El oro blanco de Europa
Nuestro pasado es (también) nuestro futuro. Disponemos de un patrimonio cultural único en el mundo, inigualable, construido durante más de un milenio

Nuestro pasado es también nuestro futuro. Nuestra piedra, nuestros monumentos, nuestra herencia, nuestro patrimonio cultural es incomparable, único en el mundo. Aquí tenemos un oro blanco que apenas valoramos, que descuidamos.
Ciertamente, Europa debe apostar más por la tecnología y la industria y dejar de comportarse como un pitufo en este ámbito. Los pequeños seres azules deben despertar. Cierto que ya lo están haciendo como lo demuestran los primeros movimientos en materia de fondo de fondos tecnológicos, pero cuesta. La Comisión Europea ha lanzado un Scale Up Fund dotado con 5.000 millones de euros y el Fondo Europeo de Inversiones anunció otro fondo de fondos de 15.000 millones. En total, más de 80 mil millones de euros se están movilizando para invertir en tecnologías europeas.
Los privados también se están (por fin) sumando. Las familias francesas industriales (y otras), los Dassault, los Peugeot, los Saade, han apostado recientemente por unicornios tricolores como Ami, Pasqal y otros, dedicándoles todo su empeño e invirtiendo cientos de millones. En España también hay valientes, familias industriales y otras que empiezan a despertarse e invertir en tecnologías. Todos se están percatando de algo: la oportunidad es masiva y eso lo entendieron muy bien los inversores estadounidenses que en 2025 cubrieron dos tercios de las inversiones en Europa de lo que llamamos la deep tech, es decir, tecnologías industriales.
Todas estas son buenas noticias. Hay que celebrarlo. Francia, Alemania, Inglaterra y los demás países europeos no pueden, no deben flaquear. Estamos solo al comienzo, es apenas el inicio. Pero no olvidemos tampoco nuestro pasado.
Ahí también reside nuestra fuerza. Leonardo da Vinci fue tanto un ingeniero ingenioso, creador de máquinas, como un artista excepcional, pintor sin parangón, y muchas más cosas. Nuestro pasado es (también) nuestro futuro.
Nuestros monumentos, nuestro patrimonio cultural son únicos en el mundo. Pero apenas podemos (y mal) apreciar su magnitud. En nuestros países occidentales se estima que el PIB cultural ronda el 4%. Pero no se contabilizan grandes partes de la riqueza de nuestras naciones: si se incluyera una medición adecuada de la riqueza derivada del turismo cultural, esta cifra se duplicaría fácilmente, estaríamos cerca del 10%. Es decir, estamos hablando de un sector económico que supera el de la industria de automoción. Además, si un jeque catarí, emiratí o saudí pudiera comprar la Alhambra de Granada o un tejano la Sagrada Familia, sin duda pagaría más que por el Real Madrid, el Barça y el Chelsea reunidos. Nuestros monumentos valen oro.
Es hora de arremangarse. Y de dejar también aquí de comportarse como pitufos o de jugar a Blancanieves y a los siete enanitos. Nuestro pasado es (también) nuestro futuro. Disponemos de un oro blanco único en el mundo, inigualable. En las monarquías del Golfo, hay que sacar los activos monumentales de la arena a golpe de cientos de millones o incluso miles de millones, o importarlos, como el Louvre de Abu Dabi. Nuestros países, en particular Francia, Italia o España, poseen una riqueza única en el mundo, construida a lo largo de más de un milenio. Y esta ventaja competitiva sigue aumentando, como dirían los economistas aquí la barrera de entrada es masiva.
Todas las regiones de Francia o de España están repletas de castillos, de monasterios, de abadías, de masías, de pazos, de molinos, de torreones, de conventos. Pero estos monumentos se deterioran, las piedras se desmoronan, los monasterios se vacían. En España, por ejemplo, aún hay más de 750 monasterios activos, pero cada mes uno cierra. Y así se nos van desmoronando. En un pueblo como Arévalo (Ávila) hasta no hace tanto había una docena de iglesias, y ahora quedan apenas la mitad. Lo que fue el centro de formación de los jesuitas, de donde salieron hacia todos los rincones del planeta, se quedó en nada, ahora se intenta resucitar a base de arte y cultura, gracias a iniciativa público-privada. La España vacía está repleta de joyas, minas, canteras enteras de oro blanco.
Existen territorios vacíos desde el punto de vista demográfico o económico, pero llenos de patrimonio, repletos de herencia, una riqueza extraordinaria. Es necesario revitalizar esta España vacía. Y más que en ninguno otro país de Europa, porque somo una anomalía sin comparación ninguna con cualquier otro país del continente: en España, 90% de la población vive en menos del 5% del territorio, un caso extremo y único en Europa. No se pueden entender los incendios estivales sin poner esto también en perspectiva: dejar que los territorios se deterioren es avivar las brasas de los incendios futuros. Salvar la piedra es también preservar lo vivo.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo?
Hace falta audacia, convicción, imaginar soluciones diferentes, combinar fuerzas. Hoy, las nuevas tecnologías también pueden ayudar a ello, a aumentar los ingresos de los monumentos en peligro, aportando experiencias inmersivas, colecciones de arte, talleres y actividades. No es un ámbito de inversión de nicho: en Europa existen más de 7.000 empresas tecnológicas que pueden ayudar a dinamizar estos monumentos, castillos, abadías y monasterios. Así, territorios abandonados pueden recuperar vitalidad.
He aquí un sueño que podríamos hacer realidad: crear un Camino de Santiago nuevo, inédito. Crear el Camino de las Artes, un Camino de Santiago artístico, de arte y cultura. Podría partir, por ejemplo, de la Borgoña francesa, atravesar el Hexágono por esos caminos olvidados, saltar los Pirineos y llegar al otro lado, a España, pasando por Burgos, Castilla o la cornisa cantábrica, para terminar en Galicia, donde hay más de 900 pequeños castillos solo en esta región, lo que llamamos pazos, de los cuales 450 están actualmente en venta, abandonados a su suerte, derritiéndose como azúcar.
No tenemos petróleo, pero tenemos monumentos.
En lugar de empeñarnos en llenar todo el territorio de aerogeneradores o centros de datos, tomemos perspectiva. Levantemos la mirada y observemos. Es impresionante. Todo está ahí. En medio de los campos de lavanda. Explosiones de piedra cistercienses o de otros estilos, románicos, góticos, y, más al sur, decenas y decenas de pueblos amurallados, fortalezas en el horizonte, y aquí y allá campanarios, agujas, torres, torretas, naves que se elevan hacia el cielo. No nos equivoquemos: nuestro oro blanco está también aquí, está en este patrimonio único y extraordinario.


























































