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Una historia personal de la Movida: cuando todo era posible

El espíritu que tomó Madrid en los años ochenta recibió un nombre, la Movida, tan polisémico que hoy cuesta entender a qué se refiere. Las imágenes, canciones y relatos de la época dibujan un mundo de posibilidades e incuestionable libertad

El fundador de Radio Futura, Santiago Auserón, en 1987. Alberto García-Alix

Fui afortunado: me instalé en Madrid a finales de 1979. Se había inaugurado en la calle de los Jardines un local a nuestros ojos opulento, llamado El Sol. Antonio Gastón, su fundador, vivía cerca de mi casa. Y allí se presentó, sin avisar. Tenía una pièce de résistance: su interpretación de La loba, de Marifé de Triana, que escenificaba con las cortinas que tuviera a su alcance. Fue una performance deslumbrante, que me hizo recordar la frase de El mago de Oz: “Totó, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas”.

Estábamos en Madrid, donde las tribus habían decidido que era el momento de divertirse. Eso incluía a profesionales respetables, a cansados militantes con ganas de recuperar el tiempo perdido y, sobre todo, a sus hermanos menores, que habían crecido en democracia (todavía faltaba superar el trago del 23-F) y solo se planteaban exigir el “aquí y ahora”. Un río con muchos afluentes, una multitud malamente contenida por una presa a punto de estallar.

No se teorizaba demasiado sobre lo que estaba ocurriendo. Al menos, hasta la salida en 1983 de la revista La Luna de Madrid, de Borja Casani. El balance fin de época no se hizo hasta 1991, cuando José Luis Gallero publicó su panorámico Sólo se vive una vez: Esplendor y ruina de la movida madrileña (Árdora Ediciones).

Ah, la denominación. Inicialmente, si se requería nombrar al movimiento, se hablaba de nueva ola, reflejando su manifestación más dinámica, la musical, evidentemente derivada de la new wave británica. Lo de Movida parecía más propio de los que se apuntaron tarde o de observadores exteriores como mi querido Àngel Casas, que creía a pies juntillas que aquello era una conspiración montada por las autoridades del PSOE madrileño.

Una adjudicación extremadamente generosa: los políticos de izquierdas no entendían el fenómeno. Te encontrabas con Tierno Galván hablando de “John Lennox”; incapaz de reconocer un error, alegó que se había confundido con un ignoto obispo estadounidense. En todo caso, se consideraba la Movida como algo instrumental: el responsable del Instituto de la Juventud me sugirió convocar a —parafraseando a Ginsberg— las mejores mentes de nuestra generación para organizar una campaña “contra los porros.”

Te lo tomabas a broma. Javier Solana, entonces ministro de Asuntos Exteriores, irrumpía en un acto del citado instituto para saludar a los presentes (y desaparecer con igual rapidez). Sospechabas que los políticos sentían que debían reconocer oficiosamente a los nuevos intrusos, sin tomarse la molestia de escucharlos previamente. Si lo hubieran hecho, puede que al menos estuvieran en un punto de desconcierto (y eso suele ser saludable).

Cayó en gracia aquello de The Refrescos: “Podéis tener Movida ¡hace tiempo! / movida promovida por el Ayuntamiento / podéis rogar a Tierno / o a Barranco o al que haya / pero al llegar agosto, ¡vaya, vaya! / aquí no hay playa”. Pero el tema se publicó en 1989, cuando aquella oleada ya estaba en reflujo. Y su autor, Bernardo Vázquez, era gallego de Vigo y tal vez no entendía que los baños en el mar no eran esenciales en una Movida de tierra adentro que consideraba la piel pálida como signo chic.

Para entonces, las fuerzas movidas de la capital ya abominaban de la Movida, aunque se irritaban ante la cazurrería del alcalde de turno, José María Álvarez del Manzano y López del Hierro, dictaminando lo de “nada, de la Movida no ha quedado nada”. Bendito sea: gafas de madera, oídos tapados con corcho.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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