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EDITORIAL

Bloqueo antisistema de Vox

La investidura fallida de Guardiola en Extremadura es un aviso sobre las verdaderas prioridades del partido ultraderechista

Guardiola, este viernes en el Parlamento regional.Jorge Armestar (Europa Press)

La candidata del PP, María Guardiola, fracasó este viernes en su intento de ser investida como presidenta de la Junta de Extremadura. Se abre así un plazo legal de dos meses tras el cual, si ningún candidato consigue una mayoría de la Asamblea, se repetirán las elecciones. Semanas de negociaciones con varias reuniones presenciales y la implicación de las direcciones nacionales de los dos partidos no han bastado para que el PP logre el apoyo de la ultraderecha de Vox, o al menos su abstención, para la investidura de Guardiola. La razón es que Vox no está interesado en que haya un Gobierno en Extremadura.

La negociación misma con Vox ya suponía un trago amargo para el PP extremeño. En 2023, Guardiola pasó de enfatizar que no gobernaría con un partido xenófobo, homófobo y que rechaza que exista la violencia machista a firmar con ese mismo partido un pacto de 60 medidas y cederle una consejería. En esta ocasión, Guardiola adelantó las elecciones para reducir su dependencia de los ultras, y el resultado fue que estos han duplicado sus escaños y exigen con autoridad reforzada. Pero nadie sabe qué quieren hacer con esa autoridad. A pesar de los ruegos del PP, Vox no ha dejado de mover la portería de sitio para evitar comprometerse en la negociación.

El PP ha llegado a poner por escrito un decálogo como marco de entendimiento en un gesto de claridad con todos los españoles sobre las políticas que está dispuesto a normalizar, como el rechazo genérico a la inmigración, o la oposición a las medidas contra el cambio climático. Durante la negociación, Guardiola llegó a decir que ella defiende “el feminismo de Vox”, un oxímoron político con el que la presidenta roza la humillación.

Nada de esto ha sido suficiente para que Vox le permita gobernar. Dos meses y medio después de las elecciones, y tras dos debates de investidura, los extremeños no saben por qué no tienen Gobierno. Vox no ha aclarado cuáles son los desacuerdos programáticos. Ni siquiera ha dicho si quiere formar parte del Ejecutivo o no. Vox está jugando al puro desgaste, nada más. Este tacticismo no tiene nada que ver con la estabilidad de Extremadura, sino con no comprometerse antes de las elecciones de Castilla y León, el próximo día 15, donde probablemente se repita una situación similar. A Vox solo le interesa la estrategia electoral de Vox, con el agravante de que ni siquiera es honesto con sus votantes.

Extremadura, con sus elecciones adelantadas, el triunfo de Vox y el contorsionismo de la derecha liberal, se ha convertido en un laboratorio de la política española. La dinámica se ha repetido en Aragón y, según las encuestas, volverá a verse en Castilla y León. Quizá también en Andalucía, a pesar de las diferencias. Y no es difícil imaginar algo parecido a nivel nacional. Por eso, también se deben sacar lecciones de esta negociación fallida. El PP de Feijóo nunca ha dudado en pactar con Vox cuando lo ha necesitado. El poder ha estado por encima de cualquier incomodidad política con postulados y medidas muchas veces ajenas a los valores democráticos. Pero hoy está más claro que ayer que Vox no es un partido más que comparta los valores de la democracia liberal. Es un partido antisistema con una estrategia inequívoca de erosión de las instituciones democráticas, entre ellas los partidos tradicionales. Por eso, el periodo de reflexión que se abre tras la investidura fallida de Guardiola debe incluir también la posibilidad de buscar una abstención del PSOE que permita a la Junta de Extremadura comenzar a funcionar.

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