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El Gobierno da un giro y descarta unirse al eje francoalemán tras el Brexit

El Gobierno de Sánchez rompe con el tradicional apego a París y Berlín y se decanta por alianzas puntuales en función de los intereses españoles

Josep Borrel con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Josep Borrel con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. EFE

España no está dispuesta a participar en el casting para sustituir al Reino Unido como tercera fuerza del motor francoalemán de la Unión Europea. El Gobierno de Pedro Sánchez, según fuentes diplomáticas, prefiere apostar por alianzas variables con distintos socios de la Unión en función de los intereses de cada momento o de las diversas agendas comunitarias. La nueva estrategia supone un drástico cambio respecto a la vieja aspiración de España de subirse al podio comunitario y desplazar a otros posibles candidatos como Italia o Polonia. El Gobierno actual se retira de esa carrera.

El giro diplomático encaja con la nueva Unión Europea, marcada por un eje francoalemán renqueante y por un creciente número de alianzas ad hoc entre socios que se unen para temas puntuales. Pero también parece responder a las necesidades del primer Gobierno de coalición de la democracia, en el que conviven el euroentusiasmo del PSOE con la eurocrítica de Unidas Podemos. La falta de afiliación con un bloque predeterminado permitirá acomodar más fácilmente las diferentes sensibilidades sobre el proyecto europeo.

“La idea de un nuevo directorio se ha quedado anticuada”, zanjan fuentes diplomáticas españolas apenas 48 horas después de que la primera visita a Varsovia del presidente francés, Emmanuel Macron, reavivase la idea de que el llamado triángulo de Weimar, o alianza entre Francia, Alemania y Polonia, pudiera asumir las riendas del club comunitario tras el Brexit.

Los puentes de París hacia Polonia coinciden con el estrecho vínculo de Berlín con los Países Bajos, otro país con vocación de ser clave para el eje francoalemán. Ambos movimientos llegan en plena reconfiguración del club europeo, cuando varios países se postulan para ocupar el vacío dejado por Londres en su papel de tercera potencia de la Unión.

Italia, como tercera economía de la UE, parecía el candidato indiscutible para ese puesto. Pero su tradicional inestabilidad política y, sobre todo, la tremenda fuerza de los euroescépticos (la Liga de Matteo Salvini ganó las elecciones europeas del pasado año con el 34,2%, aunque más recientemente ha perdido frente a la izquierda en las regionales de Emilia-Romaña) le restan enteros para sumarse a un eje francoalemán de marcada ambición europeísta, sobre todo por parte de Macron.

Las dudas sobre Italia llevaban a los pasillos comunitarios a colocar a España como el contendiente con más probabilidades de convertirse en el tercer elemento de la cabecera comunitaria. A su peso demográfico (46,6 millones de habitantes, ocho millones más que Polonia) y económico (cuarta economía del club) se suma una opinión pública que figura entre las más entusiastas hacia la integración política y económica del continente.

Pero la diplomacia española, encabezada por la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, no considera prioritario apostar por esa posición en los nuevos equilibrios. “Se debate sobre la sustitución del Reino Unido como si se le pudiera sustituir”, señalan con ironía fuentes diplomáticas. Además del tamaño de la población (66 millones de habitantes) y de la potencia económica (2,5 billones de euros, el doble que España y cinco veces el de Polonia), el Reino Unido dispone del mayor ejército de Europa (y con armamento nuclear), ocupa un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y alberga el mayor centro financiero de la zona euro.

El peso internacional de cualquier posición conjunta de Berlín, París y Londres no tiene parangón con cualquier triple alianza que pueda surgir en la UE. De hecho, tanto Francia como Alemania han dejado claro que, incluso después del Brexit, el Reino Unido seguirá siendo un aliado privilegiado en materia de defensa y política exterior.

El Gobierno de Sánchez considera que en este nuevo contexto europeo y global no tiene sentido pelear por una tercera posición que, en la mayoría de los casos, será irrelevante porque harán falta alianzas de varios socios para completar las posibles iniciativas que cuenten con el apoyo de Alemania y Francia.

La reticencia española a sumarse a un eje con los dos grandes países de la UE contrasta con la buena acogida que, según fuentes diplomáticas, está teniendo el nuevo Ejecutivo de Sánchez entre los Gobiernos más proeuropeos. “Se ve con esperanza que por fin haya Gobierno en España y se apuesta por su duración, dado que puede ser un aliado para contrarrestar la fuerza de otras tendencias contrarias a la integración”, apuntan esas mismas fuentes.

Geometría variable

En la era pos-Brexit y en vísperas de una conferencia de dos años sobre el futuro del club, España se sitúa claramente entre los partidarios de profundizar la unión política y económica. Pero rehúsa comprometerse por adelantado con un eje francoalemán con el que no siempre se está de acuerdo. Esta misma semana, Berlín y París presionan, con la ayuda de Italia y Polonia, para que la Comisión Europea relaje el control de las ayudas de Estado y de las fusiones empresariales, con la excusa de la transición ecológica y la competencia de China. España rechaza tajantemente ambas posibilidades.

España aboga por “una geometría variable”. “Podremos estar con Alemania o Italia para asuntos como la migración y con Francia para temas como un impuesto digital”, señalan las fuentes consultadas. La primera batalla en la que se verán los equilibrios pos-Brexit llegará con el nuevo marco presupuestario de la UE (para 2021-2027). Y con vistas a la cumbre del 20 de febrero sobre los presupuestos, España llega ligada a un heterogéneo grupo bautizado como “amigos de la cohesión”, en el que militan desde la Polonia de Jaroslaw Kaczynski y la Hungría de Viktor Orbán al Portugal de António Costa.

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