La crisis del coronavirus

Sin rastro de los rastreadores en Cataluña

La vigilancia epidemiológica se desborda en la comunidad. Cuatro afectados denuncian que nadie avisó a sus contactos

Un facultativo toma la temperatura a la entrada del ambulatorio de Prat de la Riba, en Lleida.
Un facultativo toma la temperatura a la entrada del ambulatorio de Prat de la Riba, en Lleida.

La Generalitat ordenó este viernes el cierre del ocio nocturno en toda Cataluña, una medida que se suma a otras restricciones en zonas de Lleida, Barcelona y Girona que tienen por objetivo atajar el trepidante ritmo de contagios en estas provincias. La comunidad ha sumado este viernes 1.343 casos positivos nuevos (que incluyen tanto PCR como test serológicos, aunque más de 1.000 son PCR, es decir, infecciones activas). Solo en Barcelona y alrededores, 870.

El número de casos hace muy complicado el control de los brotes, porque son muchos y no hay capacidad suficiente para estudiar los contactos. Lo ha reconocido este viernes el secretario de Salud Pública, Josep Maria Argimon: “Uno de los puntos que tenemos que fortalecer, porque no tiene la fuerza que debería, es la búsqueda de contactos estrechos. Por eso hemos reforzado la atención primaria con estos gestores covid, ya tenemos contratados 400, para que no sucedan esas cosas”.

EL PAÍS ha contactado con cuatro contagiados o sospechosos de estarlo que relatan cómo creen que se infectaron. Todos tienen algo en común. Por un lado, quieren preservar su identidad y creen que existe un estigma del “contagiado” por coronavirus. Por otro lado, no les ha contactado ningún rastreador para averiguar dónde y con quién han podido tener contacto estrecho.

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Los expertos consultados coinciden en que Cataluña ha sabido incrementar las pruebas diagnósticas y que las realiza con rapidez, pero el rastreo de contactos de quienes dan positivo es una de las fallas del sistema. Los equipos de salud pública estaban bajo mínimos antes de la crisis después de años de recortes y los refuerzos prometidos o no llegan o lo hacen con cuentagotas. La Generalitat asegura que cuenta con cerca de 800 rastreadores “escalables a 2.000”.

La familia de Laia (33 años) y Amadeu (39) tomó todas las precauciones durante el confinamiento, pero al terminar el estado de alarma la señora de la limpieza volvió a trabajar en su casa, donde viven también sus hijos de tres años y 11 meses. El 6 de julio, la mujer los telefoneó: “Me advirtió de que se había hecho una PCR y había dado positivo. Tuve miedo por mis hijos”. Ese mismo día, Laia, Amadeu y sus dos hijos fueron a su centro de salud de Lleida. Les hicieron las PCR. Todos dieron positivo. La clase del niño, en el campamento urbano, quedó clausurada y todos sus compañeros fueron confinados en sus casas. “El mismo 8 de julio yo ya tenía fiebre. Mi hija había tenido el día de antes. Notaba una presión en el pecho que todavía podía tolerar pero sabiendo que no mucho más. Estaba en el umbral del dolor. Nunca había sentido nada igual”, asegura Laia.

A los pocos días fue Amadeu el que tuvo fiebre. “Se fue a la cama y al rato le pregunté cómo se encontraba. Empezó a balbucear, no le salían las palabras. No sabía pronunciar. Una ambulancia se lo llevó al hospital Arnau de Vilanova. Parece ser que hay un porcentaje de pacientes a los que se les inflama el cerebro. Eso fue lo que le pasó y Amadeu no es precisamente una persona de riesgo, es un gran deportista que ha disputado dos triatlones Ironman”, advierte.

La Generalitat admite debilidades en la búsqueda de contagiados

Laia se quedó en casa aislada, intranquila y sufriendo los efectos del coronavirus. A los pocos días le pasó exactamente lo mismo, dificultad en el habla, al padre de Amadeu, de 72 años. Padre e hijo compartieron habitación en el hospital con unos síntomas inusuales en la pandemia. La madre de Laia y su actual pareja también habían tenido contacto con sus nietos y también enfermaron. Todos siguen confinados.

En Montcada i Reixac, muy cerca de Barcelona, vive Toni, su esposa, su hijo de 10 años y su hija de 16. El 11 de julio comieron con la familia de la mujer. “Mi hija tiene un grupo de amigas con las que baila. Por la noche, las familias de las niñas decidimos cenar unos bocatas juntos. Mientras comíamos mi hijo pequeño dijo que tenía frío. De madrugada, se despertó. Estaba a 39,3 de fiebre”, recuerda Toni.

Al día siguiente se llevaron al menor a un ambulatorio. “La doctora decidió que le hicieran la prueba PCR. Nos confinamos con el agravante de que una amiga de mi hija vino a dormir aquella noche a casa. Así que también la confinamos en el sofá cama”, relata. El menor dio positivo y entonces comenzó el proceso de recogida de información. “Nos dijeron que teníamos que darles el teléfono e identidad de todas las personas con las que habíamos tenido relación en la última semana”.

Montse fue una de las personas que había asistido a aquella cena. “Toni nos envió un WhatsApp pidiéndonos DNI y teléfono. Todos se los dimos y algunos se fueron directamente al ambulatorio. Yo me confiné. No tenía síntomas y esperé a que se pusieran en contacto conmigo. Nadie lo hizo”, advierte. Al final todos los contactos que habían estado con el hijo de Toni, más de 20, acabaron haciéndose PCR sin que ningún rastreador contactara con ellos. Todos dieron negativo.

Los enfermos aseguran que existe un estigma sobre los infectados

Mercedes es auxiliar de enfermería del hospital de Sant Pau de Barcelona. El 16 de julio se llevó a casa a comer a dos niños del campamento urbano al que va su hijo de 10 años. Al día siguiente uno de esos menores tuvo fiebre. “Le hicieron la PCR y me advirtieron de lo que pasaba. Yo llamé a mi supervisora y me dijeron que me quedara en casa. Hay mucho trabajo en el hospital pero no podían permitirse a alguien contagiado”, advierte Mercedes. La PCR de la menor dio negativa pero Mercedes no ha vuelto a trabajar. “Es surrealista. La médico de familia me dijo que mejor siguiera la cuarentena porque las PCR, a veces, fallan. Me siento un poco ridícula, no tengo ningún síntoma”.

Compañeras de piso

Pilar lleva confinada en su domicilio de Barcelona desde el lunes. Es agente inmobiliaria y durante el estado de alarma su trabajo se paralizó. Ahora lleva semanas con muchas llamadas, teletrabajo… “Vivo con una compañera de piso y su bebé. Está separada pero tiene buena relación con su ex”, explica Pilar. “Él es cocinero en un restaurante. La semana pasada comenzaron a enfermar sus compañeros y este lunes llamó diciendo que había dado positivo”. La compañera de piso de Pilar y su bebé fueron directamente al ambulatorio. “El médico les dijo que aunque habían tenido contacto con un positivo era mejor que se confinaran y esperaran a ver si tenían síntomas antes de hacerles las pruebas”, dice Pilar.

La agente inmobiliaria también había estado en contacto con el cocinero y también fue al ambulatorio. “Les dije que tenía miedo. Lo entendieron perfectamente y esta mañana [por este viernes] me he hecho una PCR. Llevaba desde el lunes sin salir de casa”, informa. “Ha sido muy desagradable. Con un hisopo te sacan muestras de la garganta y la nariz”, relata. Ahora espera los resultados de la PCR. Tampoco le han preguntado por sus contactos.

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