La crisis del coronavirus

La enfermedad mental en un mundo de delirio

Los psiquiatras explican que sus pacientes ya estaban acostumbrados a palabras como estigma y distancia social

Un grupo de pacientes, en la residencia de personas con enfermedades psicológicas de la fundación Manantial, en el barrio de Hortaleza de Madrid.
Un grupo de pacientes, en la residencia de personas con enfermedades psicológicas de la fundación Manantial, en el barrio de Hortaleza de Madrid.Alvaro Garcia

—¿Lo lleváis bien?

—Bueno. Lo nuestro se agrava porque hay mucho tiempo para pensar.

Muchos de los problemas de Belén, que responde a la pregunta, y de los compañeros de Belén que la rodean, proceden del mismo lugar con el que piensan, el cerebro. David, por ejemplo, está obsesionado con arreglar televisores; los destripa, los vuelve a montar, les da luz o sonido si lo han perdido. Pregunta a unos y a otros si sus aparatos electrónicos están bien; si no, él los puede arreglar. Y encuentra en la realidad suficientes motivos para compararla con la electricidad. La vida, por ejemplo, se ha desenchufado. Contra eso no puede hacer nada. ¿Lo acusan los pacientes de salud mental?

Raúl, un hombre de 51 años, dice que mirar atrás le produce ansiedad. “Entré hace cuatro años con una crisis nerviosa fatal. Y hoy estoy mejor, sé que las cosas están mal fuera, pero yo estoy mejor”. Celia, 48 años, tuvo un grave problema familiar; perdió, dice, la voluntad, y se encuentra mejor en la residencia que en casa. Lee, hace cuentas, valora la situación: “La nuestra, la de los enfermos mentales, no es la de antes. No hay tanto señalamiento, no te marginan ya tanto”. Prudencio tiene 49 años, estudió Derecho en la Autónoma de Madrid, y al acabar la carrera y disponerse a buscar empleo, enfermó; lleva cuatro años y seis meses en la residencia. “¿Hemos perdido el tiempo?”, pregunta Belén, 45 años. María Jesús, de 42, que fue ingresada con un trastorno límite de la personalidad, cree que no. “Nos hemos conocido más al estar ahora encerrados aquí, la directora y el personal ayudan muchísimo, y la experiencia está siendo para todos muy buena”.

No siempre fue así. Estamos en el barrio de Hortaleza de Madrid, en una de las residencias, dirigida por Amaya Díaz, que la fundación Manantial gestiona de forma concertada con la Consejería de Políticas Sociales y Familia. Ocurrió aquí como en tantas otras repartidas por toda España. “Imagínate hablar de confinamiento en una residencia donde viven 30 personas más los profesionales. El efecto que provoca”, dice Raúl Gómez, director las residencias de Manantial. “Nuestra principal dificultad es gestionar las entradas y salidas. Nos ayudó mucho la policía pero no de la forma que se piensa, sino hablando. Les pedimos que viniesen a dar charlas, vinieron y les dijeron: ‘Pasa esto, este es el panorama, necesitamos que nos ayudéis porque vamos todos a una y está todo el mundo igual, y os necesitamos como a cualquiera’. Desde ahí, no desde el autoritarismo, se han conseguido muchísimas cosas”.

Los usuarios de Manantial están en régimen abierto porque proceden de unidades psiquiátricas del sistema hospitalario, donde la situación es diferente porque el estado de la enfermedad también lo es.

Jose Juan Uriarte Uriarte, jefe del servicio de adultos de la red de Salud Mental de Bizkaia, perteneciente a Osakidetza (Servicio vasco de Salud), explica: “Nuestros pacientes más graves, aquellos que prácticamente viven en nuestros hospitales psiquiátricos, o los que se han visto confinados en sus viviendas, en pisos tutelados y residencias, han tenido y tienen un comportamiento ejemplar. Similar al de la población general, pero con menos opciones para sobrellevar las restricciones. En muchos casos llevan semanas sin salir del hospital, sin recibir visitas y sin actividades que alivien la rutina. Y sin acceso a Netflix o a comprar en Amazon”.

