Muerte en la nieve
Nadie como el escritor Robert Walser supo celebrar las minucias de la vida


Estos días en que se recuerda la muerte de Jesús en la cruz, y luego su resurrección, y las ciudades se llenan de procesiones y las cosas parecen tocadas por un manto religioso, es el momento de salir corriendo y buscar algunos páramos laicos donde también existen formas de tratar con la incómoda sombra de la muerte y celebrar la vida. Se ha vuelto a publicar hace no mucho Paseos con Robert Walser (Siruela), el libro de Carl Seelig donde cuenta las veces que acudió a Herisau, la capital del cantón suizo de Appenzell Ausserrhoden, para sacar a dar una vuelta a aquel extravagante escritor que estaba recluido allí en un manicomio. Se pasaban el día caminando, paraban a comer en alguna tasca o restaurante, bebían unas cervezas o vino, hablaban sobre libros y sobre la vida.
En el paseo que dieron el 20 de julio de 1941, Seelig cuenta que Walser le habló sobre sí mismo. Le dijo: “En mi entorno siempre ha habido complots para rechazar a bicharracos como yo. Siempre se rechazaba, con arrogancia y distinción, todo lo que no tenía cabida en el propio mundo. Jamás me atreví a abrirme paso. Ni siquiera tuve el coraje de echar un vistazo. Así que viví mi propia vida, en la periferia de la burguesía, y ¿acaso no estuvo bien así? ¿No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?”.
Robert Walser nació en 1878, fue el séptimo de ocho hermanos, su madre murió de una enfermedad psíquica y eso lo marcó de manera determinante. Vivió a salto de mata, trabajó en los más variados oficios —en un banco, de escribiente en una empresa de publicidad, de oficinista, de ayudante de contable, de mayordomo…— y los fue abandonando para dedicarse a escribir. En Los hermanos Tanner, su novela más conocida, uno de los personajes se despide de una librería en la que llevaba empleado una semana y se dice: “Prefiero contarme entre los que nada tienen, así al menos mi alma será mía”. Así hizo también Walser. Quiso ser actor, no tuvo suerte. Le tiraba mucho el vagabundeo, no le importó nunca ser pobre. Un bicharraco. En uno de sus poemas escribe: “Yo me hago mi camino, / que lleva cerca y lejos; / sin voz y sin palabra, / en el margen estoy”.
En 1929, sus problemas mentales lo obligaron a ingresar en un sanatorio de Berna; en 1933, entró en el manicomio de Herisau. “Mi andadura era más un avanzar flotando que un caminar regular, firme, pesado”, escribe Walser en uno de sus cuentos. En Un paseo apunta: “El espíritu del mundo se había abierto, y todos los padecimientos, todas las decepciones humanas, todo lo malo, todo lo doloroso parecía esfumarse para no volver más”. Su obra tiene la consistencia de un soplo, transmite el gusto por una felicidad minúscula, la vida adquiere otros sabores —lejos del poder, del ruido, del éxito—. En la Navidad de 1956, Robert Walser salió después de comer a dar una vuelta, esta vez sin la compañía de Carl Seelig. Unos niños que bajaban con sus trineos por la ladera de la montaña encontraron poco después su cuerpo sin vida. “Murió en la nieve”, explica una niña de 14 años, la narradora de Los hermosos años de castigo (Tusquets), de Fleur Jaeggy. “A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, al cabo de casi 30 años de manicomio en Herisau”. Tiene razón, es hermoso morir así. Y también es hermosa la manera en que la escritura de Walser festeja el hecho de vivir: a pesar de la pobreza, lo doloroso puede volar y esfumarse.
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