Colas para el pan, una ciudad desierta y miedo a las bombas en Teherán: “Salir a la calle es una apuesta peligrosa”
Los habitantes de la capital iraní describen problemas para conseguir comida y medicinas, cortes de agua y electricidad y una ansiedad permanente por temor a ser blanco de ataques
Decenas de personas hacen fila frente a las panaderías en las calles de Teherán, con ajadas bolsas de tela o pequeños carritos con ruedas, mientras miran en aplicaciones en el teléfono dónde pueden encontrar otros bienes de primera necesidad. Es una imagen que se repite desde el sábado, cuando comenzaron los bombardeos estadounidenses e israelíes en Irán. “Las panaderías están funcionando a medio gas y esperar horas se ha convertido en parte de la vida diaria, con un miedo constante a explosiones en cualquier momento”, explica a este periódico Mohammad Reza Hosseini, de 55 años, empleado bancario que vive cerca de la conocida Plaza de Palestina de la capital iraní.
Vivir en Teherán hoy es vivir en una ciudad sitiada y aparentemente abandonada por sus habitantes. Las ambulancias pasan a toda velocidad por las calles prácticamente desiertas. El miedo lo invade todo y la gente vive en un estado de tensión permanente, marcado por el zumbido de los aviones de combate, las sirenas de alarma o las explosiones cercanas.
Nuestra vida diaria se reduce ahora a adaptarse a la escasez de electricidad, agua, comida o medicinas. Incluso las cosas más básicas se han vuelto difícilesMohammad Reza Hosseini, habitante de Teherán
“Los mensajes grupales y las aplicaciones de mensajería se han convertido en un salvavidas”, afirma Reza Hosseini, explicando que los productos básicos esenciales están llegando a los mercados de forma irregular y los vendedores racionan las cantidades según lo que reciben del Gobierno o de distribuidores locales.
En esos grupos cerrados se dice dónde se puede encontrar el pan, cuándo llegará el agua, dónde se distribuyen medicamentos o qué médico de urgencias está cerca. “Nuestra vida diaria se reduce ahora a adaptarse a la escasez de electricidad, agua, comida o medicinas. Incluso las cosas más básicas se han vuelto difíciles”, agrega este hombre, describiendo la transformación de su ciudad con amargura. “La guerra ha cambiado por completo nuestra forma de vida. Solo buscamos cómo sobrevivir y cada salida a la calle es una apuesta peligrosa”, afirma.

Una maleta hecha
Desde el sábado, el conflicto se ha cobrado ya 787 vidas en la república islámica, según el último balance de la Media Luna Roja. Los cortes de luz tornan más difícil cocinar, tener agua y desplazarse, por lo que las familias están en muchos casos separadas y aisladas. Cuando cae la noche, la luz difusa de las velas sale por las ventanas de las casas y los más afortunados tienen generadores para tener un poco de electricidad. “Los niños estudian a la luz de las velas. Las noches son largas y están llenas de miedo por los bombardeos”, corrobora Reza Hosseini.
El dilema de Mohammad Rezaei, de 62 años, que ha trabajado como responsable de relaciones públicas de la Universidad de Teherán hasta su jubilación, es irse o quedarse. “Hice una pequeña maleta con nuestros documentos oficiales y algo de ropa y la dejé cerca de la puerta. Nuestro plan era salir de Teherán en dirección norte, hacia Gilan, donde familiares me dicen que todo está más tranquilo”, explica a este diario.
Pero el problema no es el destino, es una carretera insegura, probablemente colapsada y donde puede llegar a faltar el combustible. “Cada vez que decidimos irnos, oímos una nueva explosión y posponemos la decisión. Mi esposa cree que quedarse en casa es menos peligroso. Y yo estoy dividido entre querer proteger a mis hijos y temer exponerlos a un mayor peligro al intentar escapar”, explica.
