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Seguridad Alimentaria
Tribuna
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Es el momento de que los bancos de desarrollo dejen de financiar la ganadería industrial

Este método de producción ganadera a gran escala conduce a la deforestación, el uso excesivo de agua y la contaminación, así como a la liberación de enormes cantidades de gases de efecto invernadero

Una granja de cerdos en Vianí (Cundinamarca, Colombia) en agosto de 2020.
Una granja de cerdos en Vianí (Cundinamarca, Colombia) en agosto de 2020.Vannessa Jimenez (NurPhoto/Getty Images)

Hace un mes, cuando los líderes mundiales se reunieron en la Cumbre de Finanzas en Común, en Cartagena (Colombia), subrayaron la urgencia de abordar las crisis del clima y la biodiversidad. Los bancos multilaterales de desarrollo, con su enorme influencia, desempeñan un papel vital en la configuración del futuro de nuestro planeta. Sin embargo, para que estos bancos puedan desempeñar eficazmente este papel fundamental, primero deben demostrar su compromiso con la acción responsable, dejando de financiar la ganadería industrial.

Las consecuencias de la ganadería industrial son profundamente alarmantes. Este método de producción ganadera a gran escala conduce a la deforestación, el uso excesivo de agua y la contaminación, así como a la liberación de enormes cantidades de gases de efecto invernadero, sobre todo metano. La producción de alimentos es actualmente la principal causa de pérdida de biodiversidad y la ganadería es responsable de aproximadamente el 14,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La ganadería industrial también provoca resistencia a los antimicrobianos y unas condiciones pésimas de bienestar animal.

En Colombia, un país famoso por su rica biodiversidad, este modelo de agricultura supone una amenaza existencial para sus ecosistemas, agravando la crisis climática y socavando la capacidad de cumplir los compromisos climáticos internacionales. Los bancos multilaterales de desarrollo, instituciones como el Banco Mundial y su parte del sector privado, la Corporación Financiera Internacional (CFI), que dicen querer salvaguardar el futuro de nuestro planeta, son actualmente cómplices de esta degradación medioambiental. Invierten miles de millones de dólares de los contribuyentes en la ganadería industrial, apuntalando un sistema fallido que socava fundamentalmente el desarrollo sostenible.

Más de tres cuartas partes de las tierras agrícolas se destinan a la producción ganadera, sin embargo, estas tierras solo producen el 18% de las calorías del mundo y el 37% de nuestras proteínas totales

Financiar la expansión de la ganadería industrial socava sus compromisos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el Acuerdo Climático de París y el Marco Global de Biodiversidad. Se supone que estos bancos deben asignar juiciosamente el dinero de los contribuyentes a proyectos que realmente beneficien a la sociedad y promuevan la prosperidad compartida. Los bancos de desarrollo citan a menudo el objetivo de la “seguridad alimentaria” para justificar su apoyo a proyectos de ganadería industrial. Sin embargo, la realidad sobre el terreno revela a menudo una historia totalmente distinta. Estos fondos enriquecen predominantemente a los gigantes del agronegocio; por ejemplo, en los últimos años, la CFI ha invertido cientos de millones de dólares en el comerciante industrial de soja Louis Dreyfus Corporation (LDC) en Brasil, en la mayor empresa cárnica de Ecuador, PRONACA y en el gigante lácteo Alvoar en Brasil, mientras que los pequeños agricultores luchan por acceder al crédito y a la asistencia técnica.

Más de tres cuartas partes de las tierras agrícolas se destinan a la producción ganadera, sin embargo, estas tierras solo producen el 18% de las calorías del mundo y el 37% de nuestras proteínas totales. Utilizar estas tierras para cultivos destinados directamente al consumo humano podría aumentar la seguridad alimentaria mundial y alimentar a otros 4.000 millones de personas al año.

En Colombia, donde la agricultura es una piedra angular de su economía, este problema toca de cerca. Los agricultores familiares, que constituyen la mayoría del sector agrícola, se enfrentan a enormes dificultades para acceder a ayudas y recursos financieros. Los fondos de los bancos multilaterales de desarrollo, que deberían reforzar la agricultura ecológica y a pequeña escala, se desvían a grandes empresas para la ganadería extensiva, que prioriza los beneficios sobre la responsabilidad medioambiental y social y los derechos humanos, desplazando a menudo a comunidades indígenas y tradicionales.

Esta monopolización del sector agrícola perpetúa la desigualdad social, poniendo en peligro el trabajo de los agricultores familiares que se ven obligados a vender sus tierras o a trabajar en condiciones de explotación para estos gigantes de la agricultura. Financiando proyectos que apoyen a los pequeños agricultores —que producen alrededor de un tercio de los alimentos del mundo—, los bancos multilaterales de desarrollo podrían apuntalar el suministro de alimentos y crear millones de puestos de trabajo.

Para lograr la ambiciosa agenda clima establecida en la Cumbre de Finanzas en Común, los bancos multilaterales de desarrollo deben ahora demostrar su compromiso con el desarrollo sostenible, alineando sus políticas de préstamos agrícolas con el imperativo climático. La elección es suya: seguir inyectando dinero en las granjas industriales y poner en peligro un planeta habitable; o tomar partido por la soberanía alimentaria y el desarrollo sostenible, invirtiendo en sistemas alimentarios sanos y ecológicos que protejan el futuro colectivo.

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