MÚSICA

Cuando el paraíso del jazz estaba en Europa

Se rescatan maravillosas sesiones grabadas por las radios estatales en diferentes países, de Sonny Rollins a Wes Montgomery

El guitarrista Wes Montgomery durante una actuación con su cuarteto en el programa de la BBC 'Jazz 625', en Londres, el 25 de marzo de 1965.
El guitarrista Wes Montgomery durante una actuación con su cuarteto en el programa de la BBC 'Jazz 625', en Londres, el 25 de marzo de 1965.David Redfern / Redferns

Fue un factor esencial en la difusión internacional del jazz. Sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, una plétora de grandes figuras cruzó el Atlántico para instalarse en Europa. ¿Qué buscaban? Los afroamericanos evidentemente huían de la segregación racial; para algunos aficionados a las drogas, se trataba de acogerse a legislaciones más benévolas. En general, se ansiaban mejores condiciones profesionales y mayor respeto como artistas.

Y lo lograron. En Europa, el jazz era reconocido como expresión genuina del siglo XX. Entre otras ventajas, eso suponía acceso a la radio y la televisión públicas (¡las únicas existentes!) de diferentes países. Los jazzmen actuaban en amplios estudios de propiedad estatal con buenos técnicos, habituados a la música clásica. Con el tiempo, esos mismos expertos se desplazaron para grabar en clubes y festivales de jazz. Así se fueron acumulando fabulosas fonotecas que eran coto exclusivo de los locutores de cada emisora… y los aficionados con buenos contactos. Ese material, a veces puesto en circulación por sellos piratas, está saliendo en los últimos tiempos como discos cuidados, masterizados a partir de las cintas originales, contextualizados por textos de especialistas.

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Entre los lanzamientos recientes destaca Rollins in Holland (Resonance / Distrijazz), que capta un momento mágico. De paso por los Países Bajos, el saxofonista cerró unas cuantas fechas con músicos locales: el contrabajista Ruud Jacobs y —una sorpresa para los que solo conozcan su faceta vanguardista— el baterista Han Bennink. Un Rollins exultante conectó con aquellos jóvenes, que se tiraron a la piscina y nadaron con tanta energía como el maestro. De aquella aventura se ha extraído un doble CD, que incluye grabaciones en locales de jazz y los impecables cuatro temas registrados en los estudios VARA en Hilversum. De donde también procede una próxima novedad de Bill Evans, Behind The Dikes.

Pero no nos adelantemos. Dexter Gordon, que vivió 14 años en Copenhague, conocía a la crema del jazz europeo. En Montmartre 1964 (Storyville / Distrijazz) destacan el piano de Tete Montoliu y el contrabajo de un Niels-Henning Ørsted Pedersen que acababa de llegar a la mayoría de edad. El Club Montmartre era una extensión de su casa y se permitía lanzarse a cantar en Big Fat Butterfly o marcarse 10 minutos de jubilosa bossa en Manha de Carnaval. Más reconocible es su incandescente lectura de Misty, presentada —como acostumbraba en los standards— con un fragmento de la letra.

Portada de 'Rollins in Holland'.
Portada de 'Rollins in Holland'.

Las emisoras europeas también se abrían para los músicos estadounidenses de visita. Dizzy Gillespie, con su buen humor y sentido del espectáculo, era siempre bienvenido. En 1961, la SWR le grabó en Stuttgart y Fráncfort con su quinteto, entonces con el argentino Lalo Schifrin como director musical. El resultado es Treffpunkt Jazz 1961 (Jazzhaus / Distrijazz), un disco de relajo —temas extensos con solos a capricho— no ayudado por una grabación dispersa.

La (única) gira europea de Wes Montgomery ha adquirido dimensiones míticas. Se tiende a explicar la hiperactividad del guitarrista como una forma de expiación que se adelantaba a su “traición” al jazz, los discos pop que elaboraría con el productor Creed Taylor en los tres años de vida que le quedaban. Psicología de baratillo: sencillamente, un Montgomery sobrado de energía aprovechó todas las oportunidades que le ofrecieron las radios y televisiones de Bélgica, Francia, Italia, Reino Unido, Holanda y República Federal de Alemania.

La NDR le planteó ser la cabecera de uno de sus talleres, donde se juntaban músicos variados y repertorio elegido para la ocasión. En Hamburgo, Wes trabajó esencialmente con arreglos de Ronnie Ross, parte de un cuarteto de saxofonistas que también incluía al expatriado Johnny Griffin. Con un inspirado Martial Solal al piano, aquella pequeña big band funcionó eficazmente, incluso con demasiada cortesía diplomática. The NDR Hamburg Studio Recordings (Jazzline / Distrijazz) muestra además las cocinas del experimento, con un vídeo de media hora de ensayos.

El anecdotario de la gira de Mingus revela que no siempre hubo entendimiento entre las estrellas y Alemania

Otra gira legendaria fue la protagonizada por Charles Mingus en 1964. La novedad de Charles Mingus @ Bremen 1964-1975 (Sunnyside / Karonte) consiste en ofrecer conciertos completos, dos CD para cada uno de los shows que registró Radio Bremen en diferentes décadas. También retrata la evolución del oyente europeo, que en 1964 quedó abrumado por la ferocidad expresiva del grupo, que incluía a Eric Dolphy, y la combatividad del repertorio; difícil de entender el subtexto de Fables of Faubus o Meditations on Integration. Tampoco ayudó que, de manera rutinaria, Mingus se mostrara hostil y con retrasos de 45 o 60 minutos. Para 1975, su actitud ya estaba plenamente aceptada e incluso hubo que cambiar de recinto: del estudio de Radio Bremen a Post-Aula, el auditorio del edificio de Correos en la misma ciudad.

El anecdotario del recorrido de Mingus en 1964 revela que no siempre hubo entendimiento entre las estrellas del jazz y Alemania. El contrabajista se empeñó en ver nazis por todas partes: aseguraba sentirse discriminado en los hoteles y se tomaba como ofensa que se le impidiera mover los micros (una prohibición posiblemente derivada de regulaciones sindicales o de la propia experiencia de los técnicos de Radio Bremen). También le resultó desagradable tocar ante unos espectadores de mayor poder adquisitivo que los de Estados Unidos, un público que acudía a los conciertos con tomavistas y magnetófonos, sin plantearse si tales máquinas estaban permitidas. Como buen paranoico, Mingus decidió que la insospechada muerte de Eric Dolphy en un hospital berlinés fue un asesinato. Y no: un coma diabético se complicó por problemas de comunicación entre doctores y paciente. Mejor no busquen moraleja.

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