Mahdi Mousavi, 56 años, ingeniero del Ministerio de Transporte tiene las mismas dudas. “Mis hijos me preguntan por qué no nos vamos al norte y les explico que la decisión no es fácil. Marcharnos significa abandonar todo lo que tenemos: trabajo, casa y una rutina que nos da una ficticia sensación de seguridad”, explica. “Seguimos la evolución de los acontecimientos hora a hora. Si los bombardeos se intensifican aún más, nos marcharemos inmediatamente”, asegura.
Los días pasan y los iraníes han empezado también a construir la forma de sobrevivir. Los vecinos comparten lo que tienen y ponen en marcha redes para garantizar agua y combustible para los generadores, los comerciantes del barrio venden bienes almacenados a precios más altos, se intenta organizar compras de provincias lejanas y las distribuyen a las zonas más necesitadas. Pero el efecto de esta solidaridad solo suaviza momentáneamente la crisis.
Mis hijos me preguntan por qué no nos vamos al norte y les explico que la decisión no es fácil. Marcharnos significa abandonar todo lo que tenemos: trabajo, casa y una rutina que nos da una ficticia sensación de seguridadMahdi Mousavi, ingeniero iraní
El reto diario de conseguir comida
Fatemeh Karimi, de 43 años, vive en el distrito de Baqestán en el oeste de Irán, describe una situación, aún más crítica. “Conseguir comida se ha convertido en un reto diario: a veces no encontramos pan ni leche, y las familias tienen que repartir lo que compran”, dice, agregando que también pueden permanecer horas sin suministro de agua.
“Los niños tienen miedo constantemente debido al sonido de las sirenas que avisan de un ataque aéreo. Las escuelas han cerrado y nuestros hogares se han convertido en el único lugar para aprender y protegerse. Todo, incluso las necesidades diarias más básicas, se han vuelto difíciles”, agrega.
Uno de los temas más urgentes es el acceso a los medicamentos. Antes de que comenzaran los bombardeos, en las farmacias iraníes ya faltaban unos 200 medicinas esenciales, por ejemplo tratamientos contra el cáncer, antibióticos o anticoagulantes. Los enfermos o sus familiares estaban acostumbrados a buscar en varias farmacias o a contactar conocidos en otras provincias, para ver si allá podían encontrarlos. Y cuando lo lograban, el precio era cada vez más alto, debido a la inflación y a la debilidad de la moneda local, el rial.
“Ahora, los hospitales están desbordados de heridos. Las farmacias tienen pocos medicamentos o marcas genéricas. Es difícil, por ejemplo, lograr analgésicos o los inhaladores para el asma”, cita Mohammad Reza Hosseini.
El domingo, un ataque aéreo en Teherán provocó destrozos pero no víctimas mortales en los hospitales Khatam al-Anbiya y Gandhi, así como el edificio de la Paz de la Media Luna Roja Iraní, según la televisión estatal iraní. La OMS ha mostrado su preocupación por este ataque y las informaciones de recién nacidos que tuvieron que ser evacuados de las incubadoras y trasladados a lugares seguros, ha provocado críticas internacionales. El presidente de Irán, Masud Pezeshkian, alertó el lunes de que los ataques contra centros médicos y educativos viola los principios humanitarios.
Mientras tanto, médicos y enfermeros trabajaban en larguísimos turnos, los testigos afirman que los heridos de la Guardia Revolucionaria llenan salas de hospitales reservadas para ellos, mientras que civiles se ven privados de atención, especialmente en zonas periféricas y otras provincias.
Las clínicas en los alrededores de ciudades como Teherán, Karaj o Qom están saturadas y muchos médicos cualificados han sido llamados a la capital. Los habitantes explican que se han visto obligados a buscar alternativas como remedios tradicionales a base de hierbas, redes informales para obtener medicamentos y farmacéuticos locales que están operando más allá de su capacidad, con los riesgos que todo esto conlleva para la salud de los pacientes. Hay médicos jóvenes que han improvisado incluso una atención de urgencia en escuelas, mezquitas o incluso casas particulares para atender a pacientes y heridos que no revisten gravedad.
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