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Puigdemont pugna por salir en la foto de la nueva Cataluña

El expresidente busca mantener la tensión desde el exterior ante la hegemonía electoral de ERC

Puigdemont pasea por las calles de Brujas, en noviembre de 2017. En vídeo, declaraciones del expresidente catalán.

La tercera muerte política de Carles Puigdemont llegó para algunos la noche del pasado domingo con los resultados de las generales. Resucitado tras los vaticinios que certificaban su defunción de la vida pública después de sendos arrestos, en Bélgica primero y en Alemania más tarde, el expresidente catalán, relegado a la cuarta plaza con la mitad de votos que ERC e irrelevante para la configuración del nuevo Gobierno, se encontró con que los votantes habían escrito, en su ausencia, el primer párrafo de un obituario político que todavía confía en borrar.

La sentencia de las urnas, una de las más duras para un político habituado a erigirse en intérprete y portavoz de los deseos del pueblo catalán desde su atalaya belga, no fue recibida con aires de funeral. Llegó sonriente a la comparecencia en el club de la prensa de Bruselas, hizo su lectura de los resultados: buenos para su partido, mejores para ERC y excelentes para Cataluña, y evocó retador el fracaso de las encuestas más agoreras, que predecían el hundimiento de su lista.

“Muchos quieren enterrarle”, acusan en su entorno más próximo. La decisión de ERC de rechazar una lista unitaria para los comicios europeos, con Oriol Junqueras de número uno y Puigdemont de dos, ha generado malestar y desconfianza. Uno de los colaboradores más cercanos a Puigdemont cree que el objetivo de ambos en Europa debía ser denunciar la represión del Estado. “Quieren quedarse con la hegemonía y, si eso sucede, puede volver a ser una vuelta al autonomismo, un Pujol bis”, lamenta.

"Ese comentario me hace sonreír, somos el partido con más historia del independentismo y el más represaliado. No vamos a renunciar nunca a nuestros objetivos. Si alguien cree que vamos a practicar autonomismo no nos conoce", replica Jordi Solé, eurodiputado de ERC que este viernes visitó a Oriol Junqueras y Raül Romeva en la prisión madrileña de Soto del Real.

Toni Comín, que ha transitado de diputado del PSC a consejero de ERC, y de ahí a mano derecha de Puigdemont y candidato de Junts per Catalunya, comparte la idea de que su antigua formación está rectificando. Y no le gusta. “Hay quien piensa que no hay que mantener el pulso ahora. Nosotros pensamos que sí. ERC empujó como la que más a favor de la declaración de independencia. No acaba de ser compatible con el discurso de que hay que esperar unos años”, alega el actual vicepresidente del Consell de la República, también huido en Bélgica.

Fuentes de ERC señalan que no reniegan de los pasos dados hasta ahora, y celebran que Cataluña es un sujeto político internacional más reconocido, pero estiman llegado el momento de bajar una marcha y aparcar el unilateralismo, y sitúan a Puigdemont en un discurso más radical, a veces indistinguible del de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), a la que achacan una deriva poco afortunada.

El temor de Puigdemont a que su gran socio deje de secundarle y se mueva en una longitud de onda más pragmática se ha amplificado tras el éxito electoral de los republicanos. Entre el nacionalismo moderado, desorientado y carente de estructura ahora mismo, hay quien ve en el partido de Junqueras a un lobo con piel de cordero. Puigdemont y los suyos, sin embargo, solo ven la metamorfosis hacia el cordero mientras ellos libran una cruenta batalla política y judicial contra el Estado español repleta de demandas, contrademandas e iniciativas para denunciar ante el mundo la supuesta falta de libertades. La última, presentada esta misma semana, una campaña para que la Comisión Europea sancione a España aplicando el artículo 7 como a Hungría y Polonia.

Justificar los costes

Este tipo de iniciativas, condenadas al fracaso de antemano, permiten a Puigdemont justificar la costosa estructura exterior, sostenida en parte gracias a donaciones de particulares, y mantener cierta tensión y visibilidad mediática. Pero si Bruselas ha cerrado filas con España desde el inicio de la crisis catalana, el resultado electoral blinda ese apoyo, más aún con Italia en manos nacional populistas. "Pedro Sánchez sale muy reforzado. Se erige como gran interlocutor del sur de Europa y de la socialdemocracia europea. Llega con las credenciales de derrotar a la extrema derecha al frente de uno de los gobiernos más europeístas de los países grandes", destaca el eurodiputado socialista Javi López.

Las fuentes consultadas coinciden en algo. El 26-M será un plebiscito sobre el liderazgo de Puigdemont. Poco importa si no puede sentarse en su escaño. De no resultar elegido, un escenario que el expresident no contempla, el fracaso sin paliativos abriría la puerta a una contestación interna hasta ahora aplacada con mano de hierro. Pero incluso obtener el escaño puede resultar amargo para el hombre que llegó a Bruselas como president. “Va a poner toda la carne en el asador. Todo lo que no sea ganar en Cataluña sería un golpe para él”, alegan fuentes independentistas. La extensa red de concejales y alcaldes del partido en Cataluña le otorgan, a priori, un suelo electoral muy alto que puede mantenerle a flote. Pero el auge de ERC y su posible entendimiento puntual con Pedro Sánchez han elevado el riesgo de dejarle descolocado a 1.300 kilómetros de Barcelona. "Siempre tendrá masa crítica para mantener la casa de Waterloo, pero puede quedarse solo pegando gritos mientras el país va en otra dirección", afirma un parlamentario constitucionalista catalán.

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