teníamos palabras para decir adiós, / para ponerle nombre al no saber, / para observar las alas en la caída de la noche, / para darnos las gracias, / para cerrar los ojos, / tu cabeza en mi hombro / en un viaje infinito en el que sigo todavía”.

5. La familia socialista

Almudena Grandes dedicó Inés y la alegría, el primero de sus Episodios, a la fallida invasión del valle de Aran a cargo de los maquis en 1944. Meses después, la versión urbana de aquella utópica guerrilla asaltó la subdelegación de Falange en el barrio madrileño de Cuatro Caminos. Mataron a dos falangistas. En 2001 Andrés Trapiello dedicó a ese episodio una crónica de película: La noche de los cuatro caminos. La aparición de nueva documentación le ha llevado a ampliarlo considerablemente hasta convertirlo en un libro nuevo: Madrid 1945 (Destino). Ni en el libro de Grandes ni en el de Trapiello salen muy bien parados los altos cargos del PCE, ese partido que llevó el peso del antifranquismo durante la dictadura y terminó barrido en la Transición por el pater familias del que se escindió: el PSOE. Los que subrayan la polarización política actual han olvidado que no hace tanto todo era “o casta o ETA” y, más atrás, “o pinza o rodillo”. Si el rodillo era el socialismo de los ochenta, el motor de ese rodillo era Felipe González, al que Sergio del Molino consagra Un tal González (Alfaguara). Se trata de un relato —él dice novela— basado en hechos reales que parte de dos premisas: 1: La generación de los nacidos en democracia ya es adulta “y hace tiempo que debería haber dejado de culpar a los padres de nada”; y 2 (acuñada por el editor Miguel Aguilar): “Quizá el péndulo esté por iniciar un recorrido de vuelta y empecemos a apreciar ser hijos de la Transición más que nietos de la Guerra Civil”. La polémica está asegurada.

El escritor Santiago Lorenzo.
El escritor Santiago Lorenzo.Samuel Sánchez

6. ¿Quién trae el dinero a casa?

Parece que en otoño va a faltar de todo, empezando por el papel. Por eso las editoriales respiran cuando uno de sus grandes nombres les entrega el libro que va a ayudar a cuadrar las cuentas. Dos de esos nombres son Arturo Pérez-Reverte, que publica Revolución (Alfaguara), e Ildefonso Falcones, que publica Esclava de la libertad (Grijalbo). Y los dos viajan a América. El primero, a México. El segundo, a la Cuba que, como colonia española, enriqueció a la metrópoli gracias a la esclavitud. Tal vez sirva para iluminar desde la ficción uno de los episodios más vergonzosos del pasado hispánico. Y, por lo que tiene de herencia, de su presente. Basta revisar la presencia de muchos de nuestros ilustres apellidos (banqueros, empresarios, nobles) en los libros de historia de la esclavitud. Por ejemplo, Negreros (Catarata), de José Antonio Piqueras. A algunos de esos apellidos trata, por cierto, de pegarse el protagonista de Tostonazo (Blackie Books), el nuevo libro de Santiago Lorenzo, autor de aquel superventas inesperado —el azar también juega— titulado Los asquerosos.

El escritor John M. Coetzee.
El escritor John M. Coetzee.Micheline Pelletie / Getty Images

7. Coetzee come ‘tumbet’

Hace tiempo que el sudafricano J. M. Coetzee, premio Nobel en 2003, decidió publicar sus novelas antes en castellano que en inglés. Es una forma, sostiene, de ralentizar la potencia del imperio cultural anglosajón (otro rodillo). La semana que viene repite la operación con El polaco, traducido por Mariana Dimópulos para la editorial El Hilo de Ariadna. Se trata de una novela corta (138 páginas) a la que podría cuadrarle el socorrido adjetivo deliciosa si no fuera porque todo en el autor de Desgracia se mueve entre la delicia y el delirio. La historia arranca cuando un pianista acude a Barcelona para interpretar a Chopin y conoce a la mujer que lo ha contratado. La música, el amor, los idiomas y la comida —¡el tumbet mallorquín!— forman parte de una peripecia que devuelve a Coetzee a un mundo que domina como pocos: la intimidad. Otro grande que vuelve este otoño es el escurridizo Cormac McCarthy, que publica dos libros en un solo volumen: El pasajero y Stella Maris (Luis Murillo los traduce para Literatura Random House). Dos hermanos, un legado vergonzoso. Todas las familias felices se parecen.

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Javier Rodríguez Marcos

Es coordinador de la información literaria en 'Babelia', suplemento cultural de EL PAÍS. Antes trabajó en 'ABC'. Licenciado en Filología, es autor de la crónica 'Un torpe en un terremoto' y premio Ojo Crítico de Poesía por el libro 'Frágil'. También comisarió para el Museo Reina Sofía la exposición 'Minimalismos: un signo de los tiempos'.

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