Aquí hay negocio
Quizá lo más sorprendente de este segundo mandato de Trump es la burla constante a sus votantes más fieles


El gran enigma sobre Donald Trump consiste en la razón por las que solo se muestra sumiso ante dos personas: Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu. Pareciera que en su relación con esos dos líderes suspendiera su habitual matraca de negociador inmobiliario, con plantes y desplantes continuados. Quizá la más sabrosa imagen que deja este segundo mandato de Trump es la burla constante con que trata a los que fueron sus votantes más fieles. Aquella renuncia a seguir construyendo una Norteamérica centrada en las relaciones internacionales para primar la dedicación a la economía interna se ha transformado en exactamente lo contrario. Su carácter de narcisista volátil le ha llevado a involucrarse en conflictos que no sabe resolver satisfactoriamente, pese a que los arranca con un golpe de efecto. La destitución de dos mujeres en la cúpula, Pam Bondi y Kristi Noem, curiosamente conocidas por sus diminutivos, a la espera de que caiga la tercera, Tulsi Gabbard, acrecienta esa imagen de macho alfa sin capacidad de encaje a la menor frustración.
Sus erráticas ruedas de prensa, sus declaraciones al pie de helipuertos y jardines muestran a un hombre confianzudo y bocazas. Colaboradores como Marco Rubio, miran al infinito cuando habla el jefe, como si añoraran en ese momento estar viajando en la Artemis 2 camino de la Luna. Poco a poco, los líderes internacionales le van perdiendo el miedo y comienzan a gestionar su propia actividad sin tener demasiado en cuenta al vociferante huésped de la mansión de Florida, ya conocida como Mar de Halagos.
Los magnates tienen por costumbre arrimarse a la política con la misión declarada de revertir controles y regulaciones para que los beneficios se multipliquen sin freno. El enriquecimiento del emporio familiar de Trump florece con acuerdos y oportunidades de negocio allá donde riega la agenda presidencial. De este modo su política en el Golfo Pérsico o en Venezuela ha demostrado que las razones democráticas carecen de brillo frente a la rutilancia del puro dinero. A ello se suma la sospecha de que los vaivenes en Bolsa provocados por sus desafueros están haciendo llover muchos millones de dólares en forma de apuestas con información privilegiada. Paul Krugman se ha atrevido a llamar traición a estas acciones de especulación interesada. Para colmo, las dos grandes casas de juego en la red cuentan con su hijo Donald Jr. como asesor a sueldo. Alarma la rentabilidad de apuestas a minutos de que se produzca el secuestro de Nicolás Maduro o la eliminación de Ali Jameneí mientras el presidente se dedica a radiar sus negociaciones o las acciones militares como si aspirase al trono de locutor en jefe.
En un mercado convulso las ganancias de los atrevidos delatan un modo de operar pleno de descaro. Habrán de ser sus humildes seguidores políticos, muchos de ellos de extracción popular, quienes resuelvan este rompecabezas consistente en saber si uno puede engañar a los suyos eternamente. Por encima de sutilezas, se impone la certeza de que la estrategia de rearmar al mundo ha permitido a las grandes empresas del sector obtener cifras astronómicas. Para esa industria, que apuesta por la agresión y la guerra, el presidente Trump es un chollo, como lo son Netanyahu y Putin. La brutal desviación presupuestaria apunta a que la próxima década ya no va a ser la de la revolución científica, sino la del mercado de las armas. Una mala noticia para todas las esperanzas de los jóvenes del mundo. La única explicación a tal disparate es sencilla. Aquí hay negocio, no lo duden.
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