Escritoras y nigromantes: nuevo gótico latinoamericano

La ficción escrita por mujeres vuelve sus ojos a la fantasía. Tras años de realismo y autoficción, se usa la imaginación más oscura para retratar problemas sociales, políticos y de género

De arriba abajo y de izquierda a derecha, Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, Rita Indiana, Jennifer Thorndike, Liliana Colanzi y Mariana Enriquez.
De arriba abajo y de izquierda a derecha, Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, Rita Indiana, Jennifer Thorndike, Liliana Colanzi y Mariana Enriquez.

Samhain. All Hallow’s Eve. Halloween. Víspera de Todos los Santos. Día de los Muertos. Heredera de una milenaria tradición celta que celebraba el fin de la cosecha, esta festividad también auguraba la llegada del invierno como un signo inevitable de la muerte. Y por eso se consideraba que las fronteras entre los mundos de los vivos y los muertos se diluían durante estos días. A pesar de su progresiva cristianización desde el siglo VIII y su devenir en una variopinta sucesión de festividades entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre a escala global, algo de esta tradición sincrética pervive hasta el presente. Y lo hace en el campo fértil de la imaginación como portal a otros mundos, sobre todo, en la ecléctica y ambiciosa literatura hispanoamericana contemporánea escrita por mujeres.

El terror como nueva normalidad

A falta de un lenguaje y un imaginario fructífero para enunciar la actual crisis global sanitaria, la vida parece imitar al arte, pero al arte en su versión menos sublime: la de las distopías de serie B y el género catástrofe. Como si encarnaran una versión redimida del síndrome de Casandra, en los últimos años, una serie de escritoras latinoamericanas refractan en los espejos negros de la ficción una versión de la vida que emula y quizás supere la eficacia emocional del realismo psicológico.

Catástrofes ecológicas, viajes en el tiempo, parábolas sobre la incomunicación contemporánea o tópicos góticos clásicos como la transmigración de las almas son temas centrales de las multipremiadas Distancia de rescate y Kentukis (Literatura Mondadori), de Samanta Schweblin, así como en La mucama de Omicunlé (Periférica), de Rita Indiana. Novelas corales, donde sus protagonistas son madres y mujeres transexuales espoleadas al desastre por arriesgados pactos que involucran transmutaciones biológicas.

Los cuerpos son, además, la materia que encarna diferentes tipos de violencias interseccionales, como las que son el vórtice de los relatos de Pelea de gallos (Páginas de Espuma), de María Fernanda Ampuero; la cruda narrativa de Jennifer Thorndike; la intensidad vertiginosa de Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor (Literatura Mondadori), o la alianza entre la pulsión carnívora y el terrorismo de Estado en Nación Vacuna (Candaya), de Fernanda García Lao. La enajenación humana por nuestros estilos de vida se consuma en esa elegante fábula de humor negro que es Cadáver exquisito (Alfaguara), de Agustina Bazterrica; así como el sistema de mataderos, el régimen carcelario o el perturbador oficio de removedor de cadáveres animales son las columnas vertebrales de la obra de la brasileña Ana Paula Maia, traducida al castellano por Eterna Cadencia y Siruela.

Miedo local, miedo global

El lenguaje literario en estas voces no es un virus del espacio exterior como decía William Burroughs, sino una multiplicidad de organismos simbióticos que anidan, transformando los entornos lingüísticos donde conviven. Así parece expandirse la singular alquimia poética con que han aterrizado en el ecosistema editorial español la narrativa de Valeria Correa Fiz con La condición animal (Páginas de Espuma), Ariana Harwicz con Degenerado (Anagrama), Natalia García Freire con Nuestra piel muerta (La Navaja Suiza) y Giovanna Rivero con Para comerte mejor (Aristas Martínez). Las perversiones, los duelos irresueltos y otras formas resbaladizas de la incertidumbre son auscultados con el afilado instrumental quirúrgico de la ficción por estas narradoras.

Catástrofes ecológicas, parábolas sobre la incomunicación y transmigración de las almas son sus temas centrales

Herederas de una genealogía que reúne tanto a María Luisa Bombal, Silvina Ocampo, Sara Gallardo o la Alejandra Pizarnik más dark, otras escritoras reimaginan leyendas ancestrales alumbrando la tensión entre lo local y lo global con gran eficacia transculturadora, como Mariana Enríquez en los sugestivos relatos de Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama) y Liliana Colanzi en Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia). Más recientemente, Mónica Ojeda lo hizo reinventando el gótico andino con una sensual pulsión poética en Las voladoras (Páginas de Espuma) y Marina Yuszczuk con una vuelta de tuerca contemporánea de la tradición de novelas de vampiros en La sed (Blatt y Ríos).

Contagiadas por esta tradición latinoamericana, autoras como Ariadna Castellarnau innovan con un lenguaje impermeable a fronteras geoculturales, con su esperado libro de cuentos La oscuridad es un lugar (Destino); así como editoriales jóvenes como In Limbo conjuran nuestros miedos más ancestrales con Ars Moriendi. Cuentos de la no vida, reuniendo a autoras de ambos lados del Atlántico para invocar a la muerte como uno de los grandes temas literarios. A través del ensayo, la experta en cine fantástico y de terror Desirée de Fez nos guiará en un tour de force por los miedos femeninos en Reina del grito (Blackie Books) y Erica Couto-Ferreira nos descubrirá sorprendentes mitologías ajenas al cristianismo en Infierno. El más allá en la Mesopotamia antigua (Aurora Dorada). Como médiums, nigromantes, guardianas de portales entre mundos diversos, heterogéneos, pero con tentadores puentes hacia el nuestro, al igual que los rituales de Samhain, estas escritoras nos acompañarán en esta transición hacia el invierno, la época más oscura del año.

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