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EDITORIAL

Alternancia en Chile

El ultraconservador José Antonio Kast tiene ante sí el reto de demostrar que su proyecto político es compatible con el consenso democrático

Kast, entre Boric y la nueva presidenta de la Cámara alta, Paulina Núñez, este miércoles durante la ceremonia de investidura en Valparaíso.Adriana Thomasa (EFE)

Chile abre una etapa inédita desde el retorno a la democracia. Con la llegada de José Antonio Kast a La Moneda comienza el Gobierno más conservador desde el final de la dictadura. La alternancia es parte natural de cualquier democracia saludable, pero el desafío que se abre ahora para el nuevo presidente no es menor: gobernar para un país plural, complejo y profundamente consciente del valor de sus instituciones. El triunfo de Kast expresa un mensaje claro de una parte significativa de la ciudadanía. Después de años de incertidumbre política, debates constitucionales frustrados y una economía que perdió dinamismo, muchos votantes optaron por una promesa de orden, seguridad y estabilidad. Pero una elección nunca otorga licencia para gobernar solo para quienes apoyaron al vencedor. En sociedades abiertas, la legitimidad del poder se consolida cuando se gobierna también para quienes no votaron por uno.

El nuevo mandatario tiene ante sí una oportunidad y una prueba. La oportunidad consiste en demostrar que su proyecto puede ser compatible con el consenso democrático que Chile ha construido durante décadas. La prueba es evitar que derive hacia los reflejos de una derecha radicalizada que hoy gana terreno en todo el mundo. Kast no puede ni debe convertirse en la versión chilena de ese fenómeno. Chile tiene una tradición institucional demasiado sólida como para reducirla a una política de trincheras.

La salida de Gabriel Boric de la presidencia deja un balance inevitablemente mixto, como ocurre con casi todos los gobiernos. Su Administración vivió momentos de turbulencia política y errores evidentes, especialmente en los fallidos procesos constituyentes que terminaron agotando a una sociedad que aspiraba a reformas profundas, pero también a certezas. Aquellos traspiés marcaron buena parte de su mandato. Pero sería injusto ignorar también sus aciertos. Boric sostuvo una política exterior consistente, defendió principios democráticos en una región donde a menudo se relativizan y proyectó una imagen de progresismo moderno que lo distinguió de otros ejecutivos de izquierda en América Latina. En un contexto regional atravesado por tentaciones autoritarias, esa posición no fue menor.

Chile demostró durante estos años algo que muchas democracias han olvidado: la posibilidad de alternancia sin ruptura. El país eligió primero a un presidente joven de izquierdas surgido de los movimientos estudiantiles y las protestas sociales y ahora entrega el poder a un dirigente de ultraderecha que deberá adaptarse a los equilibrios de la democracia. Ese péndulo no es necesariamente una señal de crisis; puede ser un síntoma de vitalidad institucional. Para que así sea, todos deberán asumir su parte. Kast tendrá que moderar su discurso y entender que el mandato recibido es gobernar para todo Chile, no solo para quienes comparten su visión ideológica. Y Boric, ahora fuera del poder, tiene la posibilidad de consolidarse como una figura relevante para el futuro, capaz de liderar una izquierda que aprenda de sus errores sin renunciar a sus convicciones.

Chile ha sido durante décadas una de las democracias más estables de América Latina. Mantener esa singularidad exige algo más que victorias electorales: requiere responsabilidad política, respeto institucional y capacidad de diálogo. El nuevo ciclo que comienza pondrá a prueba esas virtudes. Y de su resultado dependerá que Chile siga siendo, incluso en medio de la alternancia ideológica, una excepción democrática en una región cada vez más convulsa.

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