¿Tengo que pedirte permiso para subir tus fotos a mis redes sociales?

La trifulca entre Bertín y Arévalo abre el debate sobre el respeto a la privacidad del otro

John Lund (Getty Images)

Parecía una noticia mezcla de la sección de Gente y Espectáculos y con un punto de humor. “La razón por la que Arévalo y Bertín Osborne no se hablan”, decía el típico titular que intenta llamar la atención. El tema se repetía en Twitter, acompañado de comentarios con sorna: “Ahora sí se rompe España”.

La razón del enfado entre la pareja es un reflejo de nuestros tiempos. Resulta que Arévalo publicó en Twitter una foto de la típica comida con amigos. Aunque sus amigos no eran como los del español medio: aparecían, entre otros, el rey emérito Juan Carlos y la infanta Elena, junto a Bertín Osborne y su familia. En las redes sociales comenzaron las críticas y los fotomontajes. A Bertín no le hizo gracia y, según comentó el humorista, le exigió por WhatsApp con malas formas que la quitara.

La historia iba más allá de una pelea de cuñados y puede pasarnos a todos. Si no nos ha pasado ya. ¿Hasta qué punto podemos publicar información de otros en redes? ¿Es necesario pedir permiso para subir una foto?

Descartando casos extremos (como descubrir una infidelidad), pongamos un ejemplo más corriente. Inventas una excusa para evitar una cena porque prefieres quedar con una amiga a la que hace tiempo que no ves. Os hacéis fotos y, al día siguiente, a ella le parece bonito compartir el recuerdo de ese momento. Tu coartada se cae y quedas fatal con los de la cena que esquivaste.

Las redes tienen la capacidad de magnificar, como si usáramos un megáfono. Un comentario con amigos probablemente se quede en el bar. Pero en un muro de Facebook llega a todos tus contactos, incluido el compañero de trabajo que no recordabas que habías agregado. Si hablamos de redes abiertas, como Twitter, es más difícil mantener el control. Desde el momento en el que publicó su foto, Arévalo perdió el poder sobre ella. Incluso borrándola, como hizo finalmente, la fotografía adquirió vida propia.

Después de unos primeros años de espontaneidad, comenzamos a ser conscientes de que hay que ser cautelosos. Tuvimos que aprender que a no todo el mundo le apetece que le etiqueten en fotos. De hecho, las empresas como Facebook tuvieron que cambiar las opciones de privacidad para que otros no puedan hacerlo sin tu consentimiento. En casos extremos, la Agencia Española de Protección de Datos anima a denunciar judicialmente, amparándonos en una ley orgánica que “reconoce a las personas el derecho a que sus datos personales inadecuados o excesivos se supriman cuando así lo soliciten”.

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En caso de duda, lo mejor es aplicar el sentido común. Y pedir permiso. Una guía de etiqueta básica diría, por ejemplo, que nada de fotos de menores sin preguntar a los padres. Tampoco aquellas tomadas después de las diez de la noche. Si no darías esa opinión ante un desconocido, no lo hagas en Twitter. ¿Irías al trabajo con una pegatina que diga que tienes una relación sentimental complicada? Probablemente no, pero eso es lo que pasa cuando lo pone tu descripción de Facebook y una empresa googlea tu nombre para saber si te contrata.

A lo mejor, lo único que le pasaba a Bertín es que había puesto una excusa para poder ir a la paella de Arévalo.

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Sobre la firma

Mari Luz Peinado

Forma parte del equipo de Estrategia Digital. Ha sido directora de Verne, por lo que recibió el Premio de Periodismo Digital José Manuel Porquet junto a Lucía González. Antes, fue redactora de El País en México y trabajó en Smoda, MSN y Soitu.es. Intenta seguir escribiendo sobre feminismo y cultura digital.

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