La falta de vacunas, las limitaciones logísticas y el rechazo de parte de la población lastran la inmunización en África

Solo el 7% de los cerca de 1.300 millones de habitantes del continente han recibido la pauta completa

Una familia pasa junto a un mural que promueve la vacunación contra la covid en Duduza, al este de Johannesburgo, Sudáfrica, en junio.
Una familia pasa junto a un mural que promueve la vacunación contra la covid en Duduza, al este de Johannesburgo, Sudáfrica, en junio.Themba Hadebe (AP)

África acumula un enorme retraso en la vacunación contra la covid-19: tan solo el 7% de sus cerca de 1.300 millones de habitantes ha recibido la pauta completa y a un 11% se le ha administrado al menos un pinchazo, según los datos de Our World in Data, dependiente de la Universidad de Oxford. Esta lentitud obedece a múltiples causas, la primera de ellas el acaparamiento de vacunas por parte de los países ricos que han denunciado en reiteradas ocasiones la Organización Mundial de la Salud (OMS) y numerosos organismos internacionales, pero también se debe a los problemas logísticos que enfrentan las campañas de vacunación en países con escasos recursos y al rechazo de una parte de la población.

La inmunización en África no avanza al ritmo esperado, con la notable excepción de Marruecos, que ha cubierto a casi el 61% de toda su población. En el otro extremo de la balanza se sitúan países en los que la vacunación es prácticamente inexistente, como Burundi (0,0025%), República Democrática del Congo (0,06%) y Chad (0,42%).

En los países de África austral afectados por las restricciones de vuelos tras la aparición de la variante ómicron que inquieta al mundo, la vacunación la encabeza Lesoto, con un 26,5% de sus habitantes inmunizados, mientras que Mozambique se sitúa en el último puesto, con un 10,7%. En Sudáfrica, el país más poblado de esta región, con unos 60 millones de habitantes, y el más golpeado por la covid-19 de toda África, con tres millones de contagios, la inmunización completa ha alcanzado tan solo al 22,5% de su población.

Este jueves, la OMS ponía otro dato preocupante sobre la mesa: solo uno de cada cuatro trabajadores sanitarios africanos está completamente vacunado. Un estudio realizado en 25 países revela que únicamente seis de ellos han logrado cubrir al 90% de sus médicos y enfermeros. “La mayoría de los trabajadores de la salud de África están peligrosamente expuestos a una infección grave por covid-19″, aseguró Matshidiso Moeti, directora regional de la OMS, “a menos que nuestros médicos, enfermeros y trabajadores de primera línea obtengan una protección total, corremos el riesgo de un retroceso en los esfuerzos por frenar esta enfermedad”.

El desigual reparto de vacunas en el mundo está detrás de estas cifras. El pasado mes de octubre, durante la cumbre del G-20, Unicef reveló que los países miembros de este foro habían recibido 15 veces más dosis por habitante que los países de África subsahariana. “La desigualdad en las vacunas no solo está frenando a los países más pobres, también está frenando al mundo”, dijo Henrietta Fore, directora general de Unicef. “Es vital que los líderes del G-20 recuerden que, en la carrera de la vacuna covid, ganamos o perdemos juntos”, añadió. En un contexto de producción limitada de vacunas, los países ricos acapararon la mayor parte de las dosis.

Para tratar de compensar este desequilibrio surgió la iniciativa Covax en abril de 2020, impulsada por la OMS, la fundación Gavi y la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación ante Epidemias (CEPI). Su objetivo era distribuir 2.000 millones de dosis entre los países más desfavorecidos gracias a las aportaciones de colaboradores privados y de los países más desarrollados antes de que acabase 2021. Sin embargo, hace unas semanas Covax tan solo rondaba los 400 millones de vacunas. “Los países ricos se comportaron peor que en las peores pesadillas de cualquier persona”, aseguró el doctor Martin Auer, miembro del directorio de la OMS, en junio pasado.

Los retrasos en la llegada de dosis a África tuvieron un doble efecto, provocando que muchas vacunas fueran distribuidas a punto de caducarse y tuvieran que ser desechadas en países donde mantener la cadena de frío o contar con medios de transporte y equipos preparados para alcanzar los lugares más alejados supone un auténtico desafío. Pero también supuso que no se pudieran llevar a cabo las campañas de sensibilización para estimular la inmunización. Este elemento ha sido clave.

Oficialmente, África no supera los nueve millones de contagios y alcanza las 223.000 muertes por coronavirus, cifras consideradas bajas para una población cercana a los 1.300 millones de personas. Si bien se sabe que el virus ha circulado mucho más de lo que revelan las estadísticas —según un estudio de la OMS solo se ha diagnosticado uno de cada siete casos en el continente debido al limitado acceso a las pruebas—, lo cierto es que en la mayoría de los países africanos el impacto de la enfermedad en cuanto a casos graves y hospitalizaciones ha sido menor. Los expertos coinciden en que la juventud de la población y otros factores, como las inmunidades cruzadas por mayor exposición a otros coronavirus, podrían explicar este hecho.

Con un escaso acceso a vacunas y una percepción diferente del riesgo que supone la enfermedad, el rechazo a la inmunización también supone un problema, algo que reconoce la propia OMS. “Aquellos que rechazan las vacunas lo hacen porque ha habido problemas de comunicación, pero también existe miedo a los efectos secundarios y falsas informaciones sobre esterilidad y otras cuestiones”, aseguró recientemente la doctora Moeti, quien ha insistido una y otra vez a la población en la necesidad de vacunarse. La falta de confianza de la población en los gobiernos, las dudas surgidas sobre ciertas vacunas y los pasaportes sanitarios, así como el pesado recuerdo de la medicina colonial, se han aliado con la difusión de noticias falsas para generar un clima de rechazo que no contribuye a mejorar las cifras de inmunización.

Sobre la firma

José Naranjo

Colaborador de EL PAÍS en África occidental, reside en Senegal desde 2011. Ha cubierto la guerra de Malí, las epidemias de ébola en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Congo, el terrorismo en el Sahel y las rutas migratorias africanas. Sus últimos libros son 'Los Invisibles de Kolda' (Península, 2009) y 'El río que desafía al desierto' (Azulia, 2019).

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