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OPINIÓN i

Aventureros que juegan a ser dioses

La tentación de buscar atajos para conseguir gloria y riqueza será cada vez más fuerte

El científico He Jiankui, durante una entrevista en un laboratorio en Shenzhen, al sur de China, en 2018.
El científico He Jiankui, durante una entrevista en un laboratorio en Shenzhen, al sur de China, en 2018.

Estamos a las puertas de una revolución cuyas consecuencias últimas ni siquiera podemos imaginar. El conocimiento acumulado en biología y genética va a permitir, como explica el historiador Yuval Noah Harari, que el Homo Sapiens se convierta en una especie de Homo Deus capaz de decidir su propio destino biológico. Va a poder alterar la herencia genética de cualquier especie, incluida la humana, y en el horizonte está la posibilidad de crear humanos genéticamente mejorados. Pero para abrir esas puertas hay que estar muy seguros de que se cumplen dos importantes requisitos: que existe un consenso claro sobre la conveniencia de hacerlo porque aporta beneficios incuestionables, y que puede hacerse con garantías de seguridad. En ciencia, no todo lo que es posible resulta deseable, pero si llegamos a la conclusión de que lo es, ha de ser posible hacerlo en condiciones que respeten el principio de no maleficencia.

He Jianchui ha mostrado que es posible intervenir a nivel embrionario para desactivar el gen que permite al virus del sida colonizar y neutralizar el sistema inmune de la persona infectada y hacer que esa protección se transmita a la descendencia. Pero se ha lanzado al experimento sin tener en cuenta las limitaciones que todavía tiene la técnica y sin poder asegurar que no tendrá efectos adversos.

Cuando en 2012 se descubrió la técnica de edición genética CRISPR/Cas9, que permite cortar y pegar trozos de ADN con precisión, muchos pensaron que las promesas de la terapia génica se harían por fin realidad. La muerte Jessie Gelsinger, uno de los primeros pacientes en los que se ensayó, demostró que los científicos se habían precipitado. Faltaban conocimientos sobre los efectos colaterales y el fiasco de los primeros ensayos congeló su desarrollo durante décadas. La ciencia avanza a veces golpe de descubrimientos disruptivos y la técnica del CRISPR/cas9 sin duda lo es. En apenas seis años su uso se ha generalizado. Pero como advierten sus descubridoras, Emmanuel Charpentier y Jernnifer Douda, hay que ser cautos a la hora de aplicarla en humanos. De momento ha permitido curar la sordera en ratones; crear animales modificados genéticamente para expresar enfermedades humanas y poder ensayar fármacos en ellos; ha permitido modificar una estirpe de mosquitos para evitar que transmitan la malaria; la propia Charpentier la utiliza para buscar la forma de neutralizar bacterias resistentes a los antibióticos... y así una larga lista de prometedores avances. Pero todavía no es suficientemente segura y por eso los experimentos en humanos se están aprobado a cuentagotas. Las primeras aplicaciones, sin embargo, ya están llegando a la clínica para tratar con inmunoterapia algunos tipos de cáncer. En este caso se extraen los linfocitos T del sistema inmunitario del paciente y se modifican mediante CRISPR varios de los genes, de manera que al reintroducirlos en el organismo, puedan identificar y atacar de forma selectiva a las células cancerígenas.

Ir más allá para jugar a ser dios entraña muchos riesgos, como saben los científicos mejor que nadie. No es por casualidad que existe en la comunidad científica un consenso general que prohíbe aplicar modificaciones genéticas a las células germinales. Una cosa es provocar una alteración genética que solo tenga consecuencias sobre el individuo en el que se aplica, y otra muy distinta hacerlo de manera que sus efectos puedan transmitirse a la descendencia, que es lo que ha hecho por primera vez que se sepa y de forma absolutamente irresponsable el genetista He Jianchui.

William Betenson, el científico que acuñó el término genética, ya vaticinó a principios del siglo XX que “la determinación exacta de las leyes de la herencia producirá más cambios en la actitud del hombre respecto al mundo y su dominio de la naturaleza que ningún otro progreso que pueda alcanzarse”. Estamos a las puertas de una gran revolución. La tentación de buscar atajos para conseguir gloria y riqueza será cada vez más fuerte. Por eso es importante que el consenso de prudencia que ahora existe se traduzca en legislación aplicable en todo el mundo.

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