En el país de las mujeres fuertes

Islandia conquista la cima de la igualdad con el tenaz empuje del feminismo. Viaje por los logros y desafíos de la nación que ha abierto el camino en poder político y conciliación

De izquierda a derecha, la rapera Duridur B. Johansdottir, la líder feminista Brynhildur H. Ómarsdóttir, la educadora Margrét Pñ Ólafsdóttir, la diputada Rósa B. Brynjólfsdóttir, la rapera Ragnhildur Jonasdottir, la profesora Hanna B. Vilhjálmsdóttir, la exdiputada y especialista Kristín Ástgeirsdóttir y la concejal Heida B. Hilmisdóttir, ante el Parlamento de Islandia.
De izquierda a derecha, la rapera Duridur B. Johansdottir, la líder feminista Brynhildur H. Ómarsdóttir, la educadora Margrét Pñ Ólafsdóttir, la diputada Rósa B. Brynjólfsdóttir, la rapera Ragnhildur Jonasdottir, la profesora Hanna B. Vilhjálmsdóttir, la exdiputada y especialista Kristín Ástgeirsdóttir y la concejal Heida B. Hilmisdóttir, ante el Parlamento de Islandia.CAROLINA SALAS

Lo cual no quiere decir, como recalcan ellas, que vivan en el paraíso. Bajo la careta de la equidad transcurre otra amalgama hostil en la que se mezclan violencia sexual, brecha salarial (16%), cúpulas empresariales en las que se necesita corbata (no se sienta ninguna mujer en las direcciones de las compañías cotizadas) y misoginia. Es como si las tensiones geológicas que conforman la nación más septentrional de Europa se reflejaran en la guerra entre el enorme empuje feminista y el mercurial poso del patriarcado.

Con la misma aspereza de las coladas volcánicas que cubren su remoto país, las islandesas se han alzado desde principios del siglo XX interpeladas por los movimientos sufragistas que recorrieron el mundo, como recuerda la directora de la Asociación Islandesa de Derechos de las Mujeres, Brynhildur Heidar-og Ómarsdóttir, fundada en 1907. “Nuestro éxito también se debe a que estamos en el club de las cinco naciones nórdicas, las más igualitarias, y que vivimos en un país poco poblado en el que los cambios, si hay voluntad política, se pueden hacer rápidamente”. En las elecciones municipales de Reikiavik en 1908, en las que la mayoría de mujeres fueron autorizadas a votar, se presentó una lista únicamente femenina. Consiguieron cuatro de los 12 concejales. En 1922, una formación similar conquistó el Parlamento.

Pero la erupción que derrumbó importantes muros de desigualdad ocurrió el 24 de octubre de 1975. Las mujeres abandonaron fábricas y oficinas, dejaron a los niños con los maridos y se concentraron en las plazas, asombrando al mundo. “Fue increíble verlas llegar por todas las calles, surgiendo por todos los lados, esa sensación de fuerza y hermanamiento…”, recuerda Kristín. Pedían igualdad, guarderías para sus hijos y salarios iguales. La marea orquestada por todo tipo de organizaciones, no necesariamente feministas, con motivo de la década de las mujeres por la ONU, la arrastró. Aquella efervescencia cambió su vida al igual que la de las islandesas.

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Ese mismo año se aprobó el aborto casi libre, en varios supuestos; al siguiente, una ley de igualdad y en 1980 el país batió la principal de sus marcas feministas al elegir a una directora de compañía teatral, también madre soltera, como la primera presidenta en todo el mundo. Las islandesas menores de 50 años crecieron viendo a Vigdís Finnbogadottir en el telediario. Como Rósa Björk Brynjólfsdóttir, diputada por el Movimiento de Izquierda Verde, o la concejal socialdemócrata de Reikiavik Heida Björg Hilmisdóttir. “Tenemos como modelos a mujeres muy fuertes”, recalca esta última. Fuertes. Una palabra que siempre sale cuando se pregunta por la singularidad feminista de un país salvajemente volcánico y de climatología inclemente hoy adorado por los turistas. En el pasado, los naufragios dejaban huérfanos y viudas que tenían que sobrevivir. Eso, cuentan las islandesas, marca. Las mujeres más jóvenes recibieron en 2007 a la primera jefa de Gobierno lesbiana del mundo, Jóhanna Sigurdardóttir, que se casó con su novia el mismo día de 2010 en que entró en vigor el matrimonio igualitario.

