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El peso de la tartamudez

Prejuicios, discriminación laboral y la falta de reconocimiento de una discapacidad marginan a las personas que sufren este trastorno

Francisco Campanero, con su mujer Beatriz y su hijo Jaime, en el Centro Comercial de la Vaguada (Madrid).
Francisco Campanero, con su mujer Beatriz y su hijo Jaime, en el Centro Comercial de la Vaguada (Madrid). EL PAÍS

Frustración, miedo, rechazo, falta de comprensión y aislamiento son sentimientos que se asoman con mucha frecuencia en la vida de las personas con tartamudez. El desconocimiento sobre este trastorno, las bromas continuas y los prejuicios comunes dificultan su día a día. Muchas empresas rechazan sus candidaturas en las entrevistas o las apartan a puestos de poca responsabilidad: siete de cada diez aseguran sufrir discriminación laboral, según el estudio Las personas con tartamudez en España, realizado este año por asociaciones de apoyo a la discapacidad. Los expertos coinciden en denunciar que la sanidad pública no reconoce a las personas con tartamudez una discapacidad y no cubre sus tratamientos, dejando a este colectivo "en tierra de nadie".

Sentado en una terraza de un centro comercial en el norte de Madrid, Francisco Campanero, de 45 años, cuenta cómo la tartamudez, también conocida como disfemia, ha plagado de trabas su recorrido profesional. Tras sacar una carrera en Informática, Campanero acumuló 15 años de experiencia en empresas de su sector. Poco a poco consiguió ganar la confianza de sus jefes y compañeros, aunque a costa de muchas dificultades al enfrentarse a reuniones, conversaciones telefónicas y gestión del personal a cargo, además de los prejuicios a los que está acostumbrado desde la infancia.

Después llegó la crisis, que para él no fue solo económica. La empresa cerró y Campanero tuvo que volver a buscar empleo. Las entrevistas empezaron a multiplicarse, pero en la mayoría de los casos su candidatura fue descartada. El motivo era la dificultad a la hora de expresarse. La frustración se fue acumulando, rechazo tras rechazo. Y a la par, el miedo a no poder trabajar. "No sabes cómo va a reaccionar la persona que tienes enfrente. No das todo lo que puedes por el miedo a que la gente se ría y un poco por vergüenza", cuenta. Ahora se conforma con un trabajo a media jornada y un sueldo inferior.

Quienes sufren este trastorno señalan el ámbito laboral como el entorno donde experimentan más discriminación, según el estudio Las personas con tartamudez en España. La Ley de Discapacidad garantiza un 2% de los puestos de trabajo en las empresas para quien tiene reconocida una discapacidad de al menos un 33%, pero casi nunca se les reconoce este mínimo a las personas con disfemia, según denuncia la Fundación Española de la Tartamudez.

Yolanda Sala, vicepresidenta de la Fundación, recuerda que en ocho de cada diez casos las personas con tartamudez no superan las entrevistas de trabajo. El lunes 23, representantes de la entidad se reunirán con la ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, un encuentro en el que pedirán que se pongan en marcha planes a favor de la inserción laboral de este colectivo, formado en España por casi medio millón de personas, según los especialistas.

La falta de entendimiento, los prejuicios y la discriminación se extienden a otros ámbitos, como la educación o las relaciones sociales, subrayan los expertos. "Esta percepción", afirma Gloria Álvarez, autora del estudio, "acarrea consecuencias psicosociales muy graves que afectan a todas sus esferas vitales". Todo este conjunto de vivencias acaba por cargar la "mochila" de las experiencias personales de las personas con tartamudez y les impide desarrollarse "como un adulto feliz", explica Sala. Convivir con ello es difícil desde la infancia. Isidoro Ruiz, sevillano de 44 años, cuenta que de pequeño sufrió acoso escolar y que aún tiene pesadillas con esa mala experiencia.

Muy a menudo enfrentarse a la tartamudez afecta la vida familiar. Al principio cuesta aceptarla. "Se te nubla la cabeza, no quieres hablar, no quieres pensar", cuenta María Helena Luna para describir la desorientación que la sobrecogió el día que se la diagnosticaron a su hija. Los expertos aseguran que hay que aprender a convivir con ella, porque no se puede superar, sino solo controlarla. Lo sabe bien Francisco Campanero, que tiene que explicar a su hijo Jaime, de ocho años, por qué él y su padre hablan diferente que la mayoría de la gente. Aunque confiesa que el día que descubrió que Jaime compartía su mismo problema se llevó "el mayor palo" de su vida.  

Las familias que empiezan tratamientos para luchar con este trastorno tienen que hacer frente a una cantidad de gastos considerable. La Seguridad Social casi no cubre las visitas con especialistas, según afirma Raquel Escobar, logopeda de Madrid y miembro de la Fundación. "La atención por parte de la administración pública es casi cero", comenta. Para una familia como la de Campanero, el aspecto económico es uno de los más difíciles de afrontar. "Hemos tenido hasta tres visitas semanales cada uno, mi hijo y yo", cuenta.

Este domingo se celebra el día internacional de la tartamudez. Para la Fundación es una ocasión para visibilizar este tema y favorecer una toma de conciencia con respecto a los prejuicios todavía frecuentes. Yolanda Sala recuerda que cuanto antes se empiece un tratamiento, más posibilidades hay de mejorar la forma de expresarse. Para muchos es fundamental el apoyo familiar en la lucha contra la tartamudez. "Solo tu ahínco por seguir hacia adelante me hace olvidar el chiste fácil, la mofa, el paro, la precariedad laboral y la invisibilidad a la que os veis sometidos", escribe Beatriz Rivera a su marido Francisco Campanero en una carta destinada a él en esta ocasión.

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