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Tribuna

La lengua de hace medio siglo

50 años no son nada en la historia de un idioma milenario, pero pueden ser muchísimos en la de los textos que en ella se escriben

Portadas de EL PAÍS del 21 de mayo, el 4 de agosto y el 31 de diciembre de 1976.

EL PAÍS de 1976 estaba lleno de señores. He repasado las portadas desde el 5 de mayo al 31 de diciembre del año en que este diario nació. Y es llamativo observar cómo titulares y pies de foto prodigaban el tratamiento de señor a figuras de la actualidad que en la prensa contemporánea comparecerían con su apellido o, a lo sumo, con nombre y apellido. Se anunciaba que el Rey mantuvo una reunión “con el señor Gil-Robles”; el caso del secuestro de un empresario daba el titular “Encontrar el cadáver del señor Fuentes”, y, rozando ya el 77, eran muchas las noticias en torno a “los secuestradores del señor Oriol”.

Aunque estoy acostumbrada a estudiar los cambios lingüísticos de épocas pretéritas, me ha sorprendido mucho la nítida distancia que se percibe entre la prosa de ese periódico fundacional y la lengua periodística de ahora. Hay varias razones para explicar esas diferencias. Por un lado, el hecho de que, como rezaba la frase que encabezaba el primer editorial, “coincide la aparición primera de EL PAÍS con momentos singulares de la convivencia española”. Y esa singularidad se observa, por ejemplo, en la minuciosa indicación con que en los titulares de entonces se informaba sobre la duración de las reuniones que mantenían personajes de la vida política: “El Rey y don Juan conversaron durante una hora”; “El ministro de Relaciones Sindicales se ha reunido durante dos horas y media con representantes de la UGT”... En un año de negociaciones en torno al nuevo marco político, cuando los pactos apenas comenzaban a perfilarse y las alianzas estaban en fase de tanteo, el acceso al contenido de las reuniones era muy limitado; la duración de una reunión era una clave interpretativa de la que el lector podía inferir el peso cualitativo de un encuentro.

Por otro lado, el vocabulario político empleado era muy distinto. Sustantivos tan arduos como bicameralismo o eurocomunismo aparecen sin rebozo en titulares de portada (“La cara oculta del bicameralismo”; “Italia, banco de prueba del ‘eurocomunismo”) y se usaban las voces propias de un periódico previo a la Constitución. No se habla aún de comunidades autónomas sino de regiones (“Las nuevas Cortes estudiarán el tema de las regiones”) y las actuales lenguas cooficiales se trataban como “lenguas regionales”. EL PAÍS refleja los avances en el reconocimiento de esos idiomas: en torno al día de San Juan de ese año, una misma portada anuncia que, por su onomástica, “Hoy, la fiesta del Rey” y que en los registros civiles serán “admitidos los nombres en lenguas regionales”. Desde este periódico se impulsa su normalización: en septiembre de 1976, se publica en portada un doble editorial bilingüe español y catalán (Los países catalanes y Els països catalans).

Palabras como Diada o ikurriña seguían apareciendo enmarcadas entre comillas, porque eran aún ajenas para la mayor parte de los lectores españoles, pero también se entrecomillaban voces y usos que se entendían como insólitos o novedosos y que hoy están plenamente asentados. Con mucha prudencia, este periódico aplicaba en 1976 comillas a palabras como bingo o récord, a usos figurados como el hablar de los ultras, a sintagmas como marea negra o a significados nuevos, por ejemplo, el uso de cumbre como reunión de dignatarios.

Eran titulares con un estilo periodístico diferente del actual, con rasgos que hoy perviven en buena parte de la prensa hispanoamericana, pero que en España han variado. Había un menor uso del presente histórico: donde hoy leemos “Muere un paciente intoxicado”, los titulares de 1976 preferían los pasados compuestos (“Ha muerto Martin Heidegger”; “Ha muerto Fofó”) o simples (“Comenzaron los Juegos Olímpicos”; “Llegó el alcalde de Moscú”). EL PAÍS de 1976 aún usaba la tercera persona del plural como impersonal, en un valor que ya no es tan común en la prensa española (“Condenan la actuación de la fuerza pública en el País Vasco”, “Destruyen el automóvil de Tamames”) y los pies de foto eran mucho más interpretativos que hoy (“Blas Piñar defiende con ahínco la inalterabilidad de los principios del movimiento”).

Todos los titulares aquí convocados pertenecen al año 1976. En marzo de 1977, se aprueba en una junta general de accionistas la declaración fundacional de EL PAÍS, en la que se reivindica: “EL PAÍS debe ser un periódico (...) atento a la mutación que hoy se opera en la sociedad de Occidente”. Seguramente en esas líneas no se pensaba en la mutación de la lengua. Pero también en ella se estaba cumpliendo ya esa mudanza.

Medio siglo no es nada en la historia global de una lengua milenaria como el español, pero 50 años pueden ser muchísimos en la historia de los textos que en ella se escriben. También son muchos años en la historia de una vida. Yo nací en diciembre de 1976; en la habitación del hospital barcelonés donde empecé a escuchar la lengua que ahora hablo había un ejemplar de EL PAÍS que mis padres hojearon mientras de fondo en la radio sonaba la lotería de Navidad. Muchos lectores cumplimos en este 2026 nuestros 50 años, y sin que esté en hemeroteca alguna registrada nuestra biografía, sentimos que EL PAÍS ha ido escribiendo nuestra vida y la lengua con que la contamos.

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