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HISTORIAS DE SILICON VALLEY

A golpe de teléfono

Hay aplicaciones para todas las tareas cotidianas: se acabó lavar, limpiar o ir a la compra

Antonio Bustamente lo gestiona todo a golpe de aplicaciones. Ampliar foto
Antonio Bustamente lo gestiona todo a golpe de aplicaciones.

No es rico, tampoco se considera un esnob, es, sencillamente, una persona ocupada. Antonio Bustamante Mirayo (Madrid, 1990) es ingeniero informático, pronto cumplirá dos años en Silicon Valley. Su ritmo de vida ha cambiado por completo, lo resume en una frase: “Mi tiempo vale más que mi dinero”. Una afirmación que tiene su explicación. No hace la compra, no lava la ropa, tampoco cocina y busca quien le limpie la casa a través del móvil. Trabajar en una startup de nuevo cuño —la empresa no tiene aún nombre— le ocupa de diez de la mañana a once de la noche. Programa, busca oficina y revisa currículos para contratar a los primeros empleados…

Este ritmo de trabajo explica que, en las grandes empresas del valle, los perks —como llaman a las recompensas para empleados— se conviertan en un motivo para cambiar de empleo. No solo incluyen refrescos, batidos o café recién hecho. Permiten que se lleve el perro a la oficina, con un matiz, que esté domesticado y no le dé alergia a los que se sientan cerca. Dentro de Google, en Mountain View, tienen una lavandería. ¿Alguien se imagina haciendo la colada en el trabajo? Allí es normal. Hay mesas de pimpón en casi todas las oficinas de nuevo cuño, también una sala de videojuegos, aperitivos de dudosa salubridad y cafeína en todos los formatos posibles. Las comidas son capítulo aparte: italiano, tailandés, mediterráneo… Unas tienen cocineros, otras contratan cáterin. La idea es que los empleados tomen un respiro si hace falta, que eviten las distracciones de la vida cotidiana y se centren en el trabajo. Cuanto más satisfechos y despreocupados, más productivos y más tiempo en la oficina. No hay excusas.

El motor de inteligencia artificial sabe qué compra el cliente y cada cuánto: “Antonio, ¿acabaste ya las galletas?”

Bustamante no tiene coche, pero sí un Nexus 5, un móvil de precio modesto y gran predicamento entre los techies, su mejor aliado. Desde ahí encarga la compra con Instacart, un juego de palabras que recuerda remotamente a la red de retoque de fotos Instagram y al carrito de la compra. “”A diferencia de las ofertas que ya hay en España, puede escoger entre diferentes supermercados, sin necesidad de ordenador y renovar pedidos automáticos. “Son muy certeros, la hora de entrega suele ser muy puntual. Eso en España no pasaba”, explica. El pedido mínimo son 10 dólares y si gasta más de 70 no le cobran gastos. La primera sorpresa, casi susto, fue cuando recibió un mensaje de la aplicación: “Antonio, ¿se te han agotado ya las galletas?”. Es solo una pequeña parte de la experiencia que se crea. A medida que se usa, el motor de inteligencia artificial aprende del comportamiento, de lo que pone en el carrito. Instacart sabe que el papel higiénico o el zumo de naranja se renuevan cada cierto tiempo, también qué productos estaría dispuesto a probar. La culminación de esta experiencia se da cuando, basándose en lo que suele comprar, llega a ofrecerle los ingredientes para hacer un gazpacho, una ensalada César u otros platos. Las recetas se basan, naturalmente, en sus propios gustos.

No es su caso. Salvo urgencias, la cocina funciona como un adorno en el apartamento donde vive en Nob Hill. Para que le traigan un Pad Thai o una pizza recurre a Postmates, un ejército de ciclistas dispuestos a asumir cualquier recado, desde llevar el ordenador a reparar a recoger un arreglo en la chaqueta. “Es perfecto para los restaurantes que sí ofrecen comida para llevar, pero carecen de reparto a domicilio”, expone. El precio fluctúa, depende de lo que esté dispuesto a cobrar cada mensajero, el mínimo son cinco dólares. Esta competencia beneficia al consumidor. Fregar el suelo, pasar la aspiradora o lavar el baño tampoco están en su lista de prioridades. En Homejoy busca empleada doméstica a un precio razonable, 25 dólares la hora. En este caso, el factor social es determinante: “Puedes ver las críticas que ha hecho cada perfil o pedir cómo prefieres que lo dejen todo. Si estarás en casa o no mientras trabajan…”.

Las lavanderías, las manuales, las de echar monedas y repetir la operación en la secadora, son una plaga, hay casi una por manzana. En el interior se leen revistas, se critica al vecino… Son el equivalente a la peluquería en cuanto a interacción social, pero con una competencia inusitada. Bustamante ha optado por saltárselas. Después de probar Rinse y Washio, se queda con Sudzee, creada por una tintorería local en pleno reciclaje al mundo digital. La primera le resultó demasiado impersonal. La segunda le perdió como cliente cuando le devolvieron la ropa peor que la envió. Su opción es la más barata, al peso: 1,05 dólares por libra (453 gramos). Valora la comodidad: “Puedo mandar mi detergente y suavizante, para que huela como me gusta. Lo mejor es que no hace falta estar en casa. Solo dejo una bolsa colgada en la puerta y la recogen por la mañana, cuando vuelvo está ahí”. No teme que un intruso se apropie de la colada: “Incluyen un candado con código digital que solo sabemos las dos partes y un GPS que sigue dónde está”.

Tanta comodidad tiene un lado oscuro, la privacidad. Se da la tarjeta de crédito, la dirección, en ocasiones una copia de la llave del portal… Para cada transacción hay que poner un alto grado de confianza por delante. “Para empezar, contratan seguros, pero no es todo, también está la parte de prestigio social. Las críticas que se hacen de cada experiencia son útiles y se tienen en cuenta. Un timo que salga a la luz podría ser el fin de su negocio”, justifica antes de sacar el móvil y pedir un Uber para volver a casa. No le apetece caminar.