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TRIBUNA

De Junts a Vox pasando por el PP

Resulta grotesco el acercamiento de los independentistas catalanes a las derechas nacionales cuando su referente sigue siendo Puigdemont, un icono del pasado en perfecto fuera de juego

La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras, durante el pleno del martes en el que su partido, el PP y Vox se unieron para rechazar el decreto sobre los alquileres.Matias Chiofalo (Europa Press)

No es nada nuevo: cuando se toca el dinero, el bolsillo de los propietarios, las pulsiones patrióticas se diluyen. Y a la hora de alinearse para el voto, en los partidos se impone el criterio de clase. El Gobierno propone un decreto de congelación de los alquileres por dos años, y las derechas se unen para tumbarlo, dejando de lado sus diferencias ideológicas y sus lealtades patrióticas. Dicho de otro modo, fascistas, conservadores, liberales, nacionalistas (hispánicos o periféricos) votan a coro la defensa de los intereses de los propietarios, por más que el coste de la vivienda sea en estos momentos uno de los principales problemas de este país, que desborda a gran parte de la ciudadanía y condena a muchas familias a la precariedad. Y el PNV, que sabe que su voto no altera la suma, pretende guardar las formas absteniéndose.

Lejos ya la crisis de 2017, con la no nata declaración de independencia de Cataluña y la aplicación del estado de excepción (el famoso artículo 155), las condenas de 2019 y los indultos de 2021, las pulsiones nacionalistas llevan tiempo en perfil bajo, mientras las derechas, sin distinción de patrias, van alineándose paulatinamente en las votaciones parlamentarias en defensa de sus intereses comunes, como impone la lógica propia del capitalismo financiero y digital. Y no es una excepción española; al contrario, sitúa al país en la lógica europea, en la que al comportamiento de las derechas le está apareciendo una roncha creciente y peligrosa que es la extrema derecha. Cuando empezaba a crecer, pero era más un testimonio del pasado que una amenaza, se mantenían las distancias y se guardaban ciertos equilibrios, pero el tiempo corre, y el neofascismo acelera, acorralando, poco a poco, a las derechas tradicionales. En Italia ya están en el poder. En Francia podrían alcanzarlo en breve. Y en la presunta potencia de tutela, Estados Unidos, de la mano de Trump está tomando cuerpo una forma nihilista (sin noción de límites) del autoritarismo posdemocrático.

Es en este contexto donde, con inquietante naturalidad, se está rompiendo el tabú de la extrema derecha, que poco a poco va atrapando y presionando a las derechas tradicionales, beneficiandose además de un momento en que las izquierdas —como testifica el intento de Sánchez de remover este espacio— van con el perfil gastado y con dificultad para atraer a los sectores sociales más descolocados por la dinámica económica del momento. Y el ejemplo de la vivienda se está convirtiendo en paradigmático: en un momento en el que es uno de los problemas principales para la ciudadanía, ¿se tiene que poner, realmente, el interés de los propietarios por encima del de los ciudadanos?

El resultado de esta situación de tránsito es que cambian los parámetros referenciales. Y ahora mismo la ruptura del tabú del fascismo en el ámbito de la derecha es una realidad en toda Europa que también ha llegado aquí, a pesar de que se quería creer que la experiencia del franquismo suponía una vacuna. Si lo fue, sus efectos han decaído. Cada vez más descaradamente, conservadores y liberales buscan la manera de acercarse a la extrema derecha para construir mayorías contra las izquierdas. Y así van cayendo las barreras, de forma cada vez más acelerada. De hecho, a nivel español, Vox ya ha conseguido arrastrar al PP a su territorio e incluso a contaminarle ideológicamente. Las distancias se esfumaron pronto. Y Feijóo, siempre escaso de discurso, ya va asumiendo la letra del vecino. El tabú de Vox ha caído. Los neofacistas ya gobiernan con el PP en Extremadura y en Aragón, y así será siempre donde su voto resulte necesario.

Sabemos que, ahora mismo, es imposible que el PP pueda gobernar España sin Vox. Y con el voto sobre los alquileres ya no hay tabú que valga. No es sólo la razón numérica: es la radicalización de las derechas, un problema creciente en toda Europa. Y hace tiempo que se han levantado las barreras de la dignidad democrática. En este sentido, es especialmente grotesco el caso de Junts acercándose al PP y Vox cuando su referente sigue siendo el expresidente Puigdemont, el del espectáculo del regreso y fuga, que es ahora mismo un icono del pasado en perfecto fuera de juego. Y un obstáculo para que Junts pueda volver a ser lo que fue Convergència, la derecha nacional catalana que, con el presidente Pujol, jugaba un papel decisivo en la construcción de las mayorías en España. Para conseguir la autoridad suficiente para ejercer este rol le queda mucho por renovar. Y no estoy seguro de que votar con PP y Vox, sea el camino: le puede acercar al poder, pero alejar de Cataluña.

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