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Por qué la crisis de los 40 puede ser la única que esquiven los mileniales

El mito de la crisis de la mediana edad sigue muy vivo en el imaginario colectivo, pero sociólogos e historiadores ponen en duda su pervivencia en la actualidad

Crisis de los 40
Desde la izquierda: Adam Brody, Lizzy Caplan y Jesse Eisenberg en la serie 'Fleishman está en apuros'.Disney+
Enrique Alpañés

Patricia va a cumplir 40 años en unas semanas, así que ha empezado a hacer balance. Desde hace poco más de un año tiene un contrato como informática, el primer trabajo estable que ha conseguido en su vida. Está ahorrando para comprarse una casa y aún vive con su madre. No tiene pareja ni perspectivas (ni ganas) de formar una familia. “¿Crisis de los 40? En absoluto. No puedo estar cansada de una estabilidad que apenas he conseguido. Mis padres la alcanzaron con 25 años. Yo estoy tardando mucho más”, replica Patricia.

Puede que la única crisis que esquiven los mileniales sea la de los 40. Los miembros más maduros de esta generación están empezando a alcanzar la mediana edad. Y no tienen ningún tipo de estabilidad burguesa contra la que rebelarse. Algunos economistas y sociólogos ponen en duda la pervivencia de una fase, que se nos ha vendido como biológica y universal, como la adolescencia o la vejez, cuando no es más que un constructo social y cultural. La cultura siempre ha tenido un peso específico a la hora de hablar de la crisis de la mediana edad. Desde novelas modernas como Madame Bovary o Anna Karenina hasta autores de la Edad Media como Dante Alighieri, que en La divina comedia recita el siguiente poema: “A mitad del camino de nuestra vida / me encontré dentro de un bosque oscuro / pues el camino recto se había perdido”.

Este mito ha llegado en plena forma hasta nuestros días. El éxito de series como Fleishman está en apuros o de películas como Una vida no tan simple demuestran su pervivencia, al menos en la cultura pop. Las reacciones al famoso vídeo viral sobre el conformismo de Pantomima Full constatan que es una idea que sigue fascinando y polarizando. La crisis de los 40 se entiende como una crítica al conformismo, la última rebelión adolescente antes (o después) de pasar por el aro y asumir la edad adulta.

Ignacio Conde-Ruiz, catedrático de Economía y coautor del libro La juventud atracada (Editorial Península) tiene 53 años, y solo ahora, con las hijas mayores y su carrera encaminada, empieza a sentir algo parecido a la crisis de los 40. “Suena a tópico, pero en este caso, los 50 son los nuevos 40″, dice por teléfono. Las fases vitales se han ido retrasando, algo que es patente en los mileniales. “Es una generación que ha sido golpeada dos veces, en momentos clave de la vida”, señala el economista. La primera fue cuando se incorporaron al mercado laboral, con el inicio de la Gran Recesión. Vieron cómo sus sueldos menguaban mientras los alquileres y las hipotecas se disparaban. La edad de maternidad se retrasó, el trabajo dejó de ser estable. “Y luego, cuando la estabilidad prometía llegar, estalló la pandemia”, recuerda Conde-Ruiz.

El contexto económico ha marcado a los mileniales, pero el político y el demográfico han terminado de definirlos. “Es una generación que ya empieza a ser más pequeña que las anteriores, aunque no tanto como las siguientes”, reflexiona el economista. “Y eso hace que sean casi invisibles para los políticos. Sus problemas no son el centro de atención en unas elecciones”.

Por todos estos motivos, los mileniales han tardado más en abrazar la vida adulta. Además, esta se ha enriquecido y no presenta un único modelo monolítico. El 85% de la generación silenciosa (los nacidos entre 1928 y 1945) vivían en familia en 1968, entendiendo como tal un cónyuge, hijos o ambas cosas. Solo el 55% de los mileniales estaba en esa situación en 2019. Los matrimonios han bajado notablemente en las últimas décadas y los que se celebran, tienen lugar más tarde. La media según el INE está en 35 años para las mujeres y 38 para los hombres. La edad media para comprar una casa, en España, está en los 41 años. Los mileniales se convierten en padres en una proporción similar a la de generaciones anteriores, pero en promedio lo hacen más tarde: a los 32,6 años. En 1980, lo hacían a los 25. Con estas cifras encima de la mesa, a los 40 años apenas ha comenzado esa supuesta vida burguesa que atenaza a quienes sufren la temida crisis.

