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La nueva vida del oráculo de Waterloo

El ‘expresident’ logra una gran plataforma política justo cuando su estrella se apagaba en Bruselas

Puigdemont, entre Toni Comín (izquierda) y Lluís Puig, llega al Parlamento Europeo el viernes.
Puigdemont, entre Toni Comín (izquierda) y Lluís Puig, llega al Parlamento Europeo el viernes. REUTERS

La rueda de la fortuna de Carles Puigdemont ha girado varias veces en los últimos dos años. Pero nunca se había parado tan alto como el pasado viernes, cuando el expresidente de la Generalitat, prófugo de la justicia, se paseó por el Parlamento Europeo en Bruselas. Y pudo contemplar, junto a su compañero de fatigas Toni Comín, el hemiciclo donde esperan sentarse como diputados de pleno derecho tan pronto como pasen las vacaciones de Navidad.

Puigdemont disfruta desde esta semana de una nueva vida en su residencia de Waterloo, donde se encuentra huido de la justicia desde hace casi dos años. Su sonrisa, sus gestos y sus palabras denotan la inesperada euforia de quien se veía en un callejón de difícil salida para su trayectoria política, personal y familiar. Le ha salvado —por ahora— la campana, en forma de sentencia del Tribunal de Justicia de la UE sobre el caso Junqueras.

El fallo, leído el jueves en Luxemburgo, reconoce la condición de eurodiputado electo al exvicepresident. Y de rebote, al expresidente Puigdemont, que el viernes se apresuró a recoger su pase provisional como eurodiputado y hacerse selfis en un Parlamento Europeo que solo hace cinco meses le negó la entrada.

“Se cierra un ciclo”, reconocía con alivio tras conocer la sentencia. Ni la Eurocámara ni el entorno del propio Puigdemont esperaban un veredicto tan tajante y favorable a la tesis de la defensa de Junqueras, que ha acabado beneficiando en primer lugar al expresidente y a su exconsejero. Ambos quedaron fuera del hemiciclo en la sesión inaugural del 2 de julio. “Se nos expulsó del Parlamento”, recuerda Puigdemont, en alusión al momento más bajo de su fortuna en Bruselas.

Horas antes de la apertura de la legislatura, la Corte de Luxemburgo rechazó con un contundente dictamen conceder medidas cautelares para que Puigdemont pudiera acceder al escaño. Y el documento era tan fulminante que alejaba las esperanzas de una resolución a favor de los líderes del procés que salieron elegidos en los comicios europeos de mayo.

El portazo del Parlamento abocaba a Puigdemont a un declive político cuyos primeros síntomas visibles eran la falta de expectación mediática que provocaban sus apariciones en Bruselas. Su capacidad de mover los hilos de la política catalana a distancia seguía siendo considerable, pero la posibilidad de mantener ese poder se veía amenazada por la cambiante situación política en Madrid y Barcelona y la falta de avances en Bruselas.

Por primera vez desde su llegada a la capital comunitaria, la estrella de Puigdemont empezaba a apagarse. Tras su huida, el expresidente se expuso a acabar como una reliquia añorada por sus fieles, olvidada por sus rivales e ignorada por la inmensa mayoría.

Pero logró evitar ese destino con sucesivas reválidas electorales ganadas a distancia. En este tiempo, la devoción de sus fieles solo era superada por el temor que inspira a sus rivales y compañeros de viaje de ERC, que no han logrado librarse de su sombra. Y la inmensa mayoría de los votantes, propios y ajenos, le ven como el oráculo que desde la distancia marca el rumbo del procés.

A pesar de su tirón electoral, el expresidente apenas ha logrado desbloquear una situación en la que se encontraba cada vez más incómodo. En dos años, nadie le ha tendido puentes, ni desde la Administración central ni desde los principales partidos, como lamentó amargamente el jueves. Junts per Catalunya intentó aprovechar las conversaciones para la investidura de Pedro Sánchez para pedir, sin éxito, que el futuro Gobierno reconociera a Puigdemont como interlocutor.

Puigdemont confía en que su entrada en el Parlamento Europeo, prevista para enero, cambie esa dinámica. Y que sirva para construir un nuevo escenario en el que pueda rentabilizar el capital político acumulado. “No tengo ningún problema en ir a la Zarzuela o a La Moncloa”, sugiere, soñando, tal vez, con un regreso en el que sea reconocido no como persona buscada por la justicia española sino como protagonista político ineludible.

El escaño europeo, de momento, le va a brindar la ocasión de internacionalizar su discurso y llevar el debate del procés hasta el hemiciclo comunitario. Por primera vez desde que llegó a Bélgica en 2017, al expresidente ya no le basta la táctica de cuanto peor, mejor. Ahora dispone de nuevas bazas, alguna tan valiosa como la inmunidad parlamentaria que le permitirá viajar con libertad por casi toda Europa. Su forma y suerte al jugarlas determinarán cómo será la próxima vida de Puigdemont. Porque lo único que parece claro es que su recorrido político ha vuelto a coger mecha para rato. Lo que está por ver, en función de si prospera la euroorden contra él, es para cuánto.

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