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El Reino Unido y la UE: 47 años de amor y recelo

La relación entre Londres y Bruselas nunca ha sido cómoda. Iniciamos una serie de informaciones sobre la retirada del país, que se consuma el viernes, y la nueva etapa, marcada por la negociación de los vínculos futuros

Margaret Thatcher sostiene un ejemplar del Manifiesto Conservador para Europa en 1979.
Margaret Thatcher sostiene un ejemplar del Manifiesto Conservador para Europa en 1979. REUTERS

El ex primer ministro británico Tony Blair tenía una curiosa teoría sobre la tormentosa relación entre el Reino Unido y la Unión Europea. Estaba convencido de que existía un pacto implícito por el que los ciudadanos se mostraban encantados de preservar su derecho a despotricar contra Europa porque confiaban en que sus Gobiernos actuarían finalmente de un modo más responsable y calculador.

“¿Dónde están las raíces de esta constante tensión? Probablemente en el hecho de que nunca fuimos parte de la fundación y origen de la Comunidad Europea. Nos sumamos tarde y después de una serie de humillaciones [el general De Gaulle vetó durante años la entrada]. Por eso creo que, aunque en su momento se expuso de un modo sincero a la ciudadanía lo que implicaba el ingreso, siempre intentamos convencernos a nosotros mismos de que aquello a lo que nos estábamos comprometiendo era distinto a lo que realmente era”. Quien así se lamenta es Stephen Wall. Miembro del Servicio Diplomático británico durante 35 años. Secretario privado de cinco ministros de Exteriores. Asesor de Política Exterior de John Major, y más tarde del propio Tony Blair. Representante permanente del Reino Unido ante la UE durante cinco años.

“El Brexit supone una gran traición a nuestros socios europeos y también a los intereses económicos británicos. Mis padres sufrieron dos guerras mundiales. Para ellos, la idea de una Europa unida fue siempre la esperanza de una paz permanente. Y para muchos de nosotros, el intento de compartir leyes y valores, y de promover a la vez el comercio y la economía, fue siempre un proyecto a defender. La UE era una fuerza positiva en el mundo”, explica Wall a EL PAÍS en los días previos a que el Reino Unido abandone finalmente el club comunitario.

Porque todos los primeros ministros que vieron marcado su mandato por la “cuestión europea” entendieron cuáles eran las obligaciones, ventajas y desventajas que implicaba su pertenencia a la Comunidad Económica Europea (CEE), primero, y a la Unión Europea, años después. Desde Edward Heath a Harold Wilson, pasando por Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair. Vieron con claridad el grado de soberanía al que renunciaban y la fortaleza como actores mundiales que les proporcionaba un puesto en el Consejo Europeo. “Yo escribí los discursos de la reina durante mis 10 años como primer ministro y no recuerdo una sola ocasión en la que Europa me dijera que no podía hacer algo respecto a la sanidad, la educación, la seguridad, los impuestos o el gasto público. El argumento de los euroescépticos es denunciar una gran conspiración futura de Europa, algo bastante endeble. Una de las cosas más extrañas de todo este debate es que el Reino Unido no ha estado nunca en mejor posición dentro de Europa que ahora. No formamos parte de la moneda única. No formamos parte de Schengen. Tenemos todos los beneficios del mercado interior y controlamos nuestra estrategia política todo lo que queremos”, explica Blair, en su inútil esfuerzo durante estos tres últimos años por impedir la salida del Reino Unido.

El referéndum que organizó el Gobierno laborista de Harold Wilson en 1975 para confirmar la entrada en la CEE dos años antes dividió al país tanto como lo ha hecho el Brexit. Hasta el último minuto, las encuestas vaticinaron una arrolladora victoria del no. Y como ahora, la principal preocupación de los ciudadanos fue la supuesta pérdida de soberanía nacional, en manos de un entonces venerado Parlamento británico. Solo la enorme potencia y capacidad de propaganda del Departamento de Investigación del Ministerio de Exteriores, de un Movimiento Europeo que entonces tenía influencia, y, sobre todo, de la BBC, lograron dar la vuelta a la situación. Los argumentos, de un tono eminentemente práctico, eran los mismos que se han escuchado medio siglo después. Pero entonces no había redes sociales, y los ciudadanos concedían crédito a lo que defendieran instituciones y expertos.

El ex primer ministro británico, Tony Blair, en Bruselas.
El ex primer ministro británico, Tony Blair, en Bruselas. reuters

El referéndum del Brexit en junio de 2016 inauguró la era de las fake news y se celebró en medio de un desencanto general de la población con su sistema político, después de años de austeridad impuesta por la crisis financiera. Logró desestabilizar el delicado equilibrio sentimental con Europa de un país que nunca ha olvidado su condición insular y pretendidamente excepcional. Una sensación de incomodidad que afectó siempre a la derecha y a la izquierda. “[El dirigente laborista Jeremy] Corbyn votó por la salida de la UE en 1975. Y en 1981, la corriente laborista a la que pertenecía incorporó una enmienda al programa electoral del partido en la que prometieron sacarnos cuanto antes de las instituciones comunitarias”, explicaba hace unos meses a este corresponsal David Owen, fundador del Partido Socialdemócrata y, de nuevo, otro escéptico europeísta que no quiere ni oír hablar de una Europa federal y política.

Rivalidad

La historia del Reino Unido y la del continente es una y la misma, y todo lo ocurrido en los últimos siglos ha moldeado a ambos. Desde las guerras napoleónicas a la construcción de un imperio que hiciera notar su poder en el escenario europeo; de su papel en la II Guerra Mundial —Winston Churchill fue el primero en hablar de unos “Estados Unidos de Europa”— a su implicación en la Guerra Fría. “Nuestra nación habita una isla, y es una de las principales naciones de Europa. Recordemos siempre que no formamos parte del continente, pero tampoco olvidemos nunca que somos sus vecinos”, dijo en 1713 el vizconde Bolingbroke al defender el Tratado de Utrecht.

¿Cuándo se rompió esa idea de vecindad para convertirse en otra de rivalidad? No en la época de Margaret Thatcher, como asume la leyenda. Su famoso “I want my money back!” (“¡Quiero que me devuelvan mi dinero!”), con puñetazo en la mesa incluido en el Consejo Europeo de 1984 ni tuvo puñetazo ni fue tan fiero: “Simplemente estamos pidiendo que nos devuelvan lo que nos corresponde”, fueron realmente sus palabras. La Dama de Hierro defendió con ardor el Mercado Interior y la ampliación a los países del Este. Y apoyó con generosidad la incorporación de España. Fueron la presión en sus propias filas y su sensación de desengaño al ver cómo se alimentaba el sueño de una unión política y federal en el continente, las causas de su posterior resentimiento hacia Bruselas.

El inmenso y poliédrico debate en torno al Brexit destila tres ingredientes para dar con la respuesta adecuada: el ímpetu político de una personalidad poderosa como Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, quien al soñar con una unión política y federal futura incomodó a los británicos; el error bienintencionado de un primer ministro británico como John Major, quien al negociar excepciones para su país (los famosos opt-outs en materia de seguridad, política monetaria o derechos sociales) abrió la puerta de entrada al euroescepticismo; y una prensa conservadora populista y desinformada que alimentó la guerra interna conservadora. El partido más favorable a Europa acabó devorado por el nacionalismo. “Fue siempre su guerra civil particular, y nos la acabaron trasladando al resto. Y la acabaron impulsando finalmente el nacionalismo inglés y la extrema derecha”, reflexiona el escritor Ian McEwan.

Y lo más grave de todo es que, aquellos intelectuales que han dado un barniz de respetabilidad al Brexit, han logrado convencer a los políticos que finalmente lo han ejecutado de que con esta maniobra no estaban únicamente salvando al Reino Unido sino a toda Europa. “Solo la creación de un nuevo Estado conservador, independiente y estable en casa y robusto en el exterior, capaz de actuar de modo conjunto con sus socios al otro lado del canal de la Mancha y en otras latitudes, permitirá al continente controlar los numerosos desafíos a los que hoy se enfrenta”, argumenta Brendan Simms. El historiador de la Universidad de Cambridge y miembro del centro de pensamiento neoconservador Henry Jackson Society condensa de un modo más académico y elaborado el sueño balbuceado por un político como el actual primer ministro, Boris Johnson: “Lo que necesitamos no es tanto un Reino Unido europeo como una Europa británica”.

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