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Tribuna

La izquierda catatónica

Los logros de las políticas propuestas desde más allá del PSOE no deberían dejar espacio para el derrotismo

Eva Vázquez

Me referiré a la izquierda alternativa para hablar de todos los grupos que compiten con el PSOE por su flanco izquierdo. Esa izquierda alternativa no atraviesa su mejor momento. Las encuestas muestran que su electorado se encuentra apático y desmovilizado. Una parte del mismo apoya a Pedro Sánchez, mientras que otra se sitúa en la abstención, quedando un núcleo irreductible que votará pase lo que pase a alguna de las muchas fuerzas que hay ese espacio (Sumar, IU, Podemos, más los partidos de ámbito autonómico). Pero no son solo las encuestas: es evidente que el discurso de la izquierda alternativa se ha debilitado, ha perdido nervio, no consigue hacer de contrapeso a la ofensiva reaccionaria y actúa a la defensiva.

Hay motivos para esta especie de catatonia política. Podemos, que nació en 2014 con la voluntad de superar las limitaciones históricas de Izquierda Unida y que presionó fuertemente a favor de gobernar en coalición con el PSOE, ha acabado como uno de aquellos grupúsculos de ultraizquierda de los años de la Transición. Sin memoria de sus años en el Ejecutivo, dedica los calificativos más gruesos al mismo Gobierno del que formó parte y desprecia a todas las demás fuerzas de la izquierda alternativa por no mantener la pureza (ideológica o mediática). Sumar, por su parte, nació restando: su pecado original consistió en vetar a líderes de Podemos, convirtiendo las indisimuladas animadversiones personales en materia de estrategia política. Con ese lastre, Sumar no ha conseguido establecerse como plataforma amplia con capacidad para aglutinar a todas las demás fuerzas de la izquierda.

El deterioro ha llegado a tal punto que hoy todo el mundo asume que la única manera en que puede mantenerse una coalición progresista de Gobierno pasa por que la izquierda alternativa supere su condición catatónica. En los últimos meses ha habido múltiples especulaciones al respecto, casi todas ellas centradas en cuestiones organizativas y de liderazgo. Sobre esta cuestión nada relevante puedo aportar. Mi propósito, en realidad, es otro más modesto. Tan solo quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el desánimo reinante es fruto de una lectura errónea del momento político en el que nos encontramos.

Vayamos por partes. La izquierda alternativa retrocede en casi todas partes, no es un fenómeno únicamente español y, por tanto, no tiene mayor sentido entrar en modo introspectivo, a la búsqueda de los errores que podrían haber llevado a la situación actual. Por supuesto que se han cometido errores, pero la tendencia recesiva es general, afecta a las izquierdas en múltiples países, de manera que no hay lugar para obsesionarse con las malas decisiones pasadas.

En un registro más positivo, no debe olvidarse que la izquierda alternativa, primero con Unidas Podemos y luego con Sumar, ha conseguido algo verdaderamente importante. Por primera vez, dicha izquierda ha entrado en el Ejecutivo, formando los primeros gobiernos de coalición de nuestra etapa democrática. Al PSOE le costó mucho asimilar este cambio. Tras las elecciones de 2015 y 2016, los socialistas se negaron a explorar seriamente la posibilidad de una coalición con las otras izquierdas. La desconfianza mutua entre comunistas y socialdemócratas, labrada a lo largo de décadas, hacía muy difícil que el PSOE aceptara una coalición con un partido a su izquierda. Recuérdese que fueron las tensiones internas sobre la política de alianzas lo que llevó al sector más afín al PSOE de Felipe González a organizar la astracanada del 1 de octubre de 2016, cuando se deshicieron de un Pedro Sánchez que se negaba a facilitar la investidura a un Mariano Rajoy acosado por la corrupción sistémica del PP. Fue la victoria de Sánchez en unas segundas primarias, las de 2017, lo que permitió superar los prejuicios hacia un acuerdo amplio de las izquierdas. El propio Sánchez no lo aceptó de buena gana, recuérdese que forzó una repetición electoral en 2019 porque no estaba del todo convencido.

Para la izquierda alternativa, entrar a formar parte del Gobierno de España supuso dejar atrás un largo periodo de marginación política. IU se había mantenido en su papel de oposición izquierdista desde los años ochenta, sin conseguir nada sustantivo y, en algunos momentos, como en 2008, quedó al borde de la desaparición (con un 3,8% del voto y tan solo dos diputados). Creo que una de las aportaciones más relevantes de Podemos fue romper con el papel subsidiario y testimonial de la izquierda alternativa (por mucho que después haya renegado del Gobierno de Sánchez).

Gracias a la entrada en el Gobierno, Unidas Podemos y Sumar han conseguido que el PSOE se comprometiera con un programa más nítidamente izquierdista. Me parece indiscutible que los socios minoritarios han conseguido tirar del Gobierno hacia la izquierda. Algunas de las renuncias que tuvieron que hacer los Gobiernos de González y Zapatero, sobre todo en materia económica, y que tanta incomprensión provocaron en el electorado progresista, no han ocurrido en esta ocasión. Es más, como ha señalado en ocasiones la diputada de Sumar, Aina Vidal, algunos de los principales logros de los que presume el Gobierno de Sánchez, como la reforma laboral, la subida del salario mínimo y una parte importante del llamado “escudo social”, y que son también fácilmente reconocibles por su impacto inmediato y masivo, se deben a los ministros de la izquierda alternativa. También en materia de igualdad de género esta izquierda ha impulsado reformas importantes. Y, probablemente, su visión plurinacional del país ha facilitado algunas medidas que para el PSOE eran dolorosas o incómodas, como la ley de amnistía. Finalmente, resulta verosímil pensar que la actitud del Gobierno ante el genocidio de Gaza o la guerra de Irán haya sido más contundente a causa de la presión ejercida por la izquierda alternativa.

Por si todo lo anterior fuera poco, hay que añadir que los escándalos de corrupción asociados al Gobierno son responsabilidad en todos los casos de dirigentes del PSOE, sin que hasta el momento haya salpicado a los ministerios gestionados por la izquierda alternativa.

Quizá este repaso apresurado resulte insignificante frente a las expectativas que se levantaron con el 15-M, no digamos nada si el plan era “asaltar los cielos”. La política, sin embargo, se nutre tanto de sueños como de resultados. No se ha abierto un periodo constituyente, ni se ha acabado con las prácticas abusivas de los partidos grandes. Con todo, los resultados, especialmente en un contexto tan desfavorable como el actual, no son en absoluto desdeñables. En mi opinión, la izquierda alternativa presenta una hoja de servicios bastante positiva y de la cual pueden enorgullecerse los partidos que la componen. Creo que tener esto claro (y saber transmitirlo con convicción) es tan o más importante que los debates sobre plataformas, convergencias y liderazgo. Con unos logros como los mencionados, no debería haber espacio para el derrotismo o el arrepentimiento. Por supuesto que se podían hacer más cosas y llegar más lejos, pero la pregunta a la que debe darse respuesta es si en algún momento anterior de la democracia se había conseguido tanto. Yo creo que no. Eso debería ser suficiente para movilizar a personas desencantadas. Más allá de la forma que adquieran las candidaturas de la izquierda alternativa, lo primero es tener claro que la coalición ha funcionado y ha sido un éxito (con todos los peros que quieran ponerse).

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