Esfuerzo psicológico y madurez emocional: por qué resulta tan difícil dejar ir a una persona
Alcanzar cierta imperturbabilidad afectiva no es sencillo, pero es una prueba inequívoca de madurez emocional y revela lo que se esconde tras ese miedo a soltar


Dani Martín lleva tiempo dejando claro que lo más honesto que puede hacer no solo para sus fans sino ante todo, para sí mismo, es hablar de su salud mental con absoluta claridad. Por eso no solo concedió a El País Semanal una sincera entrevista, sino que conversó en Lo de Évole sin filtros. “Hemos tirado unos solomillos a los perros”, dijo entre risas el cantante, que confesó al periodista que en el pasado, le había costado mucho “dejar ir”. Hacerlo supone priorizarse, elegirse y soltar tanto vivencias como a las personas que no suman ni aportan ya en la vida de alguien.
Andrea Rosario Sánchez autora de Me prometí que cambiaría pero sigo igual (Ediciones B, 2025) quiere aclarar que no es tan simple como querer o no querer soltar. “Se habla de dejar ir como si fuera solo una decisión racional, pero en realidad es un proceso emocional profundo que puede remover heridas de abandono, miedo a la soledad o incluso la sensación de perder una parte de uno mismo. El hecho de que alguien desee soltar no significa que no quiera a la otra persona. Muchas veces el apego es tan fuerte precisamente porque el amor fue real. Pero cuando ese amor se mezcla con necesidad, con miedo o con la sensación de que sin el otro no vamos a estar bien, soltar se vuelve una batalla interna entre lo que sabemos que es mejor y lo que emocionalmente nos cuesta aceptar”, explica a S Moda. “Dejar ir, cuando se hace desde un lugar sano, no significa dejar de querer, sino aprender a querer de otra manera. Significa aceptar que un vínculo puede haber sido importante sin que eso implique aferrarse a él. Y sobre todo, significa darse permiso para reconstruirse sin que la ausencia del otro defina quién eres”, aclara.
Madurez emocional: el secreto para dejar ir
En psicología, ‘soltar’ se utiliza a menudo para describir el proceso de liberarse del apego y puede referirse a dejar ir pensamientos, emociones o conductas negativas que entorpecen el camino para alcanzar el máximo potencial. Se trata, por ende, de ceder el control y permitirse seguir adelante. Este proceso supone alcanzar un grado importante de madurez emocional. “Cuando en consulta observamos a nuestros clientes en relaciones tóxicas y muestran una gran dependencia emocional, no les pedimos que tomen la decisión de alejarse o hacer un contacto 0, porque sabemos que no podrán llevarlo a cabo. Ponemos el foco en las limitaciones mentales que les mantienen en ese estilo de vida insalubre y les ponemos solución para que se puedan desbloquear y que tomen decisiones saludables”, explica Raúl López Lastra, autor de Amores ideales, rupturas reales (Roca Editorial, 2024).
Como matiza Andrea Rosario Sánchez, psicóloga especializada en el ámbito sanitario y especialista en neuromarketing, aunque se suele decir que “quien deja ir, gana”, en la práctica, muchas veces se siente como una derrota. “No estamos diseñados para soltar con facilidad. Además, cuando el vínculo ha sido intenso, nuestro sistema nervioso puede reaccionar con ansiedad, insomnio o una sensación de vacío que parece insoportable. Aquí es donde entra la madurez emocional, pero no como algo que se tiene o no, sino que se trata de un proceso que se construye. Madurar emocionalmente no significa que no duela, sino que alguien es capaz de sostener ese dolor sin quedarse atrapado en él. Y sobre todo, significa aprender que soltar no es perder, sino permitirse avanzar”, dice.
El trasfondo de dejar ir
Aceptar una pérdida supone desvincularse, desligarse y desapegarse de la persona que ya no está, pero ello no implica en absoluto odiarla, pues el odio es capaz de funcionar como un pegamento con un poder adhesivo aún más fuerte que el del amor. “Se trata de alcanzar cierta imperturbabilidad afectiva o, de ser posible, una amistad, tal como sucede en aquellas parejas que terminan la relación cordialmente y de común acuerdo”, asegura Walter Riso en Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido (Zenith, 2023). “Si logras desvincularte de tu ex (o de cualquier amor posible que ronda tu vida) de manera adecuada, podrás reinventarte como te dé la gana. El tiempo ayuda, es cierto, pero hay que ayudar al tiempo. Sin acelerarte, al ritmo natural que marque tu proceso interior y siempre avanzando. De ti depende y de nadie más. Toma la decisión profunda de soltar de manera definitiva los lastres afectivos que no te dejan crecer y te sorprenderás de lo que eres capaz. Que tu fortaleza interior marque el paso de un adiós definitivo y contundente”, sentencia.
Dejar ir es especialmente complicado en la era de las redes sociales, y cuando se acercan fechas especiales, como cumpleaños o festividades, la mensajería es siempre un arma de doble filo, pues la tentación de enviar un mensaje a la expareja se torna irresistible. Por ello Raúl López Lastra advierte que aunque el contacto 0 es importante, no es suficiente. “Al dejar ir, empieza el trabajo más difícil, pues supone cerrar la puerta definitivamente a esa persona. Es un esfuerzo psicológico mucho más complicado de lo que la gente piensa. Por eso es tan importante prepararse psicológicamente para no quedar atrapado en ese limbo durante meses o años que te impedirá volver a conectar románticamente con otras personas”, explica.
Andrea Rosario Sánchez recalca que en realidad, dejar ir es un proceso complejo que va más allá de simplemente soltar, pues implica un profundo trabajo en el que entran en juego el pasado, las creencias amorosas y las respuestas emocionales automáticas desarrolladas a lo largo de la vida. Quienes hayan experimentado abandono, rechazo o hayan vivido relaciones en las que hayan tenido la sensación de dar más de lo recibido, se pueden enfrentar a un abrumador miedo a soltar. Por ello, lo importante es identificar qué ata cada persona con aquellas personas a quienes tienen dificultad de dejar ir. “A veces, el problema no es la ruptura o ese adiós en sí, sino lo que nos recuerda: el miedo a quedarnos solos, a no ser suficientes, a no volver a sentir lo mismo. Trabajar estas emociones nos ayuda a soltar de verdad, y no solo a distraernos de la ausencia”, dice la psicóloga.
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