Cuanto más patriotas, más sumisos a Trump
El partido que supuestamente representa el nacionalismo español más exaltado es una marioneta al servicio del presidente de EE UU


Una ley no escrita que siempre se cumple en la historia española desde 1808 dice: cuanto más patriota presuma de ser un gobernante, más dispuesto está a vender su patria, trocearla y dejar que la usen de felpudo. El patriotismo exhibido en desfiles, alardes y banderas es directamente proporcional a los grados de inclinación de la reverencia que ofrecen a los amos del mundo.
Defensores acérrimos de España hubo que dieron la llave de los Pirineos a Napoleón, y luego a los Cien Mil Hijos de San Luis, para que invadieran y saquearan a placer la patria en nombre de los valores de la patria vieja. Partidos muy patriotas hubo en el siglo XIX que se dedicaron a vender el suelo y la riqueza del país a precios de saldo a las potencias europeas, hasta llegar al patriotísimo Francisco Franco, que demostró su patriotismo cediendo parte de la soberanía a Estados Unidos y dejando que este país usara la Península como portaviones.
El segundo artículo de esa ley no escrita dice que los opositores a estos patriotas —siempre calificados de antiespañoles, traidores, agentes provocadores y aliados de todos los que odian el país— tienen una molesta tendencia al sacrificio por una patria en la que en teoría no creen. Desde las Cortes de Cádiz hasta ayer mismo, han sufrido prisiones, exilios y paredones. Entre tanto, organizan desamortizaciones, reforman instituciones injustas y, muy a menudo, colocan los intereses nacionales por encima de los de su partido o su ambición. Como ejemplo y resumen queda esa foto de Santiago Carrillo abrazando la rojigualda ante una asamblea de barbudos republicanos. Ningún patriota de derechas hizo una concesión tan grande y tan simbólica.
La ley se reconfirma cuando Pedro Sánchez, tan cansinamente señalado como traidor y antipatriota por los muy patriotas y los mucho patriotas, le niega a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón, en un gesto de afirmación de la soberanía nacional que ninguno de los que se quedan afónicos gritando vivas a España se atrevería a plantear. Sería una paradoja divertida, si el contexto no fuera tan negro: el partido que supuestamente representa el espíritu más exaltado e indomable del nacionalismo español es una marioneta instrumental al servicio de los intereses de Trump y de otros poderes extranjeros. Es un Gobierno dizque antiespañol quien se planta y hace valer la letra de los tratados, mientras los más españoles de España le reprochan que no se someta, como todos los europeos de bien, a los deseos del gran señor de la guerra. La política en España tendrá muchos defectos, pero es previsible y constante.
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