Duridur Blaer Johansdottir se levanta y juega a caminar como un estibador. “¿Ves?, somos islandesas”, se ríe. Dentro del colectivo de hip-hop feminista Reykjavíkurdætur (Hijas de Reikiavik) frasea su fortaleza. “Nos sentimos poderosas y rapeamos sobre eso”. Los más jóvenes corean los temas de esta actriz de 28 años que vive en el rincón de Europa con una primera ministra, una obispa al frente de la Iglesia, una reputada jefa de policía en la capital y una joven líder de la Confederación de Sindicatos. Un país cuajado de hitos:

1. Obligados a pagar igual

Con camisa negra de cuello mao, el consejero delegado de Reikiavik Energy (RE) Bjarni Bjarrsson teclea de pie en la esquina de una oficina diáfana. Aún es de noche. Quienes le rodean y el resto de los 550 empleados de la empresa participada por el Ayuntamiento de Reikiavik cobran lo mismo independientemente de su sexo. La ley que obliga a las compañías a demostrar que pagan igual a hombres y a mujeres mediante un certificado es el último récord mundial que batió Islandia en 2018 para atajar la brecha salarial. Si no logran el distintivo se enfrentan a sanciones económicas. En RE, que ya tiene ese sello, comenzaron en 2011, cuando el indicador de desigualdad era del 7%. “Descubrimos que en este mundo, en el que existen apps para las cosas más peregrinas, no había ninguna herramienta para esto. Tuvimos que fabricarla”. La directora de Recursos Humanos, Solrun Kristándottir, una feminista convencida, asiente.

La plataforma informática mide salarios y trabajos y corrige las desigualdades, además de monitorizar en tiempo real el impacto que tienen en la equidad contratos y ascensos. “Vimos que quienes trabajan a la intemperie, mayoritariamente hombres, ganaban más que quienes estaban en las oficinas, sobre todo mujeres”. Un power point escupe datos: la brecha salarial ya es historia, hay un 51% de puestos directivos cubiertos por mujeres en una energética donde siete de cada 10 empleados son hombres, se contrató a una experta en género que cambió la cultura corporativa, se acabaron los turnos y... la compañía no perdió dinero.

Maríanna Traustadóttir, responsable de Igualdad de la Confederación de Sindicatos, ha trabajado durante 10 años en el complejo desarrollo de la ley. Resume su esencia así: “Se trata de pagar el mismo sueldo para el mismo tipo de trabajo. Te pongo un ejemplo, ¿vale más acarrear arena para la zona de juegos de un jardín de infancia o estar a cargo de los niños todo el día? Lo primero lo suelen hacer hombres, lo segundo, las mujeres. Y ganan menos”.

El impacto de la ley aún es mínimo. De las aproximadamente 1.180 empresas e instituciones islandesas han obtenido el sello 73. Por las dificultades de la aplicación se ha concedido una moratoria hasta finales de este año para las empresas más grandes. Todas deberán tener el sello en 2023.

2. La conciliación

Con un ojo puesto en una pequeña con tirabuzones que chapotea en el jacuzzi, Anna, la barbilla clavada en el agua, se queda pensando. “Cuando se me acabe la baja por mi bebé, no sé qué vamos a hacer, quizá yo entre a trabajar antes y mi marido después…”, dice la joven arquitecta. Islandia fue la primera nación del mundo en aprobar en 2003 tres meses de baja tanto para el padre como para la madre y otros tres que pueden repartirse entre ambos. La feminista Margrét Pála Ólafsdóttir, también especialista en educación infantil, fue una de las impulsoras del desarrollo de la red de guarderías tras la huelga del 75. “Las mujeres querían jardines de infancia para poder ir a trabajar. Esa es la clave de la igualdad”.

Hasta que los niños ingresen en las guarderías subvencionadas, a los dos años, hay un amplio periodo sin protección social. “Está la madre de día, que se encarga de cuidar a cinco niños, pero eso es muy caro”, protesta Gudrun, secretaria en un sindicato, cuyo hijo pulula con un barco de plástico por el agua humeante de la pileta al aire libre, un clásico para tertulias y encuentros. “Mi marido es piloto y gana muy bien. No se cogió la baja porque perdíamos mucho dinero”. En los permisos se percibe el 80% del sueldo con un tope de 600.000 coronas (4.400 euros).

