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El papa Francisco fue portero de discoteca en su juventud en Buenos Aires

El Pontífice reveló algunas de las experiencias vitales que le ayudaron a "crecer en la fe" a los fieles de una parroquia romana

El papa Francisco este miércoles en la plaza de San Pedro.
El papa Francisco este miércoles en la plaza de San Pedro. EFE

El papa Francisco ha vuelto a sorprender. Su juventud fue la típica de un muchacho de una familia cualquiera no muy acomodada que intentaba ayudar llevando algo de dinero a casa. Durante un tiempo, se dedicó a fregar los suelos de la fábrica de medias donde su padre era contable y, entre los 14 y los 19 años, trabajó en un laboratorio químico. Pero hasta ahora se desconocía que el Pontífice, que dice querer “una Iglesia pobre y para los pobres”, también fue portero en una discoteca de su ciudad, Buenos Aires.

Él mismo contó el curioso detalle —que ya circulaba sin confirmar en la Red— a los fieles de la parroquia romana de San Cirilo Alejandrino, durante su visita el pasado domingo por la tarde. Después de haber celebrado la misa, como cuenta el diario de la Santa Sede L'Osservatore Romano, Jorge Mario Bergoglio se entretuvo charlando con algunos parroquianos a los que contó que algunas experiencias juveniles se revelaron fundamentales para su posterior crecimiento en la fe. Como ser buttafuori, que literalmente indica al tipo de aire amenazador que muchos locales nocturnos contratan para echar a la calle a quien molesta. La sencillez de su vocabulario y de su trato escriben el enésimo capítulo del método Bergoglio: un pastor sin prisa ni presunción, que se preocupa por “coger el olor de sus ovejas”.

El barrio que Francisco eligió para impartir la misa es un barrio difícil. Tor Sapienza se extiende en la zona este de la capital, encajado entre dos autopistas: popular, lleno de palazzos iguales y anónimos como colmenas, apartado de las luces navideñas que adornan los monumentos más célebres de Roma. Un vecindario de inmigración y alto desempleo, que, sin embargo, el domingo se preparó como en un día de fiesta, con pancartas, banderas y globos blancos y amarillos, los colores de la Santa Sede, para darle la bienvenida al Pontífice que quiere “llevar la Iglesia a las periferias”.

Francisco no defraudó las expectativas. Se quedó cuatro horas, mucho más tiempo del que fue necesario para celebrar la misa. Como solía hacer cuando era arzobispo de Buenos Aires, habló y escuchó detenidamente a fieles y vecinos: los enfermos, los niños que se preparan para recibir la primera Eucaristía, los padres de bebés recién bautizados, el consejo pastoral de San Cirilo (una especie de gobierno de la parroquia) y familias que viven en pisos okupados y han fundado un colectivo que lucha por el derecho a la vivienda. “Enseguida se entendió que sería una visita fuera de los esquemas dictados por el protocolo —escribe el periódico vaticano—. En cuanto salió del utilitario azul a bordo del cual llegó, antes de entrar en el edificio parroquial, Francisco se paró a saludar a un grupo de fieles que llevaban un buen rato esperándole, a pesar del viento frío que barría la ciudad”.

Durante el encuentro con los treinta representantes del Consejo pastoral, Francisco habló de la importancia de las actividades que los templos llevan a cabo en sus barrios. “La parroquia está formada por los laicos que ayudan a toda la comunidad. El cura no es el dueño de la parroquia, es un servidor”, afirmó. Enseguida, el discurso de Tor Sapienza se transformó en un diálogo abierto con los fieles que empezaron a plantear preguntas y a escuchar una “especie de cuento biográfico a través de pequeñas imágenes”, según lo definió L'Osservatore.

Bergoglio recordó su bautizo en la Navidad de 1936, habló de la vocación descubierta gracias a un confesor desconocido —“se sabe que los mejores confesores son los curas desconocidos o los que están sordos”, bromeó según el diario de la Santa Sede—, transmitió la emoción que sintió el 4 de octubre frente a la tumba de San Francisco en Asís y reveló haber rogado al Santo pobre tras el que ha sido nombrado “la gracia de la sencillez para mí y para la Iglesia”.

En este mismo “interrogatorio” cercano y familiar, Francisco reveló el detalle aún desconocido de su juventud: fue buttafuori y profesor de literatura y psicología. Las dos experiencias, toma nota L'Osservatore, le ayudaron en crecer en la fe. Le ayudaron a empatizar con las personas más diversas. Antes de subirse al coche para volver a la muralla Leonina que blinda el Vaticano, apretó las manos de varios inmigrantes que buscan vivienda; levantaban una pancarta en la que se leía: “Papa Francisco: ¡no hay familia, si no hay casa!”