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Crítica:LA ESTRELLA OCULTA DE LAS LETRAS ITALIANAS
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Un cadáver recién lavado

Javier Rodríguez Marcos

A las novelas de Fleur Jaeggy les pasa lo que a las altas cumbres: en ellas el aire es puro y frío pero irrespirable por falta de oxígeno. La diferencia es que las historias de Jaeggy transcurren casi siempre en espacios cerrados: un subterráneo (Le statue d'acqua), una casa (El ángel de la guarda), un internado en Suiza -doble encierro, pues, por escolar y por suizo- (Los hermosos años del castigo) o, por fin, un barco (Proleterka). Puede que sea la citada falta de oxígeno la que hace que los personajes de estas historias tengan algo de peces abisales, hermosos monstruos que despiertan una mezcla de compasión y miedo. Frágiles, arrogantes e inconscientemente imbuidas de la misma crueldad que las ahoga. Así son las mujeres que pueblan estos dramas contados en sordina con frases cortas, sin contemplaciones: "La verdad no tiene adornos. Como un cadáver recién lavado", dice la protagonista de Proleterka. No es, pues, extraño que se haya hablado de "precisión quirúrgica" para referirse al estilo de esta lacónica narradora. Y donde dice quirúrgica vale decir forense, porque la muerte ronda cada una de las páginas que ha escrito Fleur Jaeggy. "Han pasado muchos años y esta mañana siento un deseo repentino: quisiera tener las cenizas de mi padre". Así se abre esta novela cuyo título es el irónico nombre ("proletaria") del barco de crucero en el que viajan por el Mediterráneo una muchacha de quince años y su padre, que, arruinado, las había abandono a ella y a su madre años atrás. "Conozco a Billy Budd mucho más que a mi padre", afirma ella refiriéndose al héroe de Melville, protector de este relato como Robert Walser lo fue, en cierto modo, de Los hermosos años del castigo.

PROLETERKA

Traducción de María de los Ángeles Cabré

Tusquets. Barcelona, 2003

132 páginas. 11 Euros

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a los microorganismos que se desarrollan en ambientes que carecen de aire. La energía que necesitan para vivir la sacan de las sustancias orgánicas que descomponen. Así son, ya apuntamos, los personajes de Jaeggy, en concreto la protagonista de esta última obra, que se alimenta de la descomposición moral de sustancias llamadas padre y madre. En Proleterka, que también tiene, como casi todos los de su autora, mucho de relato de iniciación -"el Proleterka es el lugar de la experiencia"-, al primer encuentro sexual de la adolescente ("no quiere dulzura") se suma la revelación de un secreto que, demasiado tarde, dará sentido a un amor filial que antes no lo tenía. La de esta novela es, en efecto, una familia sin vínculos familiares en la que la obediencia ha sustituido a la intimidad, un amor en tercera persona. "La hija no ha llorado nunca", escribe el padre, que firma las cartas a su hija con nombres y apellidos. Del otro lado, la narradora habla de su madre como de "la mujer de Johannes". Así las cosas, los catorce días que dura el viaje tienen mucho de ultimátum al padre, y por esa parte el relato es tan impecable como implacable, pero se resiente cuando la mayor virtud de Jaeggy corre el riesgo de convertirse en su mayor flaqueza: declarar lo que debería ser mostrado narrativamente, acudir con precipitación al retruécano del misterio final. Con todo, y a pesar de que -por más esquemática- tal vez no esté a la altura de la ya clásica Los hermosos años del castigo, Proleterka es una buena muestra del hacer de una gran escritora que entreabre las vías de ventilación después de desmontar cualquier consuelo: "Es por mi bien. Una frase venenosa. Pero no suena mal. Sé que esa frase jamás ha sido de buen agüero. (...) Habría que protegerse cuando se escuchan semejantes dictados. Cuando se es presa del bien. Prisioneros del bien. El bien del pueblo. Frases propias del régimen. Salgo de la casa con una maleta y la cartera del colegio. Me entregan a otros. Por mi bien". Desechado todo sentimentalismo, es justamente el frío del ambiente el que otorga valor a los sentimientos cuando éstos aparecen, el mismo valor que cobra en una morgue cualquier señal de vida.

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Sobre la firma

Javier Rodríguez Marcos
Es subdirector de Opinión. Fue jefe de sección de 'Babelia', suplemento cultural de EL PAÍS. Antes trabajó en 'ABC'. Licenciado en Filología, es autor de la crónica 'Un torpe en un terremoto' y premio Ojo Crítico de Poesía por el libro 'Frágil'. También comisarió para el Museo Reina Sofía la exposición 'Minimalismos: un signo de los tiempos'.

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