La crisis del coronavirus

Españoles que vuelven a casa, extranjeros que regresan a trabajar y algún turista en El Prat

El aeropuerto de Barcelona dobla los vuelos diarios, hasta 80, pero todavía está a un 5% de su actividad habitual

Dos mujeres, a su llegada este domingo a la terminal 1 de El Prat, en Barcelona.
Dos mujeres, a su llegada este domingo a la terminal 1 de El Prat, en Barcelona.Joan Sánchez

Primer día de fronteras abiertas, de pasajeros volando sin tener que justificar el motivo. Pero el aeropuerto de El Prat de Barcelona estaba todavía este domingo lejos de su actividad normal, a un 5% de la operativa de un festivo de junio normal. Solo se puede acceder a las terminales con billete. Tiendas y restaurantes siguen cerrados. No hay carros portamaletas para desespero de quienes viajan con más equipaje que manos tienen. Abundan, eso sí, dispensadores de gel y pegatinas indicativas en el suelo.

Aunque todo el mundo da por hecho que los viajes internacionales no se animarán hasta julio, el aeropuerto barcelonés pegó este domingo un primer salto al pasar de una operativa diaria de entre 25 y 30 vuelos, a unos 80, entre llegadas y salidas. Los primeros aviones llegaban desde Berlín, Düsseldorf, Dublín y Minsk y los pasajeros tenían que someterse a un triple control: de temperatura, visual y entrega de un documento para que Sanidad Exterior sepa dónde se alojan. En ese primer día hubo tres perfiles de pasajeros. Españoles que volvían a casa después de la pandemia los pillara estudiando o trabajando en el extranjero; extranjeros que trabajan en Barcelona u otros puntos de España y que, al declararse la pandemia, volvieron provisionalmente a sus países; y algún turista, los menos.

Ana volaba desde Ámsterdam tras cinco meses sin ver a sus padres. Estudia Medicina allí y ha trabajado con pacientes con covid: “Ha sido durillo, pero menos que aquí, en Holanda lo han hecho mejor, la clave ha sido una mejor organización y comunicación”. Su vuelo venía lleno pero no tuvo miedo al virus: “He vivido situaciones peores en el hospital”.

Cristhie Mcfett es sudafricana y trabaja en Barcelona, “en la industria musical digital desde hace dos años”. “Cuando se declaró la pandemia volví a casa, pero ahora allí la situación es peor, vuelvo para seguir trabajando”.

También afincada en España lleva una década Xiao Hong, peluquera que vive en Palma de Mallorca. En enero viajó sola a su ciudad, Zhe Jiang, para festejar el Año Nuevo con su familia. En Palma se quedaron su marido y sus cuatro hijos. Llegaba al aeropuerto de El Prat desde Shanghái con un traje de plástico, guantes, visera y mascarilla, y sin intención de quitárselos hasta entrar en casa, aunque le faltaban 10 horas. Jiang explicaba el principal motivo de su regreso: “Me ha caducado el NIE, tengo que renovarlo, me gusta mucho vivir aquí”.

Turistas, pocos. Entre ellos, las hermanas Kelly y Debb, dispuestas a pasar cuatro noches en Barcelona, “con ganas de ver la ciudad tranquila”, aseguraban tras preguntar si “el Park Güell” está abierto. “Si cumples la normativa y respetas las distancias no tiene por qué haber problema”, decían.

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