La crisis del coronavirus
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Solo mía

Las veteranas estamos verdaderamente hartas de que nos hablen como si fuéramos niñas o estuviéramos seniles

Una voluntaria y una trabajadora de una residencia trasladan a una mujer a un centro sin casos.
Una voluntaria y una trabajadora de una residencia trasladan a una mujer a un centro sin casos.Albert Garcia (EL PAÍS)

En castellano no tenemos un término para nombrar el tipo de habla que se utiliza con las personas mayores —en inglés, elderspeak—, que constituye una forma de violencia sutil que socava nuestra autoestima y nos hunde en las brumas de la insignificancia. Una forma de hablar paternalista y ninguneante que trasluce una ausencia de reconocimiento de la capacidad de una persona, solo por el hecho de ser mayor. El lenguaje es el espejo del pensamiento.

Las veteranas estamos verdaderamente hartas de que nos hablen como si fuéramos niñas o estuviéramos seniles. De que se utilicen diminutivos cuando se dirigen a nosotros —ponga el culete, deme las gafitas—, formas que nos humillan. Somos así de desagradecidas. Se emplean frases cortas, simples, como si no retuviéramos la información, de un modo irrespetuoso con nuestra mente, utilizando repeticiones innecesarias, suponiendo que nuestra posible lentitud implica atasco mental. Se adopta un tono entre infantil y enervado, siempre más alto de la cuenta, presuponiendo sordera concomitante con la edad. Se nos dan aclaraciones que no hemos solicitado, ni necesitamos. Se nos tutea sin permiso, mostrando una confianza de la que no se dispone.

También resulta insufrible la utilización de la primera persona del plural para dirigirse a nosotros: “¿Cómo estamos hoy?”, “¿Nos duele todavía?”. ¿Qué finalidad tiene el uso de un pronombre colectivo para dirigirse a una única persona? ¿Por qué nos convertimos en seres sin nombre, asimilados a un plural anónimo? La utilización de la palabra abuela es otra de las muestras fehacientes de la colectivización de que somos víctimas. No somos abuel@s más que de nuestra prole, en caso de que lo seamos. Como decía Muriel Spark: “La señorita Taylor se sintió mortificada al oír que la llamaban ‘abuela Taylor’, y pensó que prefería morir en una zanja a vivir en esas condiciones”.

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A raíz del desastre del coronavirus hemos tenido que escuchar repetidamente la frase “nuestros mayores”. Sepan que mis congéneres viejas, veteranas, pioneras y yo, no pertenecemos a nadie. Después de todo, no fue un proceso fácil, a lo largo de los años, construirnos una identidad individual y deshacernos del imaginario del amor romántico y de la amarga media naranja. Convertirnos en sujetos. Algunas personas argumentan el carácter cariñoso del término nuestras, sin identificar en él un trato supuestamente protector que rechazamos. Además, la palabra nuestros —que significa colaboración, comunidad, construcción en común—, utilizada en este contexto resulta cínica y escandalosa, al transformarnos en una masa invisible, solitaria y anodina. Somos las y los viejos, la población de más edad, y con estas palabras queremos ser respetadas. Ursula K. Le Guin ya nos advirtió de que sentimentalizar la vejez es una forma de despreciarla. No digo más.

Nos hemos convertido en una propiedad colectiva, de una colectividad que diluye cualquier responsabilidad, de manera que éramos tan suyas que nos tenían olvidados en las residencias, donde nos hemos muerto a puñados, sin hacer demasiado ruido y con un cierto alivio también colectivo, porque al fin y al cabo ya estamos amortizadas.

Anna Freixas Farré es gerontóloga feminista.

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