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¿Por qué el Partido Laborista ha sido tan ambiguo sobre el Brexit?

La salida de la UE ha generado la misma tensión en la oposición que en el Gobierno

El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, este viernes en Lisboa, en la reunión de los Partidos Socialistas Europeos Ampliar foto
El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, este viernes en Lisboa, en la reunión de los Partidos Socialistas Europeos AP

El Brexit ha conducido al Partido Laborista de Jeremy Corbyn al rincón que cualquier manual de política aconsejaría evitar a toda costa. Cuando todo un país se enfrenta a un debate binario y maniqueo, y el debate en Reino Unido se reduce a "Europa sí, Europa no", quien pretenda ofrecer una respuesta compleja y elaborada se sitúa irremediablemente, a ojos de la opinión pública, en la tibieza y en la ambigüedad.

Jeremy Corbyn es un viejo socialista, heredero de la tradición bennista (así llamada por la influencia que tuvo en el partido el político Tony Benn a finales de los setenta y principios de los ochenta) que deploraba el creciente neoliberalismo de las instituciones europeas y llegó a hacer campaña por la salida de Reino Unido de la Comunidad Económica Europea. "He criticado en el pasado las políticas de la UE en materia de competitividad, y su desplazamiento hacia el libre mercado. Y es obvio que no me gustó nada el modo en que trató a Grecia durante la crisis financiera. Mi idea es la de una Europa social, con sociedades incluyentes que trabajen a favor de todos los ciudadanos y no de solo unos pocos", explicaba Corbyn hace pocas semanas en una entrevista al semanario alemán Der Spiegel.

Sería injusto, sin embargo, afirmar que el Partido Laborista de Corbyn es antieuropeo. La formación defendió oficialmente la permanencia en la UE durante la campaña del referéndum de 2016, y muchos de sus diputados y de sus votantes son firmes partidarios de que Reino Unido siga siendo un socio comunitario. El problema de Corbyn es que le resulta difícil encontrar un equilibrio entre los diferentes frentes de tensión que le bombardean en los últimos dos años. Los restos de la época de Tony Blair y Gordon Brown tienen todavía un notable peso en el grupo parlamentario y su posición es claramente proeuropea. Los sindicatos, de gran influencia en el Partido Laborista, reclaman abiertamente que el partido defienda la opción de un segundo referéndum. Muchos votantes, según las encuestas, querrían que la situación fuera revertida. Pero una convicción personal, aunque quizá excesivamente rígida, de la importancia de las urnas en democracia, y el instinto de que la Inglaterra más perjudicada por la austeridad sigue culpando a Bruselas de todos sus males, mantienen a Corbyn atrapado en su estrategia. "Creo que mucha gente está completamente irritada por cómo sus comunidades se han quedado atrás. Las áreas más abandonadas del país votaron a favor del Brexit. En muchas zonas deprimidas las condiciones laborales se han deteriorado durante décadas, y todo bajo una legislación europea que debía protegerles".

Pero el laborismo es consciente de que esa misma legislación europea, en materia de derechos de los trabajadores, de protección medioambiental o de defensa de los consumidores, es su escudo protector frente a un conservadurismo que mira de nuevo con afán emulador al otro lado del Atlántico, hacia los Estados Unidos de Donald Trump.

Corbyn creyó encontrar el equilibrio necesario en el congreso anual del partido celebrado en Liverpool el pasado septiembre. A través de una doble vía. En primer lugar, estableció las condiciones bajo las cuales el partido estaría dispuesto a respaldar el posible acuerdo que el Gobierno lograra alcanzar con la UE si se cumplían seis condiciones precisas, los llamados "seis tests" del laborismo. Una relación futura con la UE con lazos sólidos y espíritu de colaboración; un trato justo en materia de inmigración; una protección de la seguridad nacional que mantenga la cooperación con el resto de países de la UE; retener "exactamente los mismos beneficios" que obtiene ahora Reino Unido con su pertenencia a la Unión Aduanera y al Mercado Interior; mantener los derechos laborales, medioambientales y de estándares de la actualidad; y finalmente, que ninguna región de Reino Unido salga perjudicada con el acuerdo.

Obviamente, esta "tabla de los seis mandamientos" era un modo de anticipar lo que finalmente ha ocurrido. El Partido Laborista había anunciado su intención de votar en contra del acuerdo de May en caso de que este martes hubiera tenido lugar la votación del Brexit. La primera ministra todavía no ha comenzado a negociar con la UE los detalles de una relación futura, con lo que difícilmente podría asegurar que está dispuesta a cumplir las exigencias del laborismo. Y la solución acordada con Bruselas para salvar el escollo de Irlanda del Norte sitúa claramente a este territorio al margen de la solución acordada para el resto del país, en contra de la sexta exigencia del laborismo.

¿Y ahora qué?

El problema para Corbyn es que la presión a favor de un segundo referéndum no ha dejado de crecer en los últimos meses, algo a lo que el líder laborista se resiste. La solución estratégica a este desafío, aprobada en el congreso de Liverpool después de una intensa discusión interna, fue la de aplicar una respuesta gradual. En primer lugar, rechazar el acuerdo de May. En segundo, esperar que a que sean los propios conservadores los que pongan fin al liderazgo de la primera ministra. Si eso no ocurre, presentar una moción de censura con la esperanza de que la batalla desemboque en un adelanto de elecciones generales. Y solo si todo esto fracasa, abrirse a la posibilidad de un nuevo referéndum. "Si no podemos lograr que haya unas nuevas elecciones generales, el laborismo apoyará todas las opciones que haya sobre la mesa, incluida una campaña en demanda de una nueva votación de la ciudadanía", decía la moción aprobada en el cónclave del partido.

Corbyn confiaba en aguantar la marea con esta solución de compromiso, pero cada vez más voces en su partido reclaman urgencia. Algunos miembros de su dirección se han dejado ver públicamente en las manifestaciones de Londres que reclaman un nuevo referéndum, mientras otros han negociado en la sombra con diputados conservadores para buscar alguna solución que evite una salida precipitada y sin acuerdo de la UE el próximo 29 de marzo.

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