“Lo que nos va a venir en el aspecto psiquiátrico cuando esto acabe, ni lo sabemos. La gente se desestabiliza, se emparanoia. El que es paranoico se vuelve más paranoico”, dice Raúl Gómez. “Hay un chico en la residencia de Parla que tiene una paranoia con el ejército, que el Ejército va a venir, que el ejército no sé qué. Y resulta que aparece la UME en la residencia con los cascos, los trajes, la protección. Claro, este chico... El Ejército vino para ayudar, para desinfectar, para preguntarnos qué necesitábamos. Pero deliramos en torno a los contextos. Cuando atentaba ETA había muchísimos delirios sobre ETA. Ahora va a haber delirios que ya ni sé, si ya la situación es delirante que no veas. Imagínate a nuestros pacientes saliendo a la calle, viéndolas vacías, todo cerrado, a gente con mascarillas y a la policía y al Ejército por ahí. Juan José Millás tiene una frase que dice: ‘La realidad es un delirio consensuado”.

El psiquiatra Rubén de Pedro, del equipo de cuidados a personas sin hogar de Osakidetza en Bizkaia, pasea por Bilbao mientras visita a pacientes atendidos por él. Una de ellas es una mujer obsesionada desde hace años con la limpieza y que se acaba de romper una pierna. Tendrá que ser enviada a un albergue, pero no quiere que nadie la toque por temor a contagiarse. “Hay psicosis paranoides”, explica De Pedro, “como creer que te está persiguiendo la policía todo el día o que los vecinos hacen ruido que se están convirtiendo en una realidad. La policía está en la calle, los vecinos hacen ruido, hay paranoia social. La gente que vive continuamente en la paranoia ya está adaptada. Y la gente que tiene un trastorno compulsivo grave, aquellas que tienen miedo a contagiarse de enfermedades por medio de microorganismos y que por eso evitan tocar cosas y se lavan compulsivamente las manos, se han adaptado muy bien a la situación actual. Incluso te dicen: “Ves, ves cómo tenía yo razón...”.

“Nosotros”, dice Gómez, “hemos atendido a gente que llevaba 10 años sin salir de la habitación. Con la esquizofrenia, que tiene el componente paranoico muy grande. Si tú sientes que el mundo te va a agredir, te repliegas. Lo que estamos haciendo nosotros lo han hecho ellos toda la vida”

Con las personas de la calle, sigue De Pedro, se está dando una situación muy paradójica. “Por culpa del confinamiento, en Bilbao se han habilitado dispositivos para alojar a los que no tienen un hogar. Y la gente que está en la calle se encuentra de repente con un techo y dice: ‘Joder, ¿y esto no se podía haber hecho antes que estábamos en la puta calle? También hay otros que quieren que se les deje en paz, en su acera o en su parque. Pero en general es sorprendente la capacidad que están teniendo para adaptarse a la situación”.

Lo cierto es que la gente está sola, pero los que ya estaban solos lo están ahora aún más. Y se escuchan y se leen en la calle y en los medios palabras que parece que cobran un nuevo sentido durante el confinamiento porque afectan a todos: aislamiento, estigma, encierro, distancia social. Carlos Mañas, un vigués de 54 años que tiene trastorno bipolar, reflexiona: “Distancia social es la que he vivido yo toda mi vida con la sociedad. Todos me habéis puesto dos metros de distancia en mi relación con el mundo. ¿Ahora de repente os alarmáis? Esta crisis no es mía, esta crisis es vuestra”.