El origen feminista de la crisis de los 40

La idea reduccionista y caricaturizada que muchos tienen de esta etapa es la de un hombre que se compra un descapotable y se busca una joven amante. Pero fue una mujer la que ayudó a popularizar este concepto. Gail Sheehy rescató las ideas del psicólogo Elliott Jaques (condensadas en Death and the Mid-life Crisis [La muerte y la crisis de la mitad de la vida], 1965) y otros autores y las releyó desde un prisma feminista en los años setenta, convirtiendo una marginal teoría psicológica en un fenómeno social. Las crisis de la edad adulta (Editorial Pomaire) era una crónica de la madurez publicada con gran éxito de ventas. Se convirtió en uno de los libros más influyentes de su época y el concepto de crisis de la mediana edad (que en España se tradujo de forma matemática, calculando esa media en los 40 años) cuajó para siempre en la sociedad.

“Según Sheehy, era una forma de romper el corsé de los roles de género tradicionales”, cuenta Susanne Schmidt por videollamada. Esta joven historiadora (tiene 35 años y no ha sufrido en sus propias carnes la crisis) se propuso indagar en los orígenes feministas de lo que ha acabado convirtiéndose en un mito esencialmente masculino. Lo ha hecho en el libro Midlife Crisis: The Feminist Origins of a Chauvinist Cliché (Crisis de la mediana edad: los orígenes feministas de un cliché chovinista, no editado en español). “Los roles de género tenían y siguen teniendo un papel fundamental en esto. En esa época se suponía que las mujeres debían quedarse en casa, cuidar a los niños. Se suponía que los hombres debían ir a trabajar, generar algún ingreso familiar y adherirse a estos ideales de masculinidad. Pero, al llegar a la mediana edad, muchas personas querían expresar las partes de sí mismas que no pudieron exteriorizar por culpa de los roles de género”, explica Schmidt. Así, muchas amas de casa empezaron o retomaron sus carreras, mientras que algunos hombres dieron un paso atrás en las suyas o pidieron reducciones de jornada.

No solo el género atraviesa este fenómeno. También lo hacen la raza y el dinero. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento, de EE UU, comenzó en 1995 a recopilar información sobre 7.000 adultos de entre 25 y 75 años. El estudio, llamado MIDUS, se prolongó durante más de 20 años. Según sus resultados, los adultos de edad avanzada muestran niveles de bienestar psicológico más altos que los de los jóvenes y las personas de mediana edad. Pero este estudio puso en duda que este fuera un sentir universal. “Demostró que solo lo sufren el 10% de los estadounidenses”, apunta Schmidt, que señala cómo en comunidades afroamericanas desfavorecidas, la crisis de los 40 es anecdótica o inexistente. “Es un fenómeno de nicho que se presenta como algo parecido a la adolescencia, como si todos pasaran por esta fase, y no. En su mayoría son hombres, en su mayoría blancos, en su mayoría de clase alta y media. Esta es una historia sobre el privilegio”, señala Schmidt.

Tomarla con filosofía

Macarena tiene 41 años y un trabajo estable como médico. Tiene un marido y “tres niños preciosos”, afirma. Viven en un chalet en Pozuelo, un exclusivo barrio de la periferia madrileña. Es feliz, pero a veces se pregunta: ¿podría haber sido diferente la vida? “Porque ya no hay tantas decisiones o porque las más importantes (qué estudiar, si casarte, si tener hijos, si comprarte una casa, etcétera) ya las has tomado”, confiesa Macarena, quien añade: “La crisis de los 40 es un duelo por la juventud perdida. Por la persona que podrías haber sido y no fuiste”.

