Un niño tropieza
No nos dejemos engañar sobre las chuscadas sobre la mujer de Tejero: el 23-F fue un momento dramático de la democracia española


Antonio Tejero no había leído a Curzio Malaparte cuando decidió tomar al asalto el Congreso de los Diputados. En su libro Técnica del golpe de Estado, advierte que el conflicto del siglo XX radicaría entre el respeto a a la democracia parlamentaria o su desprecio absoluto. La noche del intento de golpe, las familias españolas se refugiaron en casa y aguardaron con angustia la desembocadura de aquel acto, que desde el momento en que llenó de balazos el cielo del hemiciclo torció su destino. Al día siguiente, tras ir a clase y encontrar las aulas medio vacías, volvimos a comer a casa y la televisión había programado una comedia estadounidense. La llegada de la risa se traduce como el fin del miedo. Desde la liberación de los parlamentarios secuestrados por los guardias civiles el relajo social provocó una avalancha de chistes que incluían tricornios, bigotones y soflamas. Hubo comedias tituladas Todos al suelo y hasta el guionista bohemio Perico Beltrán compuso, con su habitual estilo oral, una parodia del golpe de Estado con todos sus protagonistas principales cantando adecuados fragmentos de las zarzuelas más conocidas de nuestro repertorio.
Es pertinente recordar esa concatenación de estados de ánimo porque, 45 años después, al desclasificar la nueva tanda de documentos secretos sobre la intentona de golpe, el clima ha sido calcado. Durante unas horas previas algunos entusiastas del misterio esperaban encontrarse con novedades que confirmaran las fabricaciones y fabulaciones particularísimas. Sin embargo, una vez consultados los documentos desclasificados lo que ha venido a imponerse es otra ristra de chistes y chascarrillos ahora con forma de meme, que es la versión digital de la gracieta. Las bromas mayoritariamente se han cebado con las conversaciones telefónicas de aquella noche. En especial las del entorno familiar e ideológico del propio Tejero, que en un giro de guion muy apropiado, se moría horas después de la desclasificación facilitada por el Gobierno. Uno echa de menos escuchar también en sus vivas voces lo que el Rey conversó con los capitanes generales aquella tarde infausta. En sus recientes memorias ha confirmado que al menos la mitad de ellos estaban a favor del golpe, cuyo envite propició el taimado Alfonso Armada cargado de ases.
Lo más interesante de esta remesa de documentos es que nuestros jóvenes pueden, a poco perceptivos que sean, hacerse una idea del clima que vivía el país. Con prácticamente toda la cúpula militar y policial entregados a la añoranza de la dictadura, con los grupos terroristas pegando fuerte para lograr una inestabilidad que los reconociera como héroes, y una clase política entre el relevo y el desencanto, pueden imaginarse que el golpe de Estado era algo que entraba dentro de lo previsible. Los servicios secretos de nuevo cuño servían al Rey por un defecto sistémico en su refundación y, por tanto, una vez que este optó por la fidelidad constitucional, de lo que se trató es de reconstruir el relato para reemprender el futuro con fuerzas renovadas. Pero incluso así, y como se percibe en la exaltación y la rabia de los que fueron desautorizados aquella noche del golpe, persistirían los intentos de derribar el proceso parlamentario y nacería otra página oscura de nuestra historia, la de la guerra sucia contra el terrorismo y los GAL. No deberían dejarse engañar por el humor chusco que transpira la lectura actual de muchas conversaciones. Había violencia en el ambiente, era una democracia herida e insultada constantemente. España era como un niño que intentaba caminar con una bota que llevaba los cordones desatados.
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