“Hay algunos colegas que dicen que después de esto va a venir una avalancha de salud mental y hay otros que decimos, bueno, vamos a ver qué ocurre", dice Fernando González, jefe de Infancia y Adolescencia de los servicios públicos de salud mental en Bizkaia. “En general yo creo que esta vivencia de solidaridad colectiva hace diferente esta pandemia de otros desastres o adversidades sociales más puntuales que se han podido sufrir, como el 11-M, que fue mucho más circunscrito a unas familias, para las que fue terrible. Vamos a estar atentos, pero con atención primaria y con el sector educativo tendremos que coordinarnos para que no se patologicen o se psiquiatricen demasiado algunas expresiones del malestar que pueden tener algunos menores. Se tiende a medicalizar los problemas de la vida, el sufrimiento. Quizás es la parte que pagamos por nuestro individualismo: al final todos queremos resolver de una forma rápida nuestro malestar, vamos al médico o al profesor y este dice: ‘pues vete al psicólogo o vete al psiquiatra’, y nos derivan”.

José Juan Uriarte está de acuerdo: “Los profesionales de la salud mental no sabemos más de la vida que cualquier otra persona, sabemos de enfermedades. Las adversidades no se afrontan con psicoterapia o antidepresivos y ansiolíticos, se afrontan con el apoyo del entorno y las medidas que se puedan tomar para atenuar el impacto social y económico que los Gobiernos sean capaces de arbitrar. No será la solución un ejército de psicólogos o psiquiatras recomendando obviedades y recetando ansiolíticos a personas sanas pero agobiadas por las circunstancias. Y además esto tiene el riesgo de que dejemos de lado a nuestros pacientes más graves, para los que además sí tenemos conocimiento y herramientas para su tratamiento”.

Hace unas semanas, Raúl Gómez escuchó en la radio el testimonio de un médico que había pasado la enfermedad y decía: “Me di cuenta de lo duro que es estar enfermo en un hospital y no ver a tu familia”. “Y yo pensaba: ‘Si esto les pasa a mis pacientes todos los días’. Con crisis y sin crisis. Cuando una persona ingresa en una planta de Psiquiatría y lo primero que les restringes son las visitas familiares. Y lo hacemos en nombre de un miedo determinado, porque no está justificado para nada. De hecho, lo que más ayuda a alguien es tener un apoyo familiar. Y eso ahora lo estamos viendo todos, que necesitamos a nuestra familia, que no podemos estar días, semanas o meses teniéndola cerca y no puedes verla”.

Rodrigo Oraá es psiquiatra y jefe del Servicio de Adicciones de la red de Salud Mental de Osakidetza en Bizkaia. ¿La disminución del consumo de drogas no es al menos una buena noticia? “El desconfinamiento traerá otra vez los estímulos de siempre. El tigre no está cazado, el tigre está agazapado y vendrá”. “Por otro lado”, prosigue, “las adicciones también son formas de intentar afrontar sufrimientos que viene de traumas o de cualquier otro problema mental. Manejar una adicción no es solo no consumir, sino tratar otros aspectos”.

Al doctor Oraá le preocupan sobre todo aquellas personas que están mal y aún no se han decidido a pedir ayuda. Cuenta lo que le ocurrió a un hombre que iba a ser padre en una semana. “Llevaba unos días dándole vueltas a la cabeza, preocupado con ir al hospital, con poder contagiarse en el parto, si iban a atender bien a su mujer..., y esto le había llevado a una situación de tanta tensión que se autolesionaba, se golpeaba. Estas personas que empiezan a darle vueltas a la cabeza por temor a contagiarse acaban estando varios días sin dormir y esto tiene consecuencias. Personas que podían no tener antecedentes y que quizás, como mucho, eran personas preocupadas por la salud. Eran personas que tenían su trabajo, sus relaciones normales y que ahora, una vez interrumpidas esas estrategias que todos tenemos, el roce social, el estar con unos colegas hablando, el ejercicio para algunos, para otros ir al cine, o al teatro, o el fútbol, se quedan a solas con sus obsesiones. La desaparición de estos entretenimientos que daban un poco de cohesión a la vida diaria está haciendo que personas que antes no habían tenido problemas aparezcan, de pronto, por los servicios de Urgencias con un sufrimiento brutal, enorme”.

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