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Hagan juego, señorías

El crupier Sánchez "elige" a Pablo Casado como líder de la oposición para degradar a Rivera

Pablo Casado y Teodoro García Egea, durante la intervención de Sánchez en el Congreso. En vídeo, Sánchez: "¿Usted a qué ha venido señor Casado, a bloquear España o a facilitar que haya un Gobierno?"

Pedro Sánchez parecía este lunes el crupier de un casino que juega en varias mesas a la vez. Tanto esperaba la adhesión de Unidas Podemos y la pasividad creativa de ERC como incitaba la abstención de Casado y de Rivera. O responsabilizaba a ambos de la eventual resurrección de Frankenstein.

La teoría oportunista de Sánchez consiste en que PP y Ciudadanos podrían evitar una coalición en manos de populistas y separatistas —“o Gobierno o elecciones”, repetía el líder socialista—, pero el planteamiento de la responsabilidad tanto menosprecia las negociaciones vigentes con Pablo Iglesias como sobrentiende la predisposición de una investidura a cualquier precio.

No se puede apelar al patriotismo de Rivera y de Casado cuando Sánchez no les propone otra cosa que convertirlo en presidente. Y cuando el propio artífice de la timba está jugando a los naipes en la mesa de al lado, subestimando acaso la dignidad o la resiliencia de Pablo Iglesias.

Es el contexto en que Casado lo llamó trilero. Y la razón por la que Rivera quiso desenmascarar el teatro del "plan Sánchez", aunque el jefe del Gobierno estableció claras diferencias entre ambos adversarios. Ungió al timonel del PP como líder de la oposición y lo identificó como antagonista homologable. No solo por la nostalgia del bipartidismo o por la recurrencia de los pactos de Estado, sino porque prevalecía el objetivo de degradar la jerarquía de Albert Rivera, arrinconarlo en la angustia de la crisis naranja, exponerlo al insólito proceso de descomposición.

Sánchez le restregó la fuga de talentos —Francesc de Carreras representa el último ejemplo—, le hizo pesar los acuerdos entre visillos con Vox, incluso invocó la demoscopia de José Félix Tezanos (CIS) para recordarle que el 70% de los votantes de Cs se declaraba sensible a un acuerdo de investidura con el PSOE.

No llegaban en igual forma Pablo Casado y Albert Rivera al debate. El líder popular se había ausentado de la escena porque disfruta de la tregua poselectoral; porque no se le requerían grandes concesiones; y porque el PP ha ido hilando con discreción los acuerdos de gobierno territoriales, pero Rivera se personaba desnutrido por la salmonelosis y herido respecto a la idoneidad de su liderazgo.

El compromiso patriótico hubiera justificado pacto de investidura exigente, un "plan Rivera" inflexible en la unidad territorial, en le regeneración o en el consenso europeísta. No ya como solución polifacética al peligro del populismo o del soberanismo, sino como expresión de una mayoría elocuente y estable que podía haberse consolidado los próximos cuatro años.

Se trataba de restaurar el pacto bilateral de 2016, pero el dogma del antisanchismo que Rivera se ha tatuado en el bíceps ha sido tan flagrante como los guiños autonómicos del PSOE a la grey nacionalista o como la pasividad desesperante de Sánchez. Quedó claro en el hemiciclo este lunes. El presidente del Gobierno no proponía otra cosa que la abstención ajena, entretanto que Rivera se recreaba en la conspiración del "plan Sánchez", una banda de tahúres cuya falta de escrúpulos saboteaba a la nación en la penumbra "de la habitación del pánico".

El líder de Cs pareció nervioso y excitado, cuando no sobreactuado en su papel de agitador necesitado de protagonismo. Se agradeció que eludiera los papeles, sobre todo después del sopor burocrático que había proporcionado el discurso matinal de Sánchez, pero el alarde oratorio se resintió de un lenguaje descuidado y atropellado en el repaso de los grandes lugares comunes, incluidos los ERE andaluces, el Falcon, los indultos a los golpistas y la pasión bilduetarra.

Hubo mayor mesura y lucidez en la mayéutica de Casado. Y en las preguntas con que pretendió acorralar la agotadora ambigüedad de Sánchez, unas veces en asombrosa clave existencial -“¿Quién es usted?”- y otras en sentido más pragmático: “¿Qué es lo que pretende?”

Pretendió Sánchez eludir el problema catalán como un truco de magia de David Copperfield. Quiso sumergirlo entre los 120 minutos de un discurso cuyas generalidades buenistas tanto hubieran servido de inspiración al primer ministro islandés como de libreto a una candidata a Miss Mundo, pero la elipsis matinal del lazo amarillo cebó la gran controversia vespertina con la ferocidad de un toro desbocado.

Casado y Rivera sobrepusieron sus discursos constitucionalistas, lo acusaron de “supremacista” y de filogolpista, aunque ambos líderes, respetuosos entre sí casi siempre, representaron al mismo tiempo la gran paradoja del bloqueo: desean que Sánchez pacte con ERC y con Iglesias para poder reprochárselo durante cuatro años. Y para disipar hasta entonces no quién es el mejor patriota, sino quién es el mejor opositor.

El problema es que Sánchez no se ha trabajado la investidura. Ha pretendido conseguirla por aclamación parlamentaria. Y ha abusado más que nunca de la amenaza del 10 de noviembre. Sería la fecha de unas hipotéticas elecciones. La mencionó el presidente del Gobierno no está claro sino como un estímulo a la votación el jueves o como un farol de crupier ensimismado.

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