“Esa sensación de perder algo es inevitable”, reflexiona Kieran Setiya, filósofo estadounidense de 47 años, al otro lado de la pantalla. “Y es el efecto secundario de algo bueno. Es una forma de apreciar la diversidad del mundo y nuestra capacidad de elección”, añade. Hace una década, Setiya era relativamente feliz con su carrera y su familia. Las cosas le habían ido bien, pero se empezó a agobiar. Vivió la crisis de los 40 y, para solucionarla, escribió un libro.

En su obra En la mitad de la vida (Libros del Asteroide), reflexiona desde un punto de vista científico y filosófico sobre una idea que la ciencia y la filosofía se han tomado a broma mucho tiempo. “Hay una idea caricaturizada de esta crisis”, denuncia Setiya. “Pero implica lidiar con preguntas filosóficas realmente profundas sobre cómo enfrentar el hecho de que la vida es necesariamente finita. Que, hagamos lo que hagamos en nuestras vidas, hay todo tipo de cosas que no llegaremos a hacer”.

Setiya no cree que este sentir esté condicionado por el privilegio y justifica su idea en un estudio realizado en 132 países por el Dartmouth College de EE UU. En torno a los 47 años, las personas que viven en países desarrollados atraviesan el peor momento de sus vidas; algo que también sucede en las naciones en vías de desarrollo, alrededor de un año después. La curva de la felicidad a lo largo del tiempo tiene forma de U; o de sonrisa, siendo la infancia y la vejez las comisuras de los labios y la cuarentena el punto más bajo.

Puede que este tipo de cuestionamiento existencial suene lejano e incomprensible para gente de 20 o 30 años, pero defiende Setiya que, hace poco, todo el mundo, independientemente de su edad, pudo vivirlo en sus propias carnes. Sucedió hace tres años, cuando el coronavirus nos encerró en nuestras casas. “La pandemia hizo que percibiéramos la vida como algo limitado y repetitivo, que es básicamente lo que sucede con la crisis de los 40. Indujo una experiencia en personas que de otro modo no la habrían tenido tan intensamente o tan temprano”, explica. El resultado fue la gran renuncia. En el año 2021, 50 millones de estadounidenses dejaron su trabajo de manera voluntaria. “Lo hicieron sobre la base de preguntas como: ‘¿Esto es todo? ¿Voy a hacer esto por el resto de mi vida?”.

A raíz de esta experiencia de crisis global, y de su resonancia en la política, Setiya empezó a preguntarse por las estructuras sociales que nos empujan a la crisis de los 40. “Es una crisis individual, pero la estructura social y política en la que vivimos tiende a exacerbar ese tipo de experiencias. La obsesión por el fracaso, el éxito y el logro social y las estructuras comparativas en las redes sociales nos llevan a estar constantemente midiendo nuestra felicidad con respecto a los demás”, explica Setiya, aludiendo a Instagram como un carrusel de estampas de felicidad impostada, en las que nadie cambia pañales, nadie trabaja ni va en metro. Según su visión filosófica, es lógico que después de observar la vida de los otros con filtros de colores, veamos la nuestra en blanco y negro.

Por eso, Kieran Setiya defiende la validez de este tipo de crisis y anima a tomarla, de forma individual, como una oportunidad para reflexionar sobre la propia vida. A nivel social, por contra, defiende la necesidad de abordarla como un proyecto político. “Se trata de reestructurar la sociedad para que nos dé más espacio. Valorar el proceso de lo que hacemos, no solo sus logros. Que nuestras vidas no se consuman con la pura necesidad de sobrevivir y lidiar con los problemas que nos rodean”.

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Sobre la firma

Enrique Alpañés
Licenciado en Derecho, máster en Periodismo. Ha pasado por las redacciones de la Cadena SER, Onda Cero, Vanity Fair y Yorokobu. En EL PAÍS escribe en la sección de Salud y Bienestar

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