Torsteinn V. Einarsson sí se cogió la baja. “Quiero saber qué pasará cuando mi hija crezca y veamos qué lazos nos unen”, dice sentado en el café de la universidad. Su vida cambió tanto que dejó su trabajo y se ha matriculado  en un máster de estudios de género. Incluso lanzó un hastag invitando a los hombres a hablar de la masculinidad tóxica.

La profesora Hanna Björg Vilhjálmsdóttir, durante su clase de género en un instituto.
La profesora Hanna Björg Vilhjálmsdóttir, durante su clase de género en un instituto.Ana Alfageme

3. Clases de género.

A Hanna Björg Vilhjálmsdóttir, una mujer imponente con el icono feminista tatuado en el cuello, muchas chicas le han dicho que ir a su clase del instituto les ha salvado la vida. Clases en las que pregunta:

—¿Quién gana con la imagen de la mujer en la pornografía?

—El hombre, responde un muchacho pelirrojo desde la primera fila.

—Y ¿qué es lo que gana?

—Poder.

—Y por tanto, ¿quién pierde?

—La mujer.

Hanna sonríe. Ante ella, 11 chicos y 10 chicas con el aire entre ausente y tímido de quienes se asoman a la vida adulta. Les pregunta luego si creen que la clase, obligatoria en este instituto de las afueras de Reikiavik, debería serlo en todos los centros de secundaria. Sí por unanimidad. En casi la mitad de los institutos de Islandia aprenden sobre masculinidad tóxica, sexualización y misoginia, “que es como el agua para los peces, nos movemos en ella”, sentencia la docente, pionera en desarrollar este programa de 16 semanas para chicos entre 16 y 19 años.

4. MeToo a la islandesa.

La concejal Hilmisdóttir se ha quedado sola en el edificio de despachos municipal. Atardece sobre uno de lagos del centro de Reikiavik. En 2017, mientras el MeToo surcaba las redes, Islandia retrocedía en mujeres en el Parlamento: hasta el 38%. La también vicepresidenta del Partido Socialdemócrata abrió un grupo privado de Facebook al que invitó a otras políticas a compartir casos de abusos. Se apuntaron 600. Rósa Bjork escribió que un ministro pretendía descolocarla diciéndole que sabía con quién se había acostado. “Me decía que cuando hablaba conmigo no podía quitarme los ojos de encima, porque estaba buenísima”. Una semana después publicaron 136 casos: agresiones en el ascensor, demandas de sexo en público, violaciones. Se crearon una treintena de grupos más de otros sectores. “El Parlamento cambió el código de conducta. Yo me sentí muy orgullosa”, confía Rósa sorbiendo un café a dos pasos del discreto edificio legislativo, “pero luego llegó el Klusturgate”.

5. Ministros y misóginos.

Klusturgate. Ragnhildur Jonasdottir, Ragga, otra de las raperas del colectivo Reykjavíkurdætur, baja la cabeza y la esconde entre los brazos. Un sonido gutural indica asco. Poco después de la huelga de 2018 —las islandesas han parado el 24 de octubre cinco veces desde 1975  y el pasado año se largaron del trabajo a las 14.55, la hora en la que, estadísticamente, dejan de cobrar—, seis parlamentarios de la oposición fueron grabados en el bar Klustur profiriendo rudos comentarios misóginos, homófobos y sexistas contra otras compañeras. “¡Son el 10% del Parlamento (Islandia tiene 63 diputados), y entre ellos están un exprimer ministro y el extitular de Exteriores, que se han paseado por el mundo presentándose como los campeones del feminismo!”. Lo dice Kristín. Lo repite Rosa. La misma indignación se palpa en gestos y palabras de todas. Dos políticos fueron expulsados de su partido, pero se fueron a otro. Nadie dimitió.

A juzgar por la furia que desata, el episodio de este bar amenaza con desencadenar la próxima erupción feminista en el país de las mujeres fuertes.

Sobre la firma

Ana Alfageme

Es reportera de El País Semanal. Sus intereses profesionales giran en torno a los derechos sociales, la salud, el feminismo y la cultura. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS, donde ha sido redactora jefa de Madrid, Proyectos Especiales y Redes Sociales. Ejerció como médica antes de ingresar en el Máster de Periodismo de la UAM y EL PAÍS.

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