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tribuna

Elogio de la imperfección (política)

La responsabilidad de la izquierda alternativa es inmensa y debe apostar por una unidad electoral aunque sea imperfecta

enrique flores

A los humanos nos cuesta asumir la imperfección. En lo más íntimo de nosotros pretendemos ser a “imagen y semejanza” de los dioses, a los que hemos creado como seres sin límites.

De la búsqueda de la perfección nacen algunas de nuestras patologías. Entre ellas esa utopía distópica de la sociedad sin riesgos. El mito de la fuerza irresistible de las ideas, uno de los legados menos luminosos de la Ilustración, ejemplifica la atracción fatal que sentimos por la perfección.

Estas reflexiones me asaltaron en el marco del intercambio epistolar que mantuve con el amigo Manuel Cruz a raíz de su artículo Pensar en el día después. Y me dispongo a compartirlas.

Coincido con él que las izquierdas precisan de un proyecto con el que ilusionar a una ciudadanía atrapada por un cóctel de emociones. Entre ellas, la inseguridad ante el futuro y la nostalgia respecto a un pasado idealizado.

También que el temor a una mayoría del PP y Vox no puede ser el único argumento con el que movilizar al electorado progresista. Sin necesidad de citar a Séneca nos advierte de que “ningún viento es favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”, de mi cosecha añadiría que “diez movimientos tácticos no hacen una estrategia”. Aunque en ocasiones lo simule.

Manuel Cruz ejemplifica su inquietud con el riesgo que supone poner en marcha una profunda transformación de la estructura fiscal del Estado con la simple base de un acuerdo de investidura entre dos partidos de ámbito autonómico. No coincido con la lectura que hace del acuerdo entre el PSC y ERC sobre financiación autonómica, pero eso es intrascendente para lo que quiero compartir.

Todas sus reflexiones tienen como objetivo advertirnos de los riesgos democráticos de reeditar un gobierno como el actual, con sus inestables y contradictorias mayorías.

En su análisis, cargado de compromiso cívico, sugiere la posibilidad de que el PSOE dé apoyo a un gobierno del PP a cambio de pactar aspectos claves de la gobernabilidad democrática y algunas políticas que doten de contenido a “pactos de Estado”.

Ya he expresado en otras ocasiones mis dudas sobre la oportunidad política de hacer ahora esta propuesta que, además, nace de voces distantes y contrapuestas entre sí. Podemos estar, sin quererlo, alimentando una lectura determinista del futuro, la inexorable mayoría de las derechas. Aunque reconozco que ese temor no puede ser la coartada para cerrar los ojos ante un escenario probable que merece una reflexión serena.

Como no comparto el gusto por los anatemas, no me lo parece la hipótesis de llegar acuerdos con el PP. Pero no creo que exista la más mínima posibilidad de que los populares se desmarquen de Vox. No por ninguna “maldad” intrínseca del PP sino por otras razones.

Los compromisos que las derechas han trabado en el marco autonómico han generado muchas ataduras. Sin obviar las consecuencias profundas de los inquietantes niveles de la polarización social, que no política.

En la política lo que hay es más bien crispación organizada, que sin ser unilateral sí es bastante asimétrica en su origen e intensidad. Se ha instalado una lógica de bloques con alta polarización emocional en la que la frontera entre adversario y enemigo se hace muy difusa.

Esta actitud no es exclusiva de un solo espacio político, pero los barómetros del CIS confirman que está muy arraigada en el electorado de las derechas. La pugna entre PP y Vox por ver quién criminaliza más al adversario ha llevado a los populares a vaticinar, incluso solicitar, la cárcel para el presidente del Gobierno. Este clima ha arraigado en su electorado y limita mucho los márgenes futuros del PP.

Como no se trata de hacer análisis moralistas necesitamos una explicación que nos permita entender la profunda mutación de las derechas moderadas o conservadoras. En todo el mundo. Quizás podamos encontrar algunos indicios en los impactos de las grandes disrupciones, entre ellas las tecnológicas, vividas en las últimas décadas.

Mariám Martínez Bascuñán en El fin del mundo en común ofrece algunas claves. La democracia, el sistema que hemos construido para confrontar intereses y opiniones y debatir políticas, requiere de una realidad compartida, asumida por todos. Ese mundo en común ha saltado por los aires aplastado por las tendencias autocráticas y la destrucción de los espacios de intermediación social.

La desvertebración social y sus consecuencias en forma de fragmentación política tienen mucho que ver con la desintegración de esa realidad compartida que actúa como sustrato de la democracia.

Por supuesto, no se trata de asumir resignadamente este escenario, pero tampoco confiar en soluciones mágicas que vengan de la habilidad de los actores políticos. Me temo que el camino para encontrar salidas va a ser largo y va a depender de la capacidad de la sociedad en su conjunto de reconstruir nuevos espacios compartidos, nuevas estructuras de intermediación social. Así ha sido en otros momentos de grandes cambios de época como el actual.

En el “mientras tanto” a las izquierdas no les queda otra que construir las condiciones para soluciones imperfectas.

Asumiendo que la gobernabilidad que surja de las próximas elecciones generales va a ser irremediablemente imperfecta.

La opción de dejar gobernar al PP en solitario no tiene nada de perfecta. Tiene muchos riesgos, el más evidente es que no evite los acuerdos entre los populares y Vox que supongan un retroceso en políticas socioeconómicas, ambientales y en derechos civiles. Con el agravante de que el apoyo externo del PSOE contribuiría a legitimar estas políticas.

En el marco de la pugna en el seno de las derechas por su reconfiguración, los incentivos de los conservadores para no desmarcarse de la extrema derecha son muchos, como ya hemos visto en política migratoria en la UE.

Tampoco deberíamos descartar que en paralelo se produzca un acercamiento entre el PP y Junts. Los intereses socioeconómicos que les unen son muchos. Además, los nacionalistas catalanes no están al margen de las transformaciones que viven las derechas, especialmente después de la aparición de Aliança Catalana. Son tan potentes las concepciones ideológicas que comparten que pueden soslayar sus diferencias sobre la estructura territorial del Estado. Ya lo han hecho en otros momentos de nuestra historia.

La principal preocupación de las izquierdas no debe ser “pensar en el día después” sino qué hacer en los meses que faltan para las elecciones generales. La responsabilidad de la izquierda alternativa es inmensa. No queda otra que apostar por una unidad electoral que será también imperfecta o no será.

Para ilusionar se cuenta con un bagaje muy sólido, las significativas aportaciones que han hecho a las políticas del Gobierno de coalición y que han mejorado la vida de muchas personas. Me permito alertar sobre los riesgos de poner de nuevo las esperanzas de la izquierda alternativa en nuevos “tribunos”. Es un error tan antiguo que ya nos lo advierte la letra de la Internacional: “Ni dioses, reyes, ni tribunos”.

De todos los imperfectos escenarios posibles me quedo con el de las fuerzas progresistas intentando construir una mayoría plural, compleja y en ocasiones contradictoria. Reforzando su apuesta liberal, por anti autocrática, sin caer en la trampa de alimentar la crispación.

Lo que erosiona la democracia es la polarización emocional que destruye el mundo en común. La polarización política que comporta el contraste de diferentes respuestas a los grandes retos sociales, como el de la vivienda, refuerza la legitimidad de la democracia. Mucho más que volver al clima de indistinción política que tanto ha contribuido a alimentar la desafección de la ciudadanía.

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