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La obsesión frustrada de Giner de los Ríos de suprimir los exámenes de la escuela pública

Una nueva publicación recoge textos y 500 imágenes del Instituto-Escuela, un centro educativo innovador que fue apoyado por los poderes públicos a principios de siglo XX

Un aula del Instituto-Escuela en 1933, donde los alumnos se sientan en grupos.
Un aula del Instituto-Escuela en 1933, donde los alumnos se sientan en grupos.

“Si veis en la escuela niños quietos, callados, que ni ríen ni alborotan, es que están muertos”, afirmó el pedagogo Francisco Giner de los Ríos, director de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), un centro que nació a finales del siglo XIX para revolucionar la educación en España. La transformación de las aulas, la supresión del estrado del profesor —en sus propias palabras— y la formación de estudiantes seguros de sí mismos e independientes eran las prioridades que años más tarde, en 1918, se plasmaron en el Instituto-Escuela (IE), un centro educativo público que se fundó en Madrid. Giner consiguió el apoyo de los poderes públicos para poner en marcha el proyecto, pero nunca consiguió otra de sus obsesiones: suprimir los exámenes del sistema educativo. 

"Fue un centro público modelo concebido como un laboratorio para ensayar reformas pedagógicas durante la Segunda República", explica José García-Velasco, presidente de la ILE, que acaba de editar el libro Laboratorios de la nueva educación, con textos y 500 imágenes (la mayoría de ellas inéditas) que muestran las aulas, las excursiones, los talleres, los cuadernos de trabajo que elaboraban los estudiantes y testimonios de antiguos alumnos. Una obra que representa la recuperación de "una memoria destruida", porque 15 días después de la toma de Madrid, cuando todavía no había terminado la Guerra Civil, "los falangistas tomaron la sede" y todos los documentos quedaron esparcidos por las calles aledañas, señala García-Velasco.

Con su proyecto, Giner de los Ríos quería acabar con la división de las enseñanzas primaria, a la que tradicionalmente acudían los hijos de las clases populares, y secundaria, reservada para la burguesía. Su visión era la de una escuela única donde ambos niveles quedaran fusionados. "Fue contra los programas oficiales, quería un modelo para todos", apunta Eugenio Otero, catedrático de Historia de la Educación de la Universidad de Santiago. Esa tendencia no fue exclusiva de España. Con el fin de la Guerra Mundial, ese movimiento empezó a aparecer en diferentes países de Europa. "Era la manera de evitar una nueva barbarie, se quería conseguir una juventud culta". 

El espíritu del libro, que irá acompañado de una exposición el próximo otoño en la sede madrileña de la ILE —en la que se podrán ver obras de artistas como Picasso—, es levantar el "manto de silencio" que cayó sobre ese movimiento de renovación pedagógica durante el franquismo, señala Alicia Gómez-Navarro, directora de la Residencia de Estudiantes, que también ha participado en la recolección del material que se expondrá. Se retrata una época en la que muchos profesores fueron becados con estancias en el extranjero para estudiar otras pedagogías, y testimonios de antiguos alumnos que todavía están vivos como el de Amalia Martín, que nació en 1930.

En otro de los capítulos, se hace un repaso de algunos de los colegios que hoy son ejemplo de innovación educativa y que recogen algunos de los principios del Intituto Escuela, como el Padre Piquer que los jesuitas gestionan en Madrid, donde la disposición de las aulas y las formas de enseñar responden a aquellos criterios. "Es la llamada disposición del aula anticátedra", apunta José García-Velasco, que precisa que el pedagogo nunca se subía a la cátedra, sino que se rodeaba de los alumnos, se ponía a su mismo nivel. Como los actuales colegios innovadores, su apuesta era educar sin libros de texto. "La enseñanza memorística ya carecía de sentido. No había una receta única para todos los alumnos", indica Carlos Wert, patrono de la ILE. El libro también recoge la experiencia de tres maestras que, una vez terminada la Guerra Civil, fundaron el Colegio Estudio, un centro privado que se convirtió en la continuación del Instituto Escuela. 

Maestros de escuela

"Giner fue el primero que consiguió tener un eco en la instituciones públicas con un proyecto modernizador", considera Alejandro Tiana, secretario de Estado de Educación. Giner convivió con un sistema educativo todavía "poco desarrollado"; en 1903 se comenzó a pagar a los maestros por cuenta del Estado, y dejaron de recibir el sueldo de los Ayuntamientos. "De entonces venía la expresión pasar más hambre que un maestro de escuela. Era una realidad", ha explicado Tiana en la presentación del libro. Otro de los puntos clave de ese movimiento renovador fue la inversión en la formación del profesorado. 

La supresión de los exámenes no será en esta legislatura una opción para los socialistas, que sí creen necesario revisar los currículos, que, como añade Tiana, "claramente están sobrecargados". 

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