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Europa, la enfermedad que devora a los conservadores de Reino Unido

La guerra interna de los tories se prolonga ya por cuatro décadas

May, sentada junto a otros miembros de se Ejecutivo, el pasado 20 de diciembre en Londres.
May, sentada junto a otros miembros de se Ejecutivo, el pasado 20 de diciembre en Londres. REUTERS

El Partido Conservador de Reino Unido convive como puede con dos almas, y en las últimas décadas Europa ha sido la causa de un continuo desgarro entre ambas. Hay una parte liberal, pragmática, adaptable al cambio de los tiempos, que cuando prevalece consigue mantener unidos a los tories y convertirles en una formidable máquina de gobernar y ganar elecciones. Frente a ella, pervive un espíritu soñador, nostálgico del Imperio, nacionalista y proteccionista. Retraído y receloso del resto del mundo. Igual que en Estados Unidos, también en Reino Unido existe un "excepcionalismo" que lleva a algunos a pensar que su nación es diferente de las otras.

"La mayoría de los países se ven a sí mismos como excepcionales, pero pocos permiten que esa creencia en su excepcionalismo acabe dañando sus intereses económicos y políticos del modo en que Reino Unido lo está haciendo", escribe Simon Tilford, exvicedirector del Centro para la Reforma Europea.

Fue el Partido Conservador, liderado en la década de los 70 por Edward Heath, el que introdujo a su país en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea. Años después, Margaret Thatcher, "la dama de hierro", se convirtió en la principal impulsora del Mercado Interior, una aspiración económico-liberal por eliminar aranceles y permitir que floreciera el comercio. La marca del antieuropeísmo correspondía entonces al Laborismo, dominado por la fuerte personalidad de Tonny Benn, que llegó a dar nombre a una corriente, el "bennismo", que aún sobrevive en el partido y de la que es fiel heredero Jeremy Corbyn.

La voluntad federalista y unificadora de un titán político como el entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, hizo que el sentimiento conservador hacia Europa pasara del moderado apoyo al recelo continuo. "No hemos echado abajo con éxito las fronteras del Estado en Reino Unido para ver ahora cómo se vuelven imponer a un nivel europeo, con un Superestado Europeo que ejerzas poder desde Bruselas", afirmó Thatcher en su famosa conferencia en el Colegio de Brujas, en 1988.

Europa, fue, entre otros motivos, pero de modo determinante, causa del derribo por parte de sus colegas de partido de la Dama de Hierro. Y la misma causa, años después, acabó con su sucesor, John Major. El líder que logró paradójicamente excepciones para Reino Unido que podrían ser calificadas de éxito —con su protección de la libra esterlina o la exclusión del país del ámbito de derechos sociales europeos— acabó derribado en las urnas, poco menos que como un traidor, por haber firmado el Tratado de Maastricht.

El sentimiento antieuropeo en el seno conservador, marginal pero latente, comenzó a convertirse en una fuerza preparada para la autodestrucción durante los años del laborismo de Tony Blair. Justo cuando la izquierda británica parecía reconciliarse con Bruselas.

“Yo no soy euroescéptico porque no me guste Europa. Me convertí en euroescéptico porque vi cómo la democracia se estaba muriendo. No creo que sea correcto la creación de instituciones de poder político que no solo no cuentan con el consentimiento de los ciudadanos, sino que precisamente repudian ese consentimiento. Y eso es lo que ocurrió durante los años de la creación de la Constitución Europea y del Tratado de Lisboa. No me gustó la Constitución Europea. La leí, y me pareció un invento socialdemócrata, un lío burocrático. No tenía la elegancia de la Constitución de Estados Unidos", explica a EL PAÍS Steven Baker, el número dos del Grupo de Investigaciones Europeas. Es el grupo de diputados euroescépticos que defiende con más ardor un Brexit a las bravas y que promovió la fallida moción de censura interna contra Theresa May.

El triunfo de los ultranacionalistas de Nigel Farage, del Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP) en las elecciones europeas de 2014 —fueron la formación más votada del país— desató los miedos de los conservadores moderados y dio la excusa a los radicales. El entonces primer ministro de Reino Unido, David Cameron, un proeuropeo sin aspavientos, pensó que podía aniquilar la serpiente con un referéndum que creyó ganaría fácilmente. El triunfo inesperado del sí al abandono de la UE forzó la dimisión de Cameron, que entregó los trastos a una Theresa May desconocida y con pocos apoyos internos. Una defensora de la permanencia recibió el encargo de llevar a buen puerto el Brexit. Y desde el primer minuto, los euroescépticos olieron su debilidad.

Hay un alma del partido que lucha desesperadamente por dar la vuelta a la situación. El exfiscal general de Reino Unido y brillante abogado, Dominic Grieve, ha utilizado todos los resortes parlamentarios posibles para permitir a los ciudadanos que reconsideren su situación. Es el responsable de la moción respaldada por el Parlamento el pasado 4 de diciembre, en contra del Gobierno, por la que el legislativo pasará a controlar la situación si el acuerdo que May alcanzó con la UE es rechazado, como todo indica que va a ocurrir.

"Puede ser que la visión de los euroescépticos sea correcta, y yo creo que no lo es, o que la UE acabe fracasando, que también puede ocurrir, incluso después de que Reino Unido la abandone. Pero si asumimos que la Unión Europea sobrevive y prospera razonablemente, estoy dispuesto a afirmar que en el plazo de 20 años mis hijos estarán discutiendo cómo volver a formar parte de ella”, admite Grieve con la mezcla de escepticismo, resignación y tesón de quien sabe que las batallas políticas que un día se pierden pueden ganarse